Nino Olmeda | Viernes 13 de junio de 2008
Se acabó, ya no es necesario levantarse un poco antes de lo habitual en previsión de que la carretera por la que pasamos a diario esté ocupada por camioneros mosqueados por el alto precio del combustible y agentes de la autoridad alertas a las acciones de estos movilizados por un problema similar al que sufren todos los automovilistas.
La obsesión de acudir al surtidor de gasolina, aunque el depósito esté casi lleno, o al mercado, aunque tengamos de todo, ha desaparecido. Los medios de comunicación cumplieron su papel y ayudaron a vaciar las fruterías y demás tiendas de alimentos y a que muchos conductores se bebieran la gasolina que no necesitaban por si las cosas estaban más complicadas de lo que parecen. Las reacciones tenían que ver con la confianza de cada uno en las palabras de los demás.
Fue una semana de muy malas noticias. Los datos del paro, además de una mala noticia, indicaban que el empleo pierde fuerza; las previsiones de crecimiento económico desalentaban y el futuro del Euribor amenazaba en demasía, y la pesada carga de la factura del combustible ponía en primera fila a los perjudicados. Los pescadores amenazaban con dejarnos sin los productos del mar y los camioneros con colapsar el país. Todo esto sucedía mientras que los que tenían que estar vigilantes parecían no darse cuenta de que la que se estaba montando era gorda.
El Gobierno presidido por José Luis Rodríguez Zapatero, atacado por todos los frentes por su cerrazón a la hora de hablar de la crisis económica para hacer olvidar que alguna responsabilidad tiene que tener respecto a lo que pasa, tardó más de lo previsto en reaccionar, dando la sensación de que no se creía lo que luego pasó: acciones descontroladas que degeneraron en la odiada violencia como arma de convicción.
Los convocantes de las acciones reivindicativas pensaron que todo el campo es orégano y que iban a acojonar al tímido Ejecutivo central. Se equivocaron y, aparte de perder fuerza sus peticiones por sus pobres argumentos violentos, deberían de pedir perdón por el daño ocasionado incluso a los que apoyaban sus demandas.
Pasados los días, las cosas han mejorado mucho gracias a la contundencia que todos habían pedido y que el Ministerio del Interior aplicó con rigor, pero los problemas que la crisis económica está creando en todos los ciudadanos no cesan. Las historias que se escuchan ahora que ya todo está más tranquilo, relacionadas todas con la falta de reacción del Gobierno de Zapatero, no deberían dejar en segundo plano la verdadera historia: el drama de miles de familias que temen no poder pagar sus deudas aunque mantengan el trabajo y el de otros muchos miles de personas que se ven cada vez más cerca del paro y sin muchas posibilidades de tirar del carro de su economía.
Si Zapatero no avisó a tiempo de la llegada de tempestades económicas ni actuó antes para parar algo que no creyó que explotaría con tanta fuerza mediática, qué le vamos a hacer. Habrá que apuntarlo en su historia, pero no se puede hacer una foto fija de un panorama que es cambiante día a día. Que la política actúe y que salgan las distintas recetas económicas para superar la crisis. Que hablen, y bien alto, ofreciendo cada uno su propuesta, y que si callan que no sea porque las recetas de los unos y sus opositores son parecidas.
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