Social

Cuando callan las sirenas

Celia G. Naranjo | Martes 05 de febrero de 2008
Las emergencias no terminan siempre con la marcha de los bomberos, la policía o las ambulancias. Un incendio puede dejar atrás una familia sin techo; un accidente de tráfico, un niño sin  padres. Es entonces cuando actúa el Samur Social.

"Mujer de origen oriental, parece indigente, creen que necesita asistencia social". Así reza el mensaje que aparece en las pantallas del centro de recepción del Samur Social. Al poco, una unidad móvil, con un trabajador y un asistente social a bordo, se desplazará hasta el lugar del aviso. Son las doce y media de la mañana y la jornada no ha hecho más que empezar: cada día se producen en las calles de Madrid una media de 29 emergencias que requieren la intervención del Samur Social.

El dispositivo se pone en marcha cuando entra una llamada a través de la sede central. Casi cuatro de cada diez avisos llegan desde el 112, que desvía las llamadas cuando estima que la emergencia tiene también carácter social. Pero no siempre la situación requiere el envío de una unidad móvil: "El treinta por ciento de los avisos se resuelven simplemente con información sobre recursos y trámites", dice Pérez.

Si por fin se envía un equipo al lugar del aviso, tardará entre 35 y 40 minutos. De hecho, los vehículos del Samur Social disponen de luz de emergencias, pero no de señal acústica. "Es que no es necesario llegar antes", aclara Pérez. "Si una mujer que va con su hijo en el coche sufre un colpe en la cabeza y el niño queda ileso, lo más urgente es atender a la herida. Nosotros llegaremos después para ocuparnos de ese niño que ha quedado solo", añade.

El pasado año se saldó con más de sesenta mil historias diferentes que requirieron una intervención social de urgencia en las calles de la capital. Desde su creación en 2004, el equipo del Samur Social se ha enfrentado a todo tipo de situaciones, desde el 11-M, "donde permanecimos trabajando 21 días", hasta el reciente desalojo conflictivo de la Cañada Real. Pérez muestra las dependencias donde permanecieron la mujer musulmana y su hija en los tres días posteriores al desalojo: habitaciones, una sala, un comedor... Un dispositivo de acogida de emergencia que cuenta con 22 plazas, de las cuales solo dos permanecen ocupadas: el resto se mantienen libres, por si acaso.

Pero las emergencias sociales son solo una parte del trabajo. Varios equipos de calle, compuestos por un trabajador social y un auxiliar, recorren a pie las calles de Madrid para atender a los 'sin techo'. Cada uno de los 1.183 usuarios recibe una media de 2,5 visitas al mes, en las que les ofrecen todo tipo de recursos, albergues y comedores. Si rehúsan utilizarlos, simplemente les van a ver para saber cómo están, resolverles dudas y orientarlos.

"Es más fácil que las mujeres sin hogar accedan a dormir en los albergues", explica Pérez a bordo de la unidad móvil, "porque son mucho más vulnerables que ellos: una mujer en la calle es carne de cañón". Además, añade, cuando ellas se quedan sin techo suelen estar mucho peor que los hombres, "o lo que es lo mismo: en un proceso de deterioro, ellos se quedan en la calle antes, porque por razones culturales una mujer tiene muchas más posibilidades de ser acogida en caso de necesidad que un varón".

La unidad móvil se detiene en la plaza de Ópera. Uno de los vagabundos que se sientan en los bancos, frente al majestuoso coliseo, hace señas a Darío. Quiere saber si debe empadronarse en Madrid para poder optar a la Renta Mínima de Inserción. Él le responde y le pregunta cómo está, se interesa por su compañero, va a ver a otro que no le suena, cosa rara, porque conoce a casi todos. De 'peinar' cada día los barrios y de los 14 años que estuvo al frente del albergue municipal de San Isidro.

Las personas mayores son el segundo grupo de población más atendido por el Samur Social, después de los sin techo. "Son un colectivo muy vulnerable, tienen más riesgo de soledad y de abandono", explica. Familias e inmigrantes completan los colectivos que más emergencias sociales padecen; los menores y las mujeres maltratadas también, aunque en menor medida. "Cada caso es un mundo diferente", dice Pérez. "No sabría decir ninguno en especial". Pero enseguida le salen unos cuantos: "El del joven toxicómano que no quería ir a un albergue porque se había ido de casa y quería dar 'un escarmiento' a su mujer durmiendo en la calle; el de la mujer que pide cada mañana por el centro, a pesar de que tiene su casa, sus hijos y una pensión; el de aquella que acumula cartones y no permite que nadie se le acerque..."