Nino Olmeda | Lunes 23 de junio de 2008
Tres días seguidos en Valencia entre populares dispuestos a debatir sobre el futuro de su partido, anclado, por cierto, en posiciones verticales que necesitaban de un ascensor con capacidad reducida para ascender del lodo a las aguas limpias y descender de las alturas hasta el fango, desde que José María Aznar dejase como cuidador del ganado a Mariano Rajoy.
El XVI Congreso del PP ha dejado atrás las imágenes de la discordia y la mala leche por perder unos comicios que inicialmente parecían un camino de rosas y que se convirtieron en una corona de espinas que se posó en la cabeza de Rajoy, el elegido por Aznar, quien intentó mover los hilos y dirigir a distancia un PP a su medida.
No se arrancó la corona de un golpe por temor al dolor y a las regañinas del padre que le eligió para la travesía por un desierto inhóspito, pero según pasaban los días se daba cuenta de que avanzar con tan pesada carga le lastraba. Llegaron las elecciones de 2008 y se dio cuenta de que, aunque había incrementado el número de apoyos ciudadanos, seguía en la oposición. Luego afrontó un cónclave clave para él tras anunciar que deseaba seguir al frente de su partido. Se encontró más chinas en el camino de las esperadas y tuvo que optar entre la continuidad como niñera de Aznar o la novedad de enfrentarse a su propia realidad. Muchos creyeron que no llegaba a Valencia y que si lo hacía aparecería malherido. Cuando se dieron cuenta, los que quisieron condicionar su futuro, que su candidatura a la Presidencia del PP iba en serio, en vez de dar un paso adelante y presentarse como alternativa, optaron por dejarle solo confiando en que su Comité Ejecutivo fuese una componenda de nombres aconsejados por unos y otros, teniendo en cuenta también las recomendaciones de los medios amigos y las insinuaciones del padre.
Creyeron que una lista compuesta de personas venidas unas por la voluntad de Aznar, otras con los que desean despegarse del que gobernó España durante ocho años pero sin herir sus sensibilidades y algunas más provenientes de los que reconocen que los dogmas son más propios de las sectas que de las organizaciones políticas democráticas. Al final Rajoy, ante tantas presiones, decidió postrarse en el diván y recuperar su propia personalidad despojándose del estigma de ser el elegido por el padre eterno. Mientras seguía las terapias para encontrarse a sí mismo, releía los textos de Freud para situarse en condiciones de familiarizarse con la satisfacción pulsional y con la verdad inconsciente.
La solución de matar al padre, verdadero obstáculo para reencontrarse con su verdadero yo, empezaba a rondar por su confusa mente. Por fin, en Valencia, mató al padre, quien por cierto le hizo putadas y desplantes hasta el último momento, y preparó una candidatura que satisfizo a los elegidos, dejó atónitos a los colegas del papá Aznar y desorientó a los que desconfiaron de su capacidad para decidir libremente. Ya ha matado al padre, y ahora qué. No se sabe. Habrá que esperar a que tome sus primeras decisiones y a que pasen al menos unos meses.
Es su tiempo de gracia. Ya nadie le podrá echar en cara ser el niño del dedazo, porque tiene el respaldo de los votos de los compromisarios, pero eso sólo no le sirve. Ya tiene equipo, ahora es el momento de la política. Las primarias y otras cuestiones se quedaron en el camino. Todo puede suceder, pero también puede que el tiempo haga bueno aquel refrán que dice “tanto navegar para morir a la orilla”.
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