Opinión

Antes vivíamos sin móvil, ¿se acuerdan?

Sara Medialdea | Jueves 29 de mayo de 2008
¿Se acuerdan de cuando no existían los teléfonos móviles? Salías de la oficina y durante un par de horas, nadie sabía dónde te encontrabas. Ibas al banco a hacer una gestión, te metías en una cafetería o en El Corte Inglés y estabas ilocalizable. Cuando salías de vacaciones, eras tú el que dabas cuenta de que habías llegado sano y salvo –“oye, que ya estamos aqu픬¬-; al llegar a casa, escuchabas los mensajes que te habían dejado en el contestador cuando no estabas.

Uno podía perderse, sin que existiera esa necesidad casi enfermiza de ahora por tenerrnos permanentemente situados. Antes, cuando descolgabas el teléfono te preguntaban: “¿Cómo estás?”; ahora, la pregunta es “¿Dónde estás?”. Y estás en los lugares más inoportunos para mantener una conversación telefónica: montado en un autobús, en la consulta del médico, en la puerta del colegio de los niños, viendo una exposición, en una sala de cine… la gente mantiene el móvil encendido en las situaciones más absurdas.

Hace no mucho, durante un entierro, el responso del sacerdote se vio repentinamente interrumpido por la insistente y machacona sintonía de un móvil. La dueña, una señora mayor, aparentemente no entraba en el perfil del ejecutivo que necesita estar permanentemente localizable. Y además, era dura de oído: la musiquilla –un horror  inarmónico que anticipaba el “Chikichiki”- sonaba y sonaba, ante su total indiferencia, mientras el resto de los asistentes pasaban del pasmo al enfado, y el sacerdote mantenía a duras penas el hilo de su discurso de consuelo.

Vivíamos sin móvil. Éramos capaces de sobrevivir sin ese artilugio. Conviene recordarlo en estos tiempos en los que quedarse sin batería se convierte en un pequeño drama, y apagarlo durante una reunión supone encontrate una docena de llamadas perdidas a la salida. Lo que nació como un utilísimo instrumento de comunicación –y sigue siéndolo- lleva camino de convertirse en un tirano que se cuela con total impunidad en cada rincón de nuestra intimidad, ante la indiferencia de sus dueños. El séptimo día, antes de descansar, Dios debiera haber dicho: “Hágase el silencio”.

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