Opinión

Europa ante el fin de la tutela: del paraguas ajeno a la responsabilidad propia

Rafael Vera | Jueves 16 de julio de 2026

No aguardaré a que se apaguen los ecos de la cumbre de la OTAN que estos días se celebra en Ankara. No albergo grandes esperanzas de que, en la hora presente, sus conclusiones consigan llevarnos mucho más lejos del lugar incierto en el que ya estamos. Hay algo en este mundo -y también en España, que es mi mundo más próximo- que me produce una perplejidad difícil de disimular. Tal vez sea la mirada de quien ha visto pasar demasiadas estaciones; tal vez sea la edad, que vuelve más nítidos los contornos de la decadencia. Pero no encuentro en torno a mí la suficiente alarma por el camino que estamos tomando. Abundan, sí, las preocupaciones por el consumo, por la apariencia, por la estética de la vida; escasea, en cambio, la inquietud profunda por su sentido y por su destino.

Nos estamos jugando el porvenir mientras el presente se nos deshace entre los dedos, lento y silencioso, como un azucarillo que desaparece en el agua. El Occidente que conocí -ese espacio moral y político levantado sobre la democracia, el Estado de derecho y la aspiración al bienestar compartido- parece haber olvidado, o al menos descuidado, las raíces que lo sostienen. Vivimos como si las libertades heredadas fueran eternas, como si las instituciones pudieran resistir indefinidamente la indiferencia de quienes deberían defenderlas.

Ese mundo necesita reglas, no para encadenar la libertad, sino para salvarla de sus propios excesos: reglas que ordenen el mercado, que contengan la voracidad de un capitalismo sin bridas y que permitan gobernar, antes de que nos gobiernen, unos avances tecnológicos llamados a transformarlo todo. Por eso el futuro de Europa no es una abstracción lejana, sino una pregunta que nos concierne íntimamente.

Europa debe atreverse a ser algo más que una arquitectura económica: ha de avanzar hacia una integración política real y dotarse de una defensa común, de una capacidad propia para protegerse y decidir. No se trata de romper los lazos con sus aliados, sino de dejar de vivir bajo la cómoda ficción de que otros custodiarán siempre nuestra casa. Ha llegado la hora de levantar, con prudencia y con firmeza, los cimientos de una seguridad europea coordinada, eficaz y capaz de responder con rapidez cuando la historia vuelva a llamar a la puerta.

Quizá el primer paso, si existiera una decisión unánime de los países europeos, sería asumir el compromiso de desarrollar un sistema de defensa propio; no todavía un ejército europeo en sentido pleno, pero sí el inicio de una travesía hacia él. La OTAN, tal como la hemos conocido, muestra signos de fatiga, y las palabras de algunos dirigentes políticos de Estados Unidos -acompañadas ya por sus actos- parecen anunciar una alianza menos segura, menos automática, menos dispuesta a sostener sobre sus hombros la defensa del continente. Europa, sin embargo, tampoco ofrece todavía señales inequívocas de una voluntad firme y compartida para ocupar ese vacío. Si de verdad quisiéramos sustituir, por consenso y con medios propios, las capacidades militares que hoy aporta Estados Unidos, necesitaríamos muchos años, una inversión colosal y, sobre todo, una convicción política que hasta ahora apenas se vislumbra entre la niebla.

Es cierto que algunos países europeos se sitúan en la vanguardia de la defensa: están mejor preparados, disponen de más recursos, cuentan con ejércitos más numerosos y conservan una tradición estratégica más asentada. Pero ni siquiera esa ventaja basta para cubrir el vacío que dejaría el progresivo alejamiento de quienes, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, han permanecido desplegados en Europa y se han ocupado, en buena medida, de nuestra seguridad. Me temo que ese amparo comenzará a debilitarse, quizá de manera lenta al principio, casi imperceptible, hasta que un día descubramos que la tutela que dimos por segura ya no está allí con la misma firmeza. Entonces tendremos que comprender, acaso demasiado tarde, que el relevo nos corresponde a nosotros: a una Europa que deberá aprender a defenderse no por orgullo, sino por necesidad histórica.

Ese aprendizaje no puede nacer de la ingenuidad. Sería una ilusión peligrosa pensar que el mundo avanza, por sí solo, hacia una edad en la que los conflictos se disuelven en la mesa de negociación y la fuerza queda definitivamente desterrada de la política. No ha sido así a lo largo de la historia, porque no es ésa, por desgracia, la condición humana. Europa no habita una geografía exenta de amenazas reales ni puede permitirse el lujo de contemplar el peligro como una sombra lejana. Basta mirar a Ucrania para comprender que el viejo imperialismo no ha desaparecido: continúa respirando con voracidad, proyectando su amenaza sobre los países fronterizos y recordándonos que la paz, cuando no se defiende, puede convertirse en una promesa frágil, escrita sobre el agua.

Defender la paz exige algo más que voluntad y buenas palabras: exige disponer de armas estratégicas, de aquellas capacidades que no se emplean para alimentar la guerra, sino para disuadir al adversario de iniciarla. Ante la posibilidad de adquirirlas fuera, se alza la alternativa de fabricarlas en Europa; pero ahí tropezamos con una realidad incómoda: hoy por hoy, no contamos con una capacidad industrial suficiente para hacerlo con la rapidez y la escala necesarias. Hablar de autonomía defensiva significa hablar, sin eufemismos, de misiles de largo alcance, de sistemas eficaces de defensa antiaérea, de un verdadero paraguas nuclear europeo y de una inteligencia compartida capaz de anticipar las amenazas antes de que se conviertan en incendio. Sin esos instrumentos, la defensa común corre el riesgo de quedarse en una hermosa declaración escrita sobre papel frágil.

Aunque a veces prefiramos no nombrarlo, Europa está ya en guerra: una guerra que Ucrania libra también en nuestro nombre, poniendo el territorio, los muertos, las ciudades arrasadas y unas pérdidas materiales e infraestructurales inmensas. En sus campos de batalla se decide algo más que la soberanía de un país; se mide la resistencia de todo un orden europeo frente a la agresión. Y, sin embargo, a pesar de ese sacrificio y de esa función de escudo adelantado, Ucrania sigue sin ser hoy miembro de la OTAN. Esa paradoja -la de un país que defiende la frontera moral y estratégica de Europa sin estar plenamente cubierto por su garantía colectiva- debería bastar para sacudir nuestras conciencias y obligarnos a pensar con menos comodidad en el precio real de nuestra seguridad.

En esta lluvia de ocurrencias que suele desatarse cuando una situación incómoda irrumpe, trastoca la política y termina colocándose en primera fila, aparece también la necesidad de mejorar y ampliar los ejércitos convencionales: más plantillas, más recursos, más preparación y una capacidad real de sostener el esfuerzo en el tiempo. Algunos países empiezan ya a mirar hacia una cuestión que creíamos enterrada en otro siglo: la recuperación, de una u otra forma, del servicio militar obligatorio. Pero ¿quién será capaz de implementarlo en los tiempos que vivimos? ¿Quién logrará convencer a sociedades acostumbradas a delegar la defensa, a vivir la seguridad como un servicio remoto y garantizado, de que quizá ha llegado la hora de asumir también esa carga? La pregunta no es menor, porque una defensa común no se levanta solo con presupuestos y discursos; necesita ciudadanos dispuestos a comprender que la libertad, cuando se ve amenazada, también exige deberes.

Llegará un día -si no empezamos antes a tomarnos en serio nuestra propia defensa- en que veremos desfilar de regreso a su país de origen a las fuerzas desplegadas por Estados Unidos dentro de los planes de la OTAN, y contemplaremos cómo esas enormes bases conjuntas, que durante décadas dimos por parte natural del paisaje estratégico europeo, empiezan a quedarse vacías. Entonces quizá descubramos, con la ironía amarga de las verdades aplazadas, que no se llenan hangares, arsenales y puestos de mando con discursos solemnes ni con fotografías de familia en las cumbres internacionales. ¿Vamos acaso a rellenarlas con soldaditos de terracota? La defensa de Europa no puede construirse con figuras decorativas ni con gestos de museo: necesita soldados reales, industria real, decisión real y una conciencia política que deje de confundirse a sí misma con sus propias ceremonias.

La conclusión, por dura que resulte, es sencilla: Europa debe dejar de comportarse como una potencia protegida y empezar a actuar como una comunidad política adulta. Si quiere conservar su libertad, su democracia, su Estado de derecho y su modo de vida, tendrá que pagar el precio de defenderlos. No bastarán las declaraciones solemnes, ni las cumbres cuidadosamente fotografiadas, ni la retórica confortable de una unidad que se proclama más de lo que se practica. Harán falta recursos, industria, soldados, inteligencia, sacrificios y una voluntad política sostenida en el tiempo. Europa puede seguir soñando que la historia ha terminado y que otros acudirán siempre a cerrar sus heridas; o puede despertar, mirarse sin complacencia y asumir que su futuro dependerá, cada vez más, de su propia fuerza. Si no lo hace, no perderá solo influencia: perderá soberanía, perderá seguridad y quizá, cuando quiera reaccionar, descubra que también ha perdido el tiempo.