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Romper

Romper

viernes 13 de abril de 2007, 00:00h

Nos gusta tirar las botellas al contenedor y oír cómo se rompen. Disfrutamos rompiendo los folios que ya no nos sirven. ¿Cuál será la razón de ese placer destructivo?

Nos fascina ver como se derriba un edificio antiguo o cómo rompen las olas del mar contra la roca.Nos atrae ante la T.V. el poder destructor de un tornado. Incluso hay quien disfruta viendo en el boxeo o el full-contact como un púgil le rompe al otro la nariz, la ceja o ambas a la vez.

De niños construimos frágiles murallas de arena húmeda de playa, las elevábamos al borde de la espuma para jugar continuamente a la reparación de las zonas devastadas por las aguas. De mayores, el tiempo desaparece cuando miramos fijamente al tronco que el fuego consume en la chimenea. Pinchar globos en el circo, ver como una tarta se estrella contra la cara de un ciudadano nos mata de risa, ¡y qué decir de las películas donde coches y tiendas al aire libre son destrozadas! En algunos restaurantes se permiten estrellar los platos contra el suelo, como los vasos de vodka.

Por contra se tiene miedo a qué se rompa un espejo (como si se rompiera la integridad corporal –recordemos que ante un fallecido se tapan los espejos-). Sin embargo, todas las personas que estamos correctamente socializadas nos sorprendemos y perturbamos cuando comprobamos que existen vándalos que rompen papeleras públicas –porque sí-, que llevan una llave en la mano con la que rayan vehículos –que no son suyos-, que pintarrajean paredes, que arrancan jóvenes árboles, que rompen no por romper, sino por dañar.

Nada tiene que ver el juego de golpear a ciegas un puchero que colgaba de una cuerda repleto de chucherías a romper con reiteración y alevosía las marquesinas de las paradas. Uno duda si mueve a esta destrucción el pasar el rato, la frustración por haber perdido el autobús, una estupidez desbordada, o las ganas de fastidiar al otro sea quien sea –“y si pasa frío, pues que se....”-. En los centros de reforma los jóvenes privados de libertad en la medida que pueden rompen todo. Es una forma de demostrar su incontinencia, su malestar, su queja, su sufrimiento.

Hay quien sólo saber romper, ya sea espejos retrovisores de coches o estatuas inmortales. Destruyen y se sienten bien. Incendian bosques y disfrutan como protagonistas. Por cierto que algunos se definen como cultos o científicos y arrancan hojas de los libros en las bibliotecas. A todos les une, que diferencian muy bien lo que es de los demás –compartido- y de ellos –exclusivamente suyo. Si llegar siempre tarde es una descortesía y una forma nítida de demostrar que el tiempo de los demás no se valora en exceso. Romper por dañar, es una conducta que debe interpretarse como de mala leche (cosa distinta será determinar las causas iniciales que han conducido a este posicionamiento tan reprobable, como inadmisible).

Resulta desasosegante que por cuatro imbéciles, no podamos disfrutar de unos pueblos y ciudades cuidados y bellos. Los hay tan cretinos, que creen que lo que hacen –romper-, no perjudica a nadie, porque es de todos y alguien lo repondrá, reparará. Romper un teléfono público, una fuente, es jurídicamente una falta leve, por el contrario psicológicamente es grave, presupone una total minusvaloración de los demás. ¡Hagámoselo saber!

Javier Urra
Psicólogo Forense. Asesor de UNICEF

Javier Urra

Primer Defensor del Menor

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