Sara Medialdea | Lunes 25 de febrero de 2008
Rafael Simancas se ha despedido de la Asamblea de Madrid. Durante los últimos 5 años, su figura y la de la Comunidad Autónoma madrileña han estado unidas a fuego: ha protagonizado el más turbio incidente que ha vivido la democracia regional –y puede que la española- desde la transición, el “tamayazo”. Ha sido el eterno perdedor, el luchador sin tregua, el martillo pilón que machacaba, pleno tras pleno, los argumentos esperancistas en sanidad, educación, infraestructuras…
Atrás quedan los tiempos en que era un concejal de Madrid casi desconocido en mitad de la lista del PSOE, que salió del anonimato a golpe de trabajo y de denuncia junto a su alter ego, Ruth Porta: ambos pusieron en serios apuros al alcalde José María Álvarez del Manzano a cuenta de unos gastos, unas bodas y unas ayudas a costureras pagadas con dinero público. Fue entonces implacable, y su partido le recompensó poniéndole a la cabeza de la lista para la Comunidad.
Un regalo envenenado: entonces se pensaba aún que el candidato a repetir como presidente iba a ser Ruiz-Gallardón. Su partido, al elegirle, le mandaba directamente al matadero, o eso pensaban. Pero la política hace extraños compañeros de cama; Gallardón recibió la orden de volar hacia el Ayuntamiento, y en la lista para el Gobierno regional aterrizó una especialista en las carreras de fondo: Esperanza Aguirre. Simancas lo entendió rápido: era su oportunidad. Y la aprovechó; tanto, que aquellas primeras elecciones autonómicas de mayo del 2003 las resolvió con votos suficientes para, unidos a los de IU, gobernar Madrid.
Mucho se ha escrito sobre la docena de trajes que se encargó para su nuevo puesto de presidente, pero algo menos de otras declaraciones –anuncios sobre cambios en la Ley de Suelo que hicieron saltar las alarmas en despachos de mucho peso-, que tal vez fueron determinantes para que se viera apartado de una responsabilidad, la de presidir la Comunidad Autónoma, que rozó con los dedos.
Simancas ha seguido dando la batalla con desigual éxito pero con enormes dosis de lo que él mejor gestiona: trabajo. El “pico y pala” que tanto defiende Aguirre es un lema que le va como anillo al dedo a su, hasta ahora, contrincante político. El hombre que se hizo a sí mismo y que ahora se lanza a otros caminos, quién sabe si más agradecidos, en la “primera división” política que es el Congreso de los Diputados. Ojalá la suerte, tan esquiva con él en muchas ocasiones, le acompañe ahora.
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