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20 personas velan por mantener limpios los casi 4.000 kilómetros de tuberías de la red de saneamiento

Saneando el saneamiento

Saneando el saneamiento

miércoles 21 de febrero de 2007, 00:00h
Las alcantarillas de Madrid también se limpian. Varias empresas subcontratadas por el Canal de Isabel II, a quien el Ayuntamiento ha cedido el mantenimiento de la red, cuidan los 3.877 kilómetros de tuberías de saneamiento. Además de evitar la obstrucción de los tubos, visualizan y graban su interior, provistos de una cámara que recorre las galerías como un lúcido roeador metálico.

Dos operarios introducen la cámara de televisión en el pozoBajo el asfalto y las aceras de Madrid se extienden casi 4.000 kilómetros de tuberías de la red de saneamiento. Hasta ellas va a parar el agua del grifo, la bañera, la cisterna, la lavadora y el lavaplatos y, claro, de la lluvia que se cuela por las alcantarillas. Además, con el agua se filtran  también los indeseables: desde piedras o restos de escombros hasta tapacubos de coches o lo que es peor, espuma de detergentes y restos del cemento y hormigón de obras que, dentro de las conducciones, se convierten en sólidos bloques infranqueables.

Santiago hace avanzar la cámara y contempla en un monitor lo que grabaA todos estos enemigos se enfrentan las brigadas de mantenimiento de la red, una veintena de operarios encargados de limpiar, sanear y cuidar del buen estado de las galerías por las que discurre el agua. Actualmente el Canal de Isabel II mantiene explotación desde que hace un año fuera cedida por el Ayuntamiento de Madrid, que sigue siendo la propietaria. Las red está dividida en seis zonas a las que pertenecen los 3.877 kilómetros de tuberías, una tercera parte de ellas visitables,  y las 87.359 alcantarillas que hay en Madrid.

La tapa descorrida de una de ellas en Arturo Soria descubre una estrecha y oscura galería vertical. El pozo, de menos de medio metro de diámetro comunica la calle con las tuberías por las que discurren las aguas pluviales y que, más adelante, se encuentran con las aguas negras. En la rutina del trabajo un primer equipo limpia a mano "los gruesos" que se cuelan por la reja. "Hay de todo -reconoce Ramón- , desde piedras o escombros hasta montones de hojas, botellas o incluso tapacubos de las ruedas que,  a veces, se atraviesan en el pozo y atascan todo".

Si no hay más remedio el operario debe meterse dentro de la alcantarillaProvisto de un camión perfectamente equipado un segundo retén hace las tareas de desatasco en la parte más profunda del pozo con una manguera de agua de 250 kilos de presión. Cuando el agua no es suficiente para deshacer los tapones se echa mano de un tubo que absorbe la porquería, la deposita en la cuba del camión y se transporta a la depuradora. En otras ocasiones el agua se saca de un pozo y se reutiliza en otro.

Un lúcido roedor de metal
Desde que Ramón y Santiago comenzaron a trabajar en la limpieza y mantenimiento de la red, hace 20 años, las técnicas han evolucionado hasta tal punto que una parte del trabajo consiste en espiar el interior de los estrechos tubos con una cámara de televisión que ausculta los entuertos de la red. Con ella es posible ver allí donde no llegarían jamás unos ojos -al margen  de los de las ratas, asiduas de esta ciudad subterránea-.

Como un roedor de metal, la cámara camina por aquí y por allá y permite saber si hay obstrucciones, fisuras o elementos extraños dentro de los tubos. Todo lo que la cámara ve queda registrado en grabaciones que van a parar a la base de datos del Canal de Isabel II "donde se vuelven a visionar para conocer con más detalle las incidencias y tomar decisiones", explica Maribel, ingeniera de Obras Públicas de la empresa pública.

Ramón muestra una legona, con la que se extraen del fondo del estrecho pozo objetos grandesEsta es la tercera fase de un proceso que arranca al pie de la alcantarilla, con la que Ramón está tan familiarizado. "Lo peor de nuestro trabajo es lidiar con la gente, los curiosos que pasan por la calle, y se acercan a ver qué hacemos, con el consiguiente peligro de que se caigan o les salpiquemos de porquería. Nos ha pasado muchas veces". Este veterano empleado de Licuas, empresa subcontratada por el Canal para el mantenimiento de la zona tres y seis, resta importancia a su tarea: "nada es difícil sino laboriososo. A todo te acostumbras", aunque termina por reconocer la 'enfermedad' más grave de la red, que se origina cuando los obreros de las obras riegan los restos de cemento y hormigón, que acaban en las alcantarillas donde, a las pocas horas, se han convertido en sólidos bloques, que las más de las veces tienen que ser combatidos con pico y pala.

En los pliegos de condiciones las empresas están obligadas a completar el mantenimiento de sus zonas en dos años, por lo que es probable que hasta dentro de dos inviernos nadie más vuelva a abrir esta alcantarilla, salvo en casos de incidentes o avisos por emergencias. Según Santiago, "podemos hacer todo el mantenimiento y las inspecciones ahora pero si, cuando nos vayamos, se cuela el tapacubos de un coche dentro del pozo, no sabremos que está ahí hasta que no llueva y rebose". Un equipo especial actúa entonces, a modo del 'Selur' de las alcantarillas, solucionando los problemas ocultos que sólo relucen cuando hay precipitaciones.

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