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Los cementerios olvidados (y II)

Los cementerios olvidados (y II)

Existen en Madrid varios cementerios que no se llenarán de visitantes ni recibirán grandes ramos de flores durante esta fin de semana, pese a celebrarse la festividad de los Fieles Difuntos. Es el caso de el Panteón de Hombres Ilustres o el Cementerio Hebreo de Ciudad Lineal.
Emplazado en el solar de la antigua basílica de Nuestra Señora de Atocha, en la calle de Julián Gayarre, el Panteón de Hombres Ilustres, es una obra de arte desde el punto de vista arquitectónico y escultórico.

El edificio, de estilo neobizantino, se sitúa alrededor de un patio central, con naves que cierran tres lados de este, ciagas al exterior y abiertas al interior mediante arcos góticos, ornamentados con vidrieras. Fue construido entre 1892 y 1899, según el proyecto presentado por Fernando Arbós, con la intención de guardar los restos de aquéllas personas consideradas de especial relevancia en la historia de España.

La Real Academia de Historia fue la institución elegida por las Cortes para confeccionar una lista de los más dignos españoles fallecidos. Sin embargo, no fue posible encontrar los restos de la mayoría de los elegidos: Rodrigo Díaz Vivar (El Cid), Guzmán el Bueno, Lope de Vega, Cervantes o Tirso de Molina, entre otros.

A día de hoy, se encuentran los mausoleos con los cuerpos de grandes personalidades de la vida política de finales del XIX y principios del XX, tanto progresistas como conservadores, como son Ríos Rosas, Sagasta, Canalejas,  Dato, Cánovas del Castillo y Manuel Gutiérrez de la Concha e Irigoyen, Marqués del Duero. Todos ellos forman un conjunto de joyas escultóricas muy bien conservadas que además dotan al recinto de una gran importancia a nivel histórico.

Uno de los más logrados es el primero del recorrido, correspondiente al siete veces presidente del Gobierno Práxedes Mateo de Sagasta. Realizado en mármol, fue esculpido por Mariano Benlliure en 1904. En la cabecera del sepulcro se representa a la Historia por medio de una figura femenina semidesnuda. A los pies del político hay un obrero. Esta escultura, de gran realismo, pretende dar una idea de la lucha de Sagasta por las clases menos favorecidas.

Además, en el patio del Panteón exite un templete procedente de la desaparecida sacramental de San Nicolás donde en un mausoleo se guardan los restos de Martínez de la Rosa, Muñoz Torrero, Juan Álvarez de Mendizábal, José María Calatrava, Salustianao Olózaga y Agustín Argüelles. Como curiosidad, se recomienda al visitante fijarse en la parte superior del templete, donde hay una Estatua de la Libertad que recuerda mucho a la estadounidense.

Un camposanto para los judíos
Pero el Panteón no es el único cementerio que se quedará sin flores este fin de semana. Junto al Cementerio Civil, en la avenida de Daroca –antigua carretera de Vicálvaro-, hay otro más pequeño que fue inaugurado en 1922, cuando la comunidad judía que vivía en Madrid obtuvo el permiso del Gobierno Español para inhumar a sus muertos de acuerdo con su religión. Aquí, las tradicionales cruces o las flores que en la religión católica decoran las lápidas, son sustituidas por símbolos como la estrella de David: se trata del Cementerio Hebreo.

Las sepulturas del Cementerio Hebreo están situadas en apenas una hectárea de terreno a ambos lados de un único pasillo central. En cada una de ellas sólo hay un cuerpo enterrado, tal y como manda el ritual. La tradición funeraria judía, que no se pospone más de 24 horas desde el momento del fallecimiento salvo en casos extraordinarios, comienza con el paso imprescindible del lavado del cadáver, que implica la purificación del alma del individuo. Por ello, todos los cementerios judíos cuentan con un lavatorio.

“Los cuerpos, antes de ser enterrados pasan por aquí, donde los lavan, les cierran la boca y los ojos, les peinan y los ungen”, explica Gabino Abánades, director de la Empresa Mixta de Servicios Funerarios, mientras señala el lavatorio de este pequeño campo santo.

Una vez lavados, la tradición judía exige que los cuerpos sean envueltos con una túnica blanca de lino, ya que exhibir el muerto se considera deshonroso y falto de respeto. Los fallecidos permanecen así cubiertos durante el velatorio. Además, está prohibido comer y beber en la misma habitación donde permanece el fallecido hasta el momento de su sepultura.

Llama la atención el aspecto sombrío del reciento y es que, la costumbre católica de honrar con flores y coronas a los difuntos, no se estila en el judaísmo. Si se da la circunstancia de que personas no judías envían estos presentes para mostrar sus condolencias, se aceptan, pero de ningún modo deben ser colocadas junto a los féretros.
  
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