Madrid vive cada mes de junio el Orgullo como una celebración de libertad. Las calles se llenan de cuerpos, banderas, música, reivindicación y alegría. Y está bien que así sea. Pero una ciudad que celebra sus conquistas también tiene que saber recordar a quienes las hicieron posibles. Porque el Orgullo no nació como una marca, ni como un reclamo turístico, ni como una fiesta institucional. Nació como una lucha.
Madrid tiene una habilidad peligrosa para mirar hacia delante sin mirar hacia atrás. Se habla de nuevos desarrollos, de grandes iconos urbanos, de rascacielos, de norias gigantes y de una ciudad convertida demasiadas veces en escaparate. Pero una ciudad no se mide solo por lo alto que construye, sino por la profundidad de la memoria que conserva. Y Madrid tiene todavía una deuda simbólica con una parte fundamental de su historia democrática: la memoria del primer Orgullo LGTBIQ+.
El 25 de junio de 1978, miles de personas salieron a las calles de Madrid convocadas por el Frente de Liberación Homosexual de Castilla. La manifestación recorrió la avenida de Menéndez Pelayo, desde el entorno de O’Donnell hasta la plaza de Mariano de Cavia. Aquella marcha reclamaba el fin de la persecución legal y la derogación de una legislación heredada del franquismo que había servido para señalar, castigar y humillar a homosexuales y personas trans. Aquel día no fue una fiesta de colores. Fue una afirmación de existencia en una ciudad que todavía arrastraba miedo.
Conviene recordar también que aquel recorrido no fue casual. La manifestación no pasó por el centro porque el Gobierno de la época quiso apartarla del corazón de Madrid. Como si la libertad molestara. Como si la dignidad tuviera que quedarse en los márgenes. Hoy, cuando algunos vuelven a decir que el Orgullo sobra en el centro, que incomoda o que debería celebrarse lejos de las calles principales, merece la pena recordar que esos discursos, por desgracia, no son nuevos.
Nada de lo que hoy celebramos cayó del cielo. Antes de las carrozas, antes de los escenarios y antes de que Madrid se presentara ante el mundo como capital de diversidad, hubo personas que caminaron con miedo. Personas que se jugaron el trabajo, la familia, la seguridad y la vida pública por decir algo tan elemental como esto: estamos aquí, existimos y no vamos a pedir perdón por ser quienes somos.
Ese Madrid también es Madrid. No solo el de las postales, los hoteles llenos y los balances económicos positivos. También el Madrid de quienes se organizaron en la clandestinidad, repartieron octavillas y ocuparon las calles cuando la libertad no era todavía una palabra garantizada. El Madrid que lucha. El Madrid que empujó la democracia desde abajo, desde los cuerpos perseguidos, desde los barrios, desde las asociaciones y desde los márgenes.
Por eso la memoria del Orgullo no es un ejercicio de nostalgia. Es una herramienta política para entender el presente. Porque la LGTBIfobia no pertenece al pasado. Sigue estando en la calle, en el trabajo, en las aulas, en las redes, en las familias y también en las instituciones. Más de la mitad de las personas LGTBI+ en España han sufrido una situación de odio en el último año. Casi tres de cada cuatro personas dicen haber presenciado insultos contra personas LGTBIQ+. En la Comunidad de Madrid, el Observatorio Madrileño contra la LGTBIfobia documentó 239 incidentes en 2024, de los cuales 163 se produjeron en Madrid capital. Son cifras que deberían impedir cualquier tentación de convertir el Orgullo en una postal cómoda y despolitizada.
También lo hemos visto estos días. El Congreso ha dado un paso importante al aprobar que las llamadas terapias de conversión sean castigadas penalmente, porque no son terapias: son violencia, humillación y negación de la dignidad. Pero incluso ante algo tan básico como proteger a las personas LGTBIQ+ de prácticas que buscan corregirlas o anularlas, Vox votó en contra y el PP se abstuvo. Y lo hemos visto también en Córdoba, con insultos y saludos nazis al paso de una marcha del Orgullo. No son anécdotas aisladas. Son síntomas de una reacción que quiere disputar derechos, recortar memoria y empujar de nuevo a muchas personas al silencio.
Por eso el Ayuntamiento de Madrid debería colocar una placa conmemorativa en algún punto de aquel recorrido, preferiblemente en el entorno de O’Donnell y Menéndez Pelayo, para recordar la primera manifestación del Orgullo LGTBIQ+ en la capital. Sería un gesto sencillo, barato y profundamente justo. Madrid ya cuenta con placas que recuerdan hechos, personas y lugares relevantes de su historia. La ciudad dispone del instrumento. Falta voluntad política para reconocer esta memoria concreta.
Una placa no sustituye a las políticas públicas. No combate por sí sola los delitos de odio, ni frena los discursos reaccionarios, ni garantiza derechos trans, ni protege a quienes siguen sufriendo discriminación en el trabajo, en el instituto, en el centro de salud o en su propia casa. Pero los símbolos importan. Importan porque dicen quién merece ser recordado y quién queda fuera del relato oficial de la ciudad.
Madrid está llena de placas que nos recuerdan dónde vivieron escritores, músicos, políticos, artistas o personajes ilustres. Está bien que sea así. Pero también hace falta recordar dónde se conquistaron derechos. Dónde se abrió camino la libertad. Dónde una parte de la ciudadanía, durante demasiado tiempo señalada como peligrosa, decidió ponerse en pie y ocupar el espacio público.
Madrid no necesita elegir entre celebrar el Orgullo y recordar su origen. Al contrario: celebrarlo de verdad exige recordar de dónde viene. Porque cuando la memoria se borra, los derechos parecen regalos. Y no lo fueron. Fueron conquistas. Fueron lucha. Fueron organización, valentía y desobediencia frente a una legalidad injusta.
Pero la memoria del Orgullo no puede quedarse en una placa, ni en una programación institucional, ni en una foto cada mes de junio. Tiene que estar en la calle. En los orgullos periféricos, donde la visibilidad también se pelea barrio a barrio. En el Orgullo Crítico, que recuerda que no hay diversidad real sin derechos, sin vivienda, sin trabajo digno y sin vidas libres de violencia. Y en la gran manifestación del 4 de julio, donde Madrid volverá a llenarse de dignidad frente a quienes quisieran una ciudad más oscura y menos diversa.
Otro año más, ni Almeida ni Ayuso parecen dispuestos a preguntarse qué significa estar ahí. Casi mejor. Porque nuestra lucha es también contra sus trabas, contra sus silencios y contra sus pactos con quienes quieren recortar derechos y devolvernos al armario.
El Orgullo no es una postal amable para vender ciudad. Es memoria, resistencia y futuro. Es recordar a quienes abrieron camino, pero también comprometerse con quienes hoy siguen sufriendo odio, discriminación y violencia.
Por eso estaremos en las calles. Porque frente a la homofobia hace falta más visibilidad. Frente a la ultraderecha, más derechos. Y frente a quienes quieren esconder nuestras vidas, más Orgullo.