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Crítica teatral.- Luces de bohemia: ¡Cráneo privilegiado!

Crítica teatral.- Luces de bohemia: ¡Cráneo privilegiado!

domingo 11 de enero de 2009, 00:00h

Valle Inclán publicó “Luces de bohemia” en 1920 y la revisó cuatro años más tarde. Sin embargo no subió a la escena en su integridad hasta 1970, cuando la censura autorizó su representación sin cortes. José Tamayo -¡Siempre Tamayo!- tuvo el valor de poner en pie uno de los textos dramáticos fundamentales del Castellano.

El 1 de octubre de ese año, en Valencia, José María Rodero logró un gran triunfo encarnando a Max Estrella, aunque en Madrid lo estrenó Carlos Lemos. Agustín González fue un no menos espléndido Don Latino. En los últimos cuarenta años “Luces de bohemia” ha vuelto con desigual fortuna. Ahora se puede ver, hasta el día 25, en la sala Fernando de Rojas del Circulo de Bellas Artes.

El Teatro del Temple, una veterana compañía zaragozana, se atreve a “modernizar” está descarnada crónica de un Madrid que, aparentemente, no ha desaparecido. Y lo hace con escasez de recursos escénicos y un elenco limitado –ocho actores- que se multiplica en las decenas de personajes que creó Valle.

La fuerza del texto
Por encima de cualquier propuesta, también de ésta, sobresale siempre la fuerza del texto. “Luces de bohemia” debería estudiarse en todos los niveles educativos para apreciar la grandeza de nuestro idioma, la riqueza del léxico y la maestría de don Ramón. Cada una de sus escenas es una crónica mordaz a la idiosincrasia de los españoles.

“Max Estrella” azota sin piedad a los académicos, a los políticos, a los españoles de a pie. Las numerosas referencias temporales de la obra no le restan actualidad. Afortunadamente los actores de Teatro del Temple, dicen bien sus textos, llegando claros al espectador. Por cierto que, en la función del sábado, se registraba un lleno absoluto en el teatro del Círculo.

Funcionalidad escénica

En el montaje se apuesta por la funcionalidad escénica. Realmente conseguir llevar a un escenario tabernas, buhardillas, cárceles, cementerios, despachos ministeriales y los callejones madrileños, es una aventura imposible. Todo los directores deben encontrar “inventos” para situar la acción. Carlos Martín apuesta por cuatro paneles móviles que van marcando los espacios. Unos pocos muebles contribuyen a la acción. Pero el trabajo se basa en la interpretación.

Afortunadamente Ricardo Joven es un excelente protagonista, sobre todo en su última gran escena. Don Latino sale perjudicado por un acento que hace incomprensibles algunas de sus frases. Y el espectáculo se resiente en las últimas escenas, excesivamente ralentizadas. Entonces ya no está Max y, como pasa en “La Celestina”, se espera un final rápido, lo que no ocurre aquí, perdiendo la intensidad lograda con la muerte del poeta

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