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La oficina madrileña se reformó para el trabajo híbrido, pero nadie tocó la red que la sostiene

MDO | Jueves 23 de julio de 2026

Salas de reunión donde la videollamada se congela, puestos rotativos que saturan la cobertura a media mañana y equipos de red comprados cuando la oficina funcionaba de otra manera. Miles de empresas de la región descubren que la reforma se quedó en el mobiliario.


Madrid ha rehecho sus oficinas en tiempo récord. Despachos convertidos en espacios abiertos, plantas rediseñadas para puestos compartidos, salas pequeñas multiplicadas para videollamadas y metros cuadrados recortados en favor de zonas comunes. La transformación ha sido visible, cara y relativamente rápida. Pero hay una parte de la reforma que casi nunca entró en el presupuesto: la red que sostiene todo lo demás. El resultado se ha vuelto un clásico de la jornada laboral madrileña —la reunión que empieza pidiendo a alguien que apague la cámara— y responde a una causa técnica bastante concreta.


La reforma que se quedó en el mobiliario

El patrón se repite en oficinas de Azca, del corredor de la A-1, de Méndez Álvaro o de cualquiera de los parques empresariales del norte y el sur de la región.


La empresa reduce superficie, reorganiza la planta, instala puestos compartidos y multiplica las salas pequeñas. Contrata más ancho de banda con el operador, porque parece lo lógico. Y da por hecho que el resto aguanta.


El resto, sin embargo, suele ser el mismo de hace ocho años: dos o tres puntos de acceso instalados cuando la oficina tenía despachos cerrados y treinta personas fijas, un switch que se eligió por precio, y un cableado que se tendió pensando en ordenadores conectados por cable.


La reforma cambió cómo se usa el espacio. No cambió lo que hay dentro de las paredes.


Y ahí aparece la desconexión que explica buena parte de las quejas: contratar más megas no arregla un problema que no está en la conexión, sino en la distribución.


Por qué la videollamada lo cambió todo

Conviene entender qué le pedimos hoy a una red de oficina, porque no se parece a lo de antes.

Durante años, el tráfico corporativo era básicamente correo, navegación y archivos. Tráfico tolerante: si un adjunto tarda tres segundos más, nadie se entera. Lo que importaba era el volumen.


El vídeo en tiempo real funciona al revés. Consume relativamente poco ancho de banda —una videollamada en alta definición se mueve en cifras modestas—, pero es implacable con la latencia, el jitter y la pérdida de paquetes. Un microcorte de doscientos milisegundos pasa desapercibido descargando un PDF. En una llamada, congela la cara del interlocutor.


Añada el segundo factor: la simultaneidad. Antes, las reuniones se celebraban en una sala con un proyector. Ahora se celebran en doce puntos distintos de la planta a la vez, cada uno con su flujo de vídeo bidireccional, y muchos de ellos por WiFi.


Un tráfico exigente en tiempo real, multiplicado por doce, sobre una infraestructura diseñada para correo. Ese es el diagnóstico.


El puesto rotativo y la aritmética de la densidad

El trabajo híbrido introdujo además un cambio que casi nadie tradujo a términos técnicos.


Las plantillas no se redujeron: se concentraron. Con tres días de presencialidad y libertad para elegirlos, la ocupación real de una oficina madrileña ya no es una línea plana. Es una sierra. Los martes y miércoles se llena; los viernes se vacía.


El problema es que las redes inalámbricas no se dimensionan por la media, sino por el pico. Y el pico se ha desplazado y concentrado.

A eso se suma la densidad de dispositivos. Cada persona ya no lleva un equipo: lleva el portátil, el móvil corporativo, el personal y a veces unos auriculares o un reloj. Multiplique por la ocupación de un martes y compare con los dos puntos de acceso que se instalaron cuando la plantilla venía cinco días y traía un ordenador cada una.


Los síntomas son reconocibles y tienen nombre técnico. La cobertura que se desploma en la sala del fondo. La reconexión al cruzar la planta, porque el dispositivo se agarra a un punto lejano en lugar de saltar al cercano. La caída de rendimiento a media mañana, cuando todos los canales disponibles están saturados.


Nada de eso se resuelve con más ancho de banda. Se resuelve con más puntos de emisión, mejor situados y capaces de repartir la carga.

De ahí que la partida que más ha crecido en los presupuestos de reforma de oficina sea la de puntos de acceso WiFi profesionales, equipos pensados para gestionar decenas de clientes simultáneos y coordinarse entre sí, muy lejos del router doméstico ampliado con un repetidor.


El eslabón invisible: lo que hay debajo del WiFi

Aquí llega la parte que rara vez aparece en la conversación, porque no se ve.

Un punto de acceso no funciona solo. Necesita alimentación y necesita que alguien reparta el tráfico por detrás. Ese trabajo lo hace el switch, el equipo que suele vivir en un armario, que nadie mira y que se elige por precio.


Cuando la oficina crece en puntos de acceso, cámaras, teléfonos IP y pantallas, el switch pasa a ser el cuello de botella. Y aparecen dos carencias típicas.


La primera es la alimentación. Los puntos de acceso modernos se alimentan por el propio cable de red mediante PoE, lo que evita tender corriente hasta el techo. Pero cada equipo consume su presupuesto de vatios, y un switch sin capacidad suficiente deja dispositivos apagados o funcionando en modo reducido, con la mitad de sus radios activas.


La segunda es la gestión. Un equipo no gestionable reparte tráfico sin criterio: no permite separar la red de invitados de la corporativa, ni aislar las cámaras, ni priorizar el tráfico de voz y vídeo sobre una descarga. Todo circula junto y en igualdad de condiciones. Cuando alguien sincroniza cincuenta gigas en la nube, la reunión de dirección lo nota.


Por eso los switches gestionables con alimentación PoE se han convertido en el complemento inseparable de cualquier despliegue inalámbrico serio, y en la pieza que más se olvida en el presupuesto inicial.


WiFi 6, WiFi 7 y el arte de no comprar de más

El mercado, previsiblemente, ha respondido con siglas.


Cada generación inalámbrica promete cifras espectaculares que se miden en laboratorio y rara vez se ven en una oficina. Lo relevante para una empresa no es la velocidad máxima teórica, sino cómo se comporta el equipo con muchos dispositivos a la vez, que es exactamente el escenario real.


Ahí sí hay diferencias sustanciales entre generaciones, y merece la pena entenderlas antes de firmar: qué aporta cada una en entornos densos, qué requisitos impone al cableado y al switch, y sobre todo si los dispositivos de la plantilla son capaces de aprovecharla. Comprar la última generación para un parque de portátiles que no la soporta es pagar por una prestación que nadie usará.


Quien esté valorando la inversión hará bien en revisar con calma las diferencias entre WiFi 6 y WiFi 7 aplicadas a entornos empresariales, porque la elección correcta depende mucho más de la densidad de usuarios y del uso previsto que del número que aparece en la caja.


El criterio que repiten los distribuidores especializados del mercado profesional —entre ellos Cybersstock, que distribuye equipamiento de red para empresa desde Madrid— es sencillo: primero se mide, después se compra.


Medir antes de comprar

Un proyecto bien planteado empieza con preguntas que no cuesta dinero responder.


Cuántas personas hay en el pico real, no en la plantilla teórica. Cuántos dispositivos por persona. Dónde están los puntos muertos de cobertura. Qué tráfico circula de verdad y en qué franjas. Cómo está construido el edificio, porque un tabique de pladur y un muro de hormigón no se comportan igual, y en Madrid conviven oficinas de los años setenta con edificios de última generación.


Con esas respuestas, el dimensionado deja de ser una apuesta. Sin ellas, se compra por catálogo y se corrige por sorpresa.


La red de una oficina pertenece a esa categoría de infraestructuras que solo existen cuando fallan. Nadie felicita al responsable de sistemas porque la videollamada del martes se viera perfecta; todos escriben cuando se corta.


Esa invisibilidad explica por qué, en la gran reforma de las oficinas madrileñas de los últimos años, la partida de conectividad ha sido tantas veces la última en llegar y la primera en recortarse. Se ha invertido en mobiliario, en acústica, en iluminación y en cafeteras. Y se ha dado por supuesto que el WiFi, sencillamente, estaría ahí.


El problema es que el trabajo híbrido no ha añadido una función más a la red: ha cambiado su naturaleza. Ha convertido una infraestructura de apoyo en la herramienta principal de trabajo de una parte considerable de la plantilla. Cuando la reunión con el cliente, la formación interna y la coordinación diaria del equipo circulan por ahí, la conectividad deja de ser un servicio del edificio para convertirse en un elemento productivo.


Y los elementos productivos se dimensionan, se mantienen y se renuevan. No se heredan.


La buena noticia es que, a diferencia de una reforma de obra, esta suele ser reversible, escalable y considerablemente más barata de lo que se teme. La mala es que casi nunca se aborda hasta que alguien, en mitad de una presentación importante, pide por tercera vez que repitan la última frase.