Sin embargo, este hecho impensable en una democracia moderna y asentada como la nuestra es al que estamos asistiendo con la expulsión de la FAPA Giner de los Ríos de los locales que llevan ocupando desde hace ya tres lustros, una asociación emblemática, con más de treinta años de historia, cuyo único delito ha sido defender los alumnos madrileños y denunciar la especulación que en materia educativa esta realizando el Gobierno encabezado por Esperanza Aguirre.
Si algo se le puede reprochar a esta federación es su constante denuncia de las carencias del sistema público educativo en la Comunidad de Madrid, cuya gestión está marcada por la privatización de centros públicos, como hemos visto hace pocas fechas en El Álamo, la concesión de conciertos educativos liderados por colectivos confesionales que segregan niños y niñas, la implantación de una tasa para todos aquellos que quieran acceder a una plaza de 0 a 3 años o la progresiva masificación de las aulas donde se hacinan todos aquellos que no pueden acceder a una centro privado.
El desparpajo a la hora de gobernar de nuestra presidenta no conoce límites. Ya lo vimos con las “imaginativas” listas de espera en sanidad, con el bloqueo de las ayudas para la emancipación o con el sectarismo practicado desde Telemadrid. Pero con esta iniciativa ha sobrepasado todos los límites, atacando uno de los pilares sobre los que se asienta nuestra democracia, como es la libertad de expresión, o lo que es lo mismo el derecho a disentir que tiene cualquier ciudadano o colectivo de las acciones y medidas tomadas por sus representantes, sin que ello implique represalias.
La FAPA Giner de los Ríos, desde una posición neutral, ha cumplido en esta región una labor fundamental durante su ya larga historia, defendiendo una educación pública con calidad y equidad, en la que el menos tiene, tenga las misma oportunidades que los más afortunados, vigilando el cumplimiento de las normas en los conciertos educativos y denunciando situaciones abusivas o de índole sectario.
Por eso, ahora más que nunca no podemos prescindir de ellos, no cuando estamos asistiendo al desmantelamiento de una escuela basada en principios de igualdad, de libre acceso y de convivencia, no en un momento en el que la educación en Madrid está cerrada por derribo.