Rafael Martínez-Simancas | Lunes 03 de marzo de 2008
Hago esta crónica entre bambalinas y entre agradecimientos por haber estado entre los veintitrés premiados en los ‘Villa de Madrid’. Lo hago con la responsabilidad de ser el ‘Mesonero Romanos’ del año 2007, un honor que le convierte a uno en aquello que siempre persiguió: en poeta de asfalto y princesas por descubrir. Si la crónica no tiene carne es que uno anda mal de espíritu, y eso es pecado de cronista.
Lo mejor de estos premios es que el Ayuntamiento de Madrid se ha fijado en Miss Kay, que es la trapecita Graziella Galán, aquella que vuela en el Price como si los cuerpos no tuvieran gravedad. Así que he compartido tablas con el alcalde Gallardón y con Miss Kay; todo un lujo.
Se preguntaba el alcalde: ¿qué pasaría si Madrid no existiese?, y tiene razón porque esta ciudad es más hermosa cuando se transforma y se reinventa desde el arte. Entonces, junto a Miss Kay y Gallardón, me ha venido la imagen de Ramón Gómez de la Serna dando una conferencia a lomos de un elefante, en un circo. Ramón inventó la greguería que era la mejor manera de explicar una ciudad tan atolondrada y dispersa. Ciudad de muertos y re-vivos que se cruzan con niños que van al colegio. Ciudad de neurosis que afecta e hiere cuando los domingos por la tarde se vengan en las mentes de los amantes abandonados. Decía Ramón, al respecto de la ciudad de los suicidas: ‘no hay que tirarse desde demasiado alto para no arrepentirse por el camino’. Es Madrid ciudad de segundas oportunidades, tanto en el trapecio como en la política.
Hago la crónica con el agradecimiento a los lectores de madridiario.es, y al resto de compañeros que han apoyado para que yo pudiera compartir “trapecio” junto a Miss Kay. Gracias a Constantino Mediavilla y a Pedro Montoliú porque saben de mi pasión por el circo, ya sea en versión carpa o en formato de columna.
A fin de cuentas uno sale a dar mortales todo el día con la intención de entretener a los lectores.
A Ramón le hubiera encantado estar junto a una trapecista. A mí me ha colmado mi ansia de cronista de pueblo que un día llegó a Madrid con un perro de trapo bajo el brazo y los consejos de una madre que me recomendó cerrar la boquita para que no cogiera frío. Yo, (mal hijo), la abrí y por vía oral me entraron las crónicas de Madrid de Umbral, y este sentimiento de iconoclasta perpetuo.
www.rafaelmartinezsimancas.com
TEMAS RELACIONADOS: