De pronto, entre la emoción acompasada de millones de terrestres con los ojos puestos en la pantalla, puso su bota en el suelo y no pasó nada. No se lo tragó la Luna, ni fue atacado por extraterrestres, ni se disolvió en el vacío espacial. El muy payaso se puso a dar saltitos y dijo una estúpida frase programada seguramente y se fue a plantar una rígida banderita americana. Yo no me lo podía creer, sentado allí en el sofá del comedor, con las luces apagadas y la tele en sordina. Hubiera querido despertar a toda la familia y contarles la buena nueva: el Hombre ha llegado a la Luna…! Y no ha pasado nada. No habían salido a recibirle ni unos rusos agazapados que habrían llegado antes en secreto y comenzarían a disparar su rayitos láser con pistolas ridículas para comenzar la Guerra Fría Intergaláctica, ni un coro de ángeles enviados por Dios para loar la proeza o castigar la insolencia de hollar otro astro, como decían muchos curas que iba a pasar por la soberbia de quienes creían que la Ciencia era mejor que la religión verdadera.
El nuestro era un país atrasado y moroso y mucho más gris que la tele. ¡Qué les voy a contar que no sepan…! Yo antes había visto en la tele del hijo rico del patrón de mi padre a Rintintín, el cabo Rusty y el sargento O’Hara, a Lassie y a Tarzán de los monos, a Gustavo Re con Herta Frankel y su perrita Marilyn, a Superman, al Virginiano y a muchos señores con bigotito facha dando el parte, a Mariano Medina “el hombre del Tiempo”,a José Luís Pecker y la mamá del millón, el alcalde de Bélmez y al portero de los pájaros, a KiKo Ledgar y sus azafatas y regañones, las Historias para no Dormir de Chicho y la Cabina, los payasos y los Chiripitiflauticos, la familia Telerín y Popeye el marino, Laurita Valenzuela con Joaquín Prats y a Massiel, Raphael e Iñigo y todo ese mundo gris pero lleno de ilusión, salvo la parte de cierre diario que hacían un cura de sotana echando un sermón y luego el repelente Caudillo que parecía que no se iba a morir nunca.
Pero, el día que vi la Luna de cerca y en directo comprendí para que servía la tele. Había terminado el bachillerato y sus revalidas, preparaba oposiciones bancarias y pronto empezaría a trabajar, me “metería en líos políticos y sindicales” y volvería a celebrar otra esperadísima imagen célebre en la tele: la cara de pájaro muerto del dictador, que para unos fue luto y, para otros muchos, fiesta después de todo lo que nos había hecho pasar. Y, finalmente como impacto emocional definitivo, el exabrupto fascista de aquel “¡Todos al suelo!” que nos obligó a tantos a dormir fuera de casa y prepararnos para pasar a la clandestinidad, hasta que la imagen también de madrugada de aquel a quien habíamos tildado de “pelele franquista” nos devolvió la cordura y la esperanza en el futuro. ¡Qué momentos, de televisión!. Por todos ellos, los buenos y los malos, feliz cumpleaños TVE.