Opinión

Filas, ordenadores y Justicia

Sara Medialdea | Viernes 04 de abril de 2008
Enciendo la tele y veo un reportaje sobre colas. Personas guardando larguísimas filas para los trámites más comunes. Ante el Registro Civil, para conseguir una partida de nacimiento o una fe de vida, como hace unos meses la hacían ante las comisarías para poder renovarse el DNI. Colas interminables, nocturnas en algunos casos, que obligan a los ciudadanos que las nutren a soportar condiciones indignas de un país que se tiene –eso dicen sus responsables políticos- por la “octava potencia económica mundial”.

Hacen cola quienes quieren inscribirse en una actividad de un polideportivo municipal. Colas también de horas, durante toda la noche en ocasiones, como única vía para conseguir plaza en el horario deseado para que, por ejemplo, el niño pueda aprender a nadar. Eso, en el siglo XXI.  Y no solo en la cosa pública: desde hace varios años, se ha implantado la “moda” en bancos y cajas de atender los pagos por ventanilla sólo determinados días de la semana y en una franja horaria muy concreta. Algo así como los martes y jueves de la segunda y tercera semana de cada mes, de 8.30 a 10.30 horas, lo que invariablemente se traduce, esos días, en filas muy bien nutridas. “¿Y por qué no lo domicilia usted, y se ahorra esto?”, suele preguntar el cajero cuando uno se queja.  Pues porque no me da la gana, contestaría un castizo de esos que aún quedan.

Los ciudadanos somos, muchas veces, tratados de forma despectiva por instituciones o grandes empresas privadas; se nos marea con todo tipo de papeleos y burocracia –qué fácil es darse de alta en un servicio de telefonía móvil o alta velocidad, incluso por teléfono, y qué difícil es borrarse, por ejemplo-, las compañías realizan campañas de captación de clientes tan agresivas que casi no existe siesta o sobremesa que no se vea interrumpida por una llamada telefónica de un número secreto importunando con ofertas que ni has pedido ni te interesan…

Estos días, tras varias semanas de huelga de los trabajadores de Justicia de algunas comunidades autónomas –agraviados por la diferencia salarial con sus colegas de según qué puntos geográficos-, pueden verse escenas en los juzgados de expedientes acumulados por los pasillos, bajo las mesas o formando columnas que se apoyan en las paredes. Cada uno, con una historia detrás. Y todos paralizados. De nuevo, el pagano es el vecino de a pie, el mismo que paga los impuestos que mantienen en pie el sistema público. No sé dónde leí que un 80 por ciento de los asalariados cumplen con sus compromisos fiscales, mientras que entre los no asalariados, ese porcentaje cae al 20 por ciento. En el caso concreto de la administración de Justicia, hacen falta –como piden los sindicatos de los trabajadores públicos- medidas correctoras y más medios materiales y de formación, capaces de incorporar al siglo XXI un sistema de trabajo que, desgraciadamente, se acerca mucho más al XIX. Pero ¿alguien me puede explicar por qué la informática no ha entrado aún en el terreno de la Justicia, pero sí funciona en el de la Hacienda?

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