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Crítica teatral.- Todos eran mis hijos: Culpa y remordimiento

Crítica teatral.- Todos eran mis hijos: Culpa y remordimiento

viernes 10 de septiembre de 2010, 00:00h
Desde 1988 no se representaba en España el drama 'Todos eran mis hijos', de Arthur Miller. En 1951 Carola Fernán Gómez, María Dolores Pradera, Ricardo Lucia y Soler Marí estrenaron la obra en La Comedia con el Teatro de Cámara La Carátula. Pero en los más de sesenta años que han pasado desde el estreno en NY (1947) este gran texto solamente se ha montado en España cinco veces. La última es la que no deben perderse ahora en el teatro Español, dirigida por Claudio Tolcachir.
Cuando acabó la representación de estreno todo el público que abarrotaba el español se puso en pie para aclamar a los artífices de esos 100 minutos de gran teatro. Las últimas escenas se escucharon conteniendo la respiración ante el tremendo drama humano que se estaba desarrollando ante nuestros ojos.

Arthur Miller estrenó esta obra poco después del final de la II Guerra Mundial. Aún no se habían cerrado las cicatrices de los muertos en combate. Las familias intentaban volver a una cierta normalidad. Pero en la sociedad no se olvidaban actitudes y conflictos surgidos durante la contienda. El protagonista de 'Todos eran mis hijos' y su esposa viven con remordimiento de un tremendo suceso que provocó el primero. 21 soldados murieron por causa de unas piezas defectuosas que Joe Keller vendió. Aunque fue uno de sus trabajadores el que pagó la culpa, Joe teme que en cualquier momento se descubra su culpa. Porque, además, perdió el hijo mayor en la Guerra y el pequeño protagonizó otro descarnado episodio. Todo esto flota sobre la representación, que transcurre varios años después. Chris, el pequeño, se ha enamorado de la novia del hermano muerto, pero la madre se niega a reconocer la relación. ¿Cuál es la verdadera causa de la negación de la muerte del hijo? ¿Locura? No. Los espectadores lo averiguan avanzada ya la obra. Mientras, por el escenario van desfilando, con una magistral dosificación de los tiempos, vecinos y amigos de los protagonistas. Todos anidan el rencor porque todos tienen una víctima en sus familias. Joe, reconocida su culpa, sólo encuentra una manera de pagar por ella. Ahí termina la función.

Carlos Hipólito y Gloria Muñoz son los padres. Y unos grandes actores. El mutis final de Gloria es sobrecogedor. Mientras que el primero transita por el cinismo, el desenfado, la inmoralidad del “todo vale” en tiempos de guerra, la segunda parece un ser de otro mundo que, cuando menos lo esperas, lanza dardos envenenados contra todo y contra todos. Como Linda en La muerte de un viajante, la mujer es un personaje fundamental, la que realmente tiene el poder, la que es capaz de mantener unida una familia desecha aunque parezca que está flotando en una nube. Afirmar que los dos están extraordinarios no es novedad. Lo contrario sería noticia.

Fran Perea es el hijo menor con una fuerza, una presencia escénica y una voz al viejo estilo. ¡Qué inteligencia la de este chico al aparcar la popularidad fácil de las series televisivas para dedicarse al teatro! Sus enfrentamientos con Hipólito son estremecedores. Perea está estupendo en los momentos finales, cuando sus sospechas se confirman, cuando su mundo feliz se derrumba. Junto a él Manuela Velasco, en su debut escénico. Sería injusto no reseñar el trabajo de los demás: Nicolás Vega, Jorge Bosch, María Isasi, Castrillo Ferrer y Ainhoa Santamaría. Todos están perfectos.

La versión ha limado el texto y solamente puede ponerse el reparo de que impide una progresión más intensa de la tensión dramática. Se exponen las acciones directamente, los conflictos aparecen sin apenas introducción y algunos problemas se tocan de soslayo. Tolcachir la dirige como si no estuviera allí. Parece que los actores se han juntado para hacer su función, pero se adivina detrás el ojo y la mano de alguien que conoce la obra y que sabe cómo llevar a los intérpretes a su terreno. Aunque, al final, parezca que todo el mérito es del texto y los actores.

No me gusta la escenografía, pero ese puede ser un problema mío. Y, en cualquier caso, no empaña uno de los mejores espectáculos que pueden verse en el teatro madrileño. Sólo van a estar hasta el 31 de octubre. Intuyo que volverán a algún teatro privado.
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