Ángel del Río | Martes 10 de junio de 2008
Los camiones se toda España se encuentran en punto muerto, protagonizando una huelga por la subida del precio de los combustibles. También hay huelga de los automovilistas por el mismo motivo, pero en este caso, es una huelga a la japonesa, porque el pasado fin de semana hubo operación salida y retorno intensa en las carreteras; porque en estos días se están colapsado las gasolineras, en un afán acaparador de combustible, por si llega el desabastecimiento temido, porque a pesar de todo, la gente saca el coche; en fin, una huelga de los automovilistas, pero a la japonesa.
Los transportistas, así como los pescadores, han ido a la medida drástica de la huelga indefinida como forma de presión al gobierno por la permanente subida del precio de los combustibles, lo que pone en precario al sector, que incluso habla de situación ruinosa. Yo creía que la subida del gasóleo la estaban repercutiendo en el precio del producto, de ahí la escalada de la inflación. A ver si resulta ahora que aparte de repercutir la subida del gasóleo en el precio de los productos, de los alimentos, también quieren una subvención o ayuda del gobierno.
En este país somos muchos más los transportistas sin camión, es decir los que nos tenemos que transportar cada día a nosotros mismos por cuestiones de trabajo, es decir, que también nos ganamos el pan con nuestro coche y sufrimos la brutal subida de la gasolina, pero como no estamos colegiados como gremio de trabajadores con vehículo propio, pues a sufrir la huelga de los otros, como el resto de los ciudadanos, de los consumidores, de los sufridores pasivos, porque una huelga de transportistas tiene el objetivo de desabastecer el país, de complicarnos la vida a todos, porque las huelga siempre van contra los más indefensos, los que no tienen la culpa de nada y se convierten en paganos de todo. Habría que pedir mayor imaginación a los huelguistas, un esfuerzo intelectual, para reivindicar, protestar, pararse, pero en vez de cortar las carreteras, desabastecer, cortar, por ejemplo, los accesos al palacio de la Moncloa, a todos y cada uno de los ministerios, una insumisión ciudadana cívica en forma de impago de impuestos, yo qué sé, algo distinto a lo habitual y que no perjudicara a terceras personas. Pero eso va a volver a ser imposible, me temo.
Los piquetes, mal llamados informativos, y mejor denominados, coercitivos, se han hecho los dueños de la carretera, y a dos palmos de narices de la guardia civil obligan a parar a los compañeros que pretenden ejercer su derecho a la libertad de no secundar la huelga; esos piquetes, auténticos profesionales de la coacción, les amenazan, y en algunos casos, les tiran piedras y pinchan neumáticos. Y uno se pregunta quien defiende la libertad de ir a trabajar, de no secundar una huelga. Y uno se pregunta si no hay guardia civil, policía nacional, mozos, mozas, ertzainas y municipales suficientes para custodiar los vehículos encargados de distribuir el combustible a las estaciones de servicio. Aquí, cuatro gatos son capaces de sumir al país en un caos, ante la indiferencia de quines tienen la obligación de garantizar las libertades individuales de los ciudadanos. Este no es el país idílico que cree el gobierno, donde a la crisis se le llama desaceleración y a los atentados de ETA, accidentes. Este es el país de Bambi.
TEMAS RELACIONADOS: