Opinión

Obama y Gallardón

Antonio R. Naranjo | Miércoles 16 de enero de 2008
La exclusión de Alberto Ruiz Gallardón de la lista de Rajoy es, más allá de efectos electorales que sólo discernirá el tiempo, un acto de lógica elemental en la vida interna de un partido que llama la atención, eso sí, al confrontarse con los usos habituales en las formaciones políticas españolas –donde los militantes apenas son atrezzo de saldo para los caprichos y las capillas de una élite caprichosa- y con el incuestionable tirón del damnificado. Nadie niega que, por evidentes que sean los méritos de Obama o Hillary, su nominación como candidato requiere del visto bueno previo de quienes, haciendo una traslación no literal, vienen a ser en los caucus el equivalente a lo que aquí serían los militantes o lo simpatizantes preinscritos en un eventual proceso de primarias: si la legitimidad del cargo público se la confieren los votos libres de los ciudadanos; la de los candidatos se la otorgan los militantes.

O el dedo caprichoso de quien, encarnando la máxima de la democracia en su calidad de futuro representante del ciudadano, no la ejerce en su propia casa para bochorno e indignación de cualquier observador instruido. Fue el caso de Sebastián, ungido por las dotes visionarias de Zapatero, o del propio Rajoy, designado por un Aznar convencido de su infalibilidad. Hasta los cónclaves papales tienen algo más de democracia y algo menos de conspiración que buena parte de las decisiones que se adoptan en los partidos, cuya regeneración y aclimatación a los usos democráticos más elementales sigue siendo una de las grandes asignaturas pendientes de nuestro tiempo

En ese escenario, nuestro Obama Gallardón ha pretendido alcanzar la nominación primero y la sucesión después apelando a todo aquello que tiene un valor público –sus victorias en las urnas, su valoración en las encuestas- pero negando la relevancia de lo que, en el periodo de formación de cualquier candidatura, habría de tener el valor máximo y vinculante para cualquier aspirante a lo que sea: la estima del partido, el apoyo de los militantes y el plácet final de los órganos correspondientes. Con todo eso en contra, tal y como se demostró en el fallido asalto del alcalde madrileño a la presidencia autonómica del PP a través de obediente interpuesto; y con el añadido doble de que en el viaje se malversaba el voto reciente de los ciudadanos que le quisieron como alcalde suyo y se buscaba antes un lugar en la pole sucesoria que un apoyo al líder fácilmente gestionable desde las responsabilidades en ejercicio, ¿cómo le puede llamar la atención a nadie que se le excluya de la candidatura?

La fenomenal campaña mediática que acompaña siempre a Gallardón, convertido en el icono político de quienes jamás le votarían, disimula pero no anula la coherencia de una decisión con una única pega: no era ni necesario ni conveniente el sadismo –voluntario o no- empleado por Rajoy, cuyo comportamiento en estos meses ha añadido un desenlace al famoso tópico del gallego en la escalera: ni subía ni bajaba, se estaba tirando por el hueco.

Cabe preguntarse, al menos desde los medios de comunicación que en teoría no debemos pensar hasta la náusea en qué resultado electoral nos conviene personalmente, cómo es posible que ese Gallardón que convierte una derrota democrática en su partido en un acto de caciquismo del vencedor -¿O tiene que pedir disculpas Esperanza Aguirre por contar con el apoyo del 90% de sus militantes y ejercer el mandato que de ello se deriva?-; que olvida a los seis meses al elector que le ha votado sólo para alcalde y que finalmente vincula su interesado apoyo a su propio partido y a su jefe de filas a la concesión de una ventaja indisimulable  en la sucesión del personaje a quien dice querer ayudar; puede parecerle a nadie una pobre víctima de nada.

Es verdad que resulta sorprendente que, cuando más difícil parece una victoria frente a Zapatero, el PP prescinda del político más valorado en los sondeos tras cuatro victorias arrolladoras; pero eso sólo debe preocupar a Rajoy y al propio Gallardón, que a estas alturas aún no se ha preguntado nunca por qué en su casa, tan necesitada, no le quieren ni se fían: es mejor echarle la culpa al empedrado o vender la especie boba y amplificada por sus rivales de que eso es un síntoma de la involución derechista del PP –para lo que no ayudan nada, ciertamente, ni las risotadas de Losantos ni la cercanía a una Iglesia trasnochada y rancia-, pero él ha de saber que la razón es otra que Rajoy, por convicción o por temor, ha entendido o le han hecho entender con todas las de la ley: sólo con un partido no se pueden ganar unas Elecciones; pero sin un partido está claro que se van a perder.

Bien haría ahora Gallardón en dejar de emular al Hamlet de Shakespeare, aquel que odiaba por distintas razones a su padre y a su madre, y en releer las parábolas, especialmente útiles para cualquier laico contumaz pero inteligente, para evitar transformarse en el hijo pródigo, ése que se va sin que le echen y acaba volviendo sin que le llamen.

Al final, y esto vale para todos los que nos ponemos estupendos y melodramáticos en exceso, lo bueno que tiene la democracia es que termina por ponernos a cada uno en nuestro sitio. Y ojalá el de Gallardón perdure en el tiempo y en el ámbito oportuno, porque no estamos sobrados de dirigentes políticos de altura, aquellos, señor alcalde, que en lugar de pensar en la próxima elección lo hacen en la siguiente generación.

Antonio R. Naranjo
Director de Diario de Alcalá

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