Nino Olmeda | Jueves 03 de julio de 2008
Leo con alborozo que el ministro de Industria, Miguel Sebastián, se ha negado a seguir los consejos del presidente del Congreso de los Diputados, José Bono, sobre la mejor indumentaria para asistir a una sesión plenaria, y ha pasado de ponerse la corbata que le entregó un ujier, por encargo del jefe. Resulta que el que fuera candidato del PSOE a la Alcaldía de Madrid se presentó en la sede parlamentaria de la Carrera de San Jerónimo con chaqueta y camisa pero sin corbata, disgustando a Bono, que le ofreció la sagrada prenda que, a juicio del ex presidente socialista de Castilla-La Mancha, deben colocarse en el cuello las personas distinguidas y los ministros cuando entran en el Parlamento.
De la misma manera que está asumido que los cencerros suelen atarse al pescuezo de las reses y que hay que despojarse de la boina antes de entrar en una Iglesia, cuesta asumir, por obligación, la costumbre de llevar corbata para acudir al Congreso de los Diputados, en cumplimiento de sus obligaciones como ministro del Gobierno de España. Sebastián no se convirtió en insumiso de una norma no escrita, sencillamente se limitó a predicar con el ejemplo, después de recomendar a los funcionarios de su departamento que no se pongan la prenda en cuestión, ni tampoco chaqueta, en sus despachos y oficinas con la sana pretensión de ahorrar energía. Si uno va con muchas prendas de abrigo al curro, el aire acondicionado que ayuda a pasar los calores del verano tiene que mantenerse a una baja temperatura, y no a los 24 grados que aconsejan los entendidos para no derrochar. Ser consecuente es algo sano y la costumbre de llevar el ‘mono de trabajo’ que otros deciden por corrección política y uniformidad en el pensamiento y en los modales, una opción libremente elegida. Ahora que estamos en plena crisis económica, ahorrar debe ser una obligación.
El ministro de Industria no sólo fue sin corbata al pleno de las Cortes Generales, sino que además acudió en transporte público, siguiendo el consejo que ha dado a sus altos cargos de pasar del coche oficial. Otra forma de ahorro es gastar menos gasolina en los vehículos, consiguiendo, de paso, reducir las emisiones de gases contaminantes que emiten a la atmósfera. También es un buen método para concienciar a la ciudadanía de las bondades de ir en Metro o autobús. Si los que tanto nos aconsejan que vayamos en transporte público se desplazan en vehículo contaminante, aunque sea oficial, costará creer en algo que es tan estupendo que los que lo predican no lo practican.
Sebastián se merece una felicitación no sólo por ser consecuente con lo que pide a los demás, sino también por su capacidad de tener criterio propio y negarse a seguir los consejos del presidente del Congreso de los Diputados, colocado en ese puesto por el mismo que llevó al ministro de Industria a meterse un batacazo de cuidado cuando pretendió ser alcalde de Madrid. Un fiel seguidor de los consejos de la Santa Madre Iglesia, y de sus mandamases, se quitaría la boina antes de entrar en Misa; una obediente res llevaría con cariño el cencerro colocado por su pastor, pero un librepensador como Miguel Sebastián ya hecho lo que corresponde: discernir sin ayudas artificiales.
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