Opinión

De San Bernardo al Valle del Kas

Nino Olmeda | Lunes 02 de junio de 2008
De su nacimiento en el centro de la capital del Reino de España a su consolidación en el corazón del Valle del Kas, al final de la céntrica avenida de San Diego. Éste es el camino que emprendió en 1983 la Asamblea de Madrid, que terminó ubicándose en una barriada abandonada demasiado tiempo de la mano de todos  y que notó enseguida la presencia del Parlamento regional:
los pisos se encarecieron rápidamente y se inició un desarrollo lento pero continuo. Hace 25 años surgió de la nada la Comunidad de Madrid, a través de su Estatuto, que nació con escasas competencias y un presupuesto rácano que convertía la recién estrenada autonomía en poco más que una Diputación Provincial.

Un grupo de notables, presididos por el ilustre socialista José Prat, que hoy da nombre a una de las salas de comisiones del Legislativo de Vallecas, se encargó de poner en marcha una Cámara regional que tuvo en Ramón Espinar su primer presidente. Luego vinieron Rosa Posada, Pedro Díez, Juan Van-Halen, Jesús Pedroche, Concepción Dancausa y Elvira Rodríguez, ésta última encargada de los actos conmemorativos del 25º aniversario y que  entregará el 12 de junio medallas de oro a todos que la precedieron en el cargo, a los tres únicos presidentes que ha tenido esta autonomía (Joaquín Leguina, Alberto Ruiz-Gallardón y Esperanza Aguirre) y a los ponentes del Estatuto de Autonomía que posibilitó lo que tenemos. Mogollón de distinciones.

Durante un mes las puertas de la sede de Vallecas permanecerán abiertas a los vecinos, que podrán repasar estos 25 años de historia a través de fotografías con recuerdos visuales de sucesos tan importantes como la moción de censura contra Leguina -en la que el protagonista fue un tal Piñeiro- las investiduras de los distintos presidentes autonómicos, el esparramo que organizaron dos socialistas para putear a Rafael Simancas o la inauguración que acercó al Príncipe Felipe a Vallecas para oficializar en 1998 su traslado desde San Bernardo. Se ha ganado en confort, prestación de servicios, avances tecnológicos; sus señorías cuentan con todo tipo de medios y atenciones, han “dignificado” sus salarios y hablan cuando así lo deciden los popes de cada Grupo Parlamentario.

En el viejo Caserón de San Bernardo había estrecheces, una cafetería que parecía una taberna castiza, un cuartucho en el que los agentes de la Policía Nacional identificaban a los que entraban en la entonces sede de la Asamblea de Madrid, una habitación, en la que faltaba de todo, para los periodistas, situada cerca de la sala de comisiones, que estaba dos plantas por debajo del Hemiciclo, en el que entraban diputados y plumillas, e invitados, si los había. Había que moverse constantemente: de la sala de prensa a la taberna y del viejo Caserón de San Bernardo a la calle Princesa, sede de las oficinas de los grupos parlamentarios. Sus señorías no tenían sueldo fijo y cobraban por asistencia: 25.000 de las antiguas pesetas por pleno y 6.000 por comisión. La picaresca hacía de las suyas. Unos llegaban, firmaban para cobrar y se iban después de pasar un rato en la reunión parlamentaria.

Siempre se garantizaba una presencia mínima: los primeros nunca marchaban antes de la llegada del segundo turno. En más de una ocasión algún bedel encargado de la custodia del listado con las firmas de asistentes tuvo que salir a la puerta de San Bernardo para que algún diputado depositara su rúbrica, sin salir de su coche, para cobrar sin acudir. Los debates entre Leguina y Gallardón, lo mejor de lo mejor; las intervenciones de los diputados en pleno o comisión eran apasionadas y cada asunto era de vital importancia para los partidos políticos; los plumillas teníamos que tragarnos enteras las reuniones porque la noticia salía de la boca del interviniente en el mismo momento de pronunciar lo que quería decir.

La espontaneidad formaba entonces parte del comportamiento general. Ahora, con una sede en la que no falta de nada, los diputados miden las palabras más que su capacidad para leer lo que otros escriben, casi nunca se salen del guión diseñado por los que mandan a los que llenan los folios de los demás. Se ha perdido interés por la información parlamentaria. Son otros tiempos, antes, en épocas de poco presupuesto y menos competencias, el debate político impregnaba todo lo que sucedía en las calles y que los partidos trasladaban a la sede parlamentaria. Todo era importante.

Ahora las tácticas, las estrategias y los intereses de los que gobiernan el PSOE, el PP e IU han convertido la Asamblea de Madrid no en el centro de sus debates políticos,  sino en un lugar en el que cada jueves se celebra una competición sobre qué frase puede atraer más la atención de los periodistas instalados en una sala con cabinas de radio y pantallas de televisión para seguir en directo los eventos. De San Bernardo a Vallecas, 25 años de historia de la Asamblea de Madrid, que ha puesto todo a disposición de sus señorías, a las que habría que pedir que cambien tanto como lo ha hecho la institución y dejen de ser siempre obedientes a las órdenes de los intereses de los jefes políticos, que no siempre coinciden con los de los madrileños.

TEMAS RELACIONADOS: