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Un equipo ingenieros equipados con las últimas tecnologías radiografían los árboles de las calles para conocer su estado de salud

El Samur de los árboles

viernes 10 de noviembre de 2006, 00:00h
María y Andrés no estudiaron medicina pero diagnostican con una certeza pasmosa. Equipados con modernos aparatos, "casi únicos en España", se mueven por las calles tratando de detectar las enfermedades y dolencias de los árboles del viario. Hoy toca Santa Engracia, donde han radiografiado a una sófora cincuentona que aparenta estar como un roble. A la pobre no le han dado muy buenas noticias porque su grado de prudrición supera el 30 por ciento.

Parece que habrá que amputar. Y además de raíz, porque la sófora que crece desde hace medio siglo frente al 97 de Santa Engracia está muy malita. "Su grado de pudrición ronda el 30 por ciento", dice María mostrando un coqueto odenador de bolsillo con un gráfico en colores del mismísimo tronco. Esta ingeniero de Montes se pasa los días enteros en las calles de la ciudad analizando el estado de salud de los árboles. Y aunque no se encarga de curarlos sino de diagnosticar, podría ser, junto con Andrés, el Samur de los árboles. Ambos escrutan casi a diario la apariencia y el interior de los ejemplares para dar fe a los responsables municipales de su estado físico, y si están en condiciones de seguir intactos donde están. Ya hace diez años que el Ayuntamiento de Madrid hace este tipo de inspecciones exhaustivas de los árboles del viario pero, en los últimos tiempos, según explica María Blázquez, la cosa se ha modernizado mucho. "Trabajamos con una tecnología puntera y casi única en España, que nos permite conocer con mucha exactitud la resistencia de la madera y el grado de pudrición del tronco con ultrasonido".

Coordinados con los inspectores de Medio Ambiente, trabajan sobre las calles y barrios que aquellos les indican y, maletín en mano, hacen un informe completo de todos sus árboles. "Rellenamos un formulario de cada ejemplar de la calle a la que nos hemos dirigido por oden del Ayuntamiento aunque no a todos les tomamos la temperatura- explica María, señalando las grandes maletas que esconden los aparatos- sino sólo a los que, visualmente, aparentan peor estado". De 621 árboles en línea que cobijan a la calle Santa Engracia una treintena serán sometidos a los rituales que Andrés y María practican a los vegetales, bajo los atónitos ojos de vecinos y viandantes, algunos de los cuales incluso preguntan por "esos cinturones" de cables y artefactos que colocan al ejemplar.

Después de varias semanas de lluvia incansable el agua ha dado una tregua a este equipo de ingenieros, que por fin pueden trabajar a pie de calle. "Si llueve no salimos porque las máquinas no se pueden mojar -asegura María-. No podemos dejar estropar ninguno, pero ni mucho menos el Picus -un tomógrafo que puede rondar los 12.000 euros- que además es uno de los escasos cuatro o cinco que se utilizan en España". Ante ellos, una sófora que ronda los cincuenta años ha sido uno de los 30 candidatos para analizar con todo tipo de detalle su estado 'de ánimo' y salud, a lo que el ejemplar parece responder moviendo pausadamente las hojas, tras un soplo de viento. Entonces, María y Andrés miran atentamente el tronco, de arriba a abajo y de abajo a arriba, rodeándolo, rocándolo y levantando la vista hacia su copa.

"Primero identificamos el árbol y donde se sitúa, si está junto a una terraza, una parada de autobús, una zona menos transitada o muy pegado a la fachada, y tratamos de comprobar visualmente su vitalidad a través de la presencia de la copa. Además nos fijamos en el color, brillo y tamaño de las hojas, así como su abundancia o escasez, es decir, la transparencia de la misma". Escrutada su vitalidad buscan rastro de cualquier plaga o enfermedad y el posible efecto del viento sobre sus ramas o en el tronco. Anotan cada parámetro en una ficha que es idéntica para todos los ejemplares, sean de la especie que sean, de modo que estos primeros pasos sean lo más objetivos posibles y no dependan de quien los analice, una forma- aclara Andrés- de guiarse por un baremo más positivo".

Acabada la misión ocular llega el turno de radiografiar el árbol, primero con el resistógrafo y, a continuación, con el Picus. El primer aparato mide la resistencia de la madera mediante una broca que se introduce en el tronco e imprime una curva de resistencia, a modo de tac. Aparato en mano, así lo hace Andrés, que con sumo cuidado testa el aparente robusto tronco. Señalando hacia arriba, María explica. En su momento a esta sófora la podaron una de las ramas más gruesas y se nota que no pudo cicatrizar bien la herida por lo que sospechamos que pudiera tener algún problema". Más que un problema, lo que este árbol tiene es una sentencia de muerte porque después de tacs, pinchazos y ecografías el resultado es que tiene un 30 por ciento de pudrición muy cerca de la raíz lo que, con toda seguridad, significa su tala segura. "El objetivo no es quitar el árbol -apunta Andrés- sino velar por la seguridad de los peatones. Si uno ya no es funcional donde está, debe ser sustituido".

Tras el resistógrafo y esa gráfica perfecta que ha imprimido el aparato en un largo papel, lleca el turno de la ecografía, para lo que ambos ingenieros tienen que medir el tronco, calcular la distancia entre los sensores, clavar las correspondientes puntas sobre las que se colgarán, colocar estos con sus correspondientes cables, provocar los impulsos y esperar la respuesta en el ordenador, tomando nota de cada paso y cada medida. "Y esto, resumiendo mucho -dice bromeando María porque al final, entre unas cosas y otras, incluido el trabajo de oficina, con cada árbol estamos unas dos horas". Serán, sin embargo, dos horas muy bien empleadas por el bien de los que acostumbran a pasar por este lugar aunque esta sófora tenga, con toda seguridad, sus días contados.

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