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Reportaje

Madera de paraíso (y II)

Madera de paraíso (y II)

jueves 19 de abril de 2007, 00:00h
El río Angostura, más conocido como Lozoya, atraviesa el Monte Cabeza de Hierro, de donde salen cada temporada los 4.000 metros cúbicos de madera que entran en el aserradero de Rascafría. Es el único negocio maderero en la región, en el que se quiere conservar aún el cariz artesanal heredado de su larga historia , de casi dos siglos de vida.

Los pinos silvestres de Cabeza de Hierro, el monte de la Sociedad Belga los Pinares del Paular, son eternos. Su altísimo tronco enrojece conforme alcanza el cielo y está coronado por una discreta copa adornada con pequeñas piñas que se encargan de su reproducción en el bosque, donde no hay intervención humana ni reforestación alguna. Mientras el hombre hace caer unos 6.000 troncos al año, la naturaleza se los devuelve con creces.

Como cada día entre octubre y mayo el silencio del monte se quiebra por el rugir de las motosierras, que devoran los espigados troncos de los pinos silvestres. Ya en el suelo, en una pendiente que parece insalvable para cualquiera, la cuadrilla de la Sociedad Belga de los Pinares del Paular limpia el tronco de polvo y paja, hasta dejarlo como si nunca hubieran crecido ramas en él. Los larguísimos ejemplares yacen por poco tiempo, sólo hasta el momento en el que una potente máquina que desafía todas las leyes de la gravedad los arrastra ladera abajo en racimos de dos, tres o hasta cuatro inmensos troncos.

  El trabajo no ha acabado en el monte. A la entresaca sigue una tarea esencial para la pervivencia del bosque como es la limpieza de los restos de ramas y rastrojos, un auténtico polvorín que alimentaría el riesgo de incendio. El director de la Sociedad Belga se lamenta de que el coste de este trabajo tenga tan poca repercusión y no cuente con alguna ayuda de las administraciones. "Manteniendo el bosque limpio contribuimos a ahuyentar los fuegos", algo que ya no ocurre en la sierra donde si no se ocupan los agentes forestales de la limpia nadie lo realiza ya. Lo que sobra de las talas se quema en el propio monte, nunca antes de que los vecinos de la comarca, haciendo uso de su primitivo derecho, acudan a llevarse esta biomasa.

En el aserradero la madera se prepara para darle salida al mercado en sus diversas formas, desde vigas, tablones y listones hasta pequeñas tablas, viruta para conglomerado y serrín. En total, unos 4.000 metros cúbicos extraídos cada año (de unos 6.000 árboles) cuyo tratamiento entre modernas máquinas tiene, sin embargo, un cariz artesanal.

Después de ser pelados como lapiceros, los troncos son serrados y segmentados en partes según su calidad, los nudos o las pudriciones internas. "A cada uno se le trata de forma distinta, esto no es una cadena uniforme donde toda la madera es tratada por igual, y eso es lo que nos hace diferentes", aclara Lecocq.

Fuera, el patio del viejo aserradero ofrece un paisaje de colinas de madera, blanca y aún fresca, apilada y distribuida por calidades y tipos de corte. Está lista para abandonar la tierra donde nació hace varias decenas de años, y donde otros miles de pinos crecen ya para continuar el ciclo centenario de este negocio.

Pioneros en la lucha contra el fuego

En 1946 un gran incendio devoró buena parte del pinar, hoy "completamente regenerado". El suceso obligó a los propietarios de la Sociedad a crear un sistema de prevención y actuación en caso de fuego. De esta forma, en los años 50, se conviertieron en pioneros de un equipo antincendios provisto de una decena de personas que controlaban y vigilaban el monte los días de fiesta y de descanso de los jornaleros que trabajaban a diario en el monte. "A medida que la Comunidad de Madrid crea competencias en esta materia y va incrementando los operarios -explica el director- la empresa se va desprendiendo de este tipo de personal que, además, suponía unos costes elevadísimos". En la actualidad cuentan con un retén propio de tres personas, un camión totalmente equipado y algunas autobombas.

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