Los alumnos de tercero y cuarto de Primaria de varios centros de distintos distritos de Madrid están incorporando a través del juego conceptos como macronutrientes, grasas saludables o frecuencia de consumo. Lo hacen en los talleres 'Nutrición y salud, asignatura pendiente', un programa impulsado por Salud Ambiental en la Escuela, que busca fomentar los hábitos saludables desde edades tempranas.
Durante los meses de marzo y abril hasta mayo, la iniciativa va a llegar a cerca de una veintena de centros públicos y concertados repartidos en distritos como Carabanchel, Usera o Puente de Vallecas con más de 50 talleres en los que ya han participado alrededor de 1.200 alumnos. El objetivo, que los niños no solo sepan qué es una alimentación equilibrada, sino que sean capaces de incorporarla en su día a día.
La selección de los centros no es casual. “Se está viendo que hay una clara correlación entre la obesidad infantil y hábitos menos saludables en las familias con menos recursos”, explica Nuria Millán, coordinadora del programa y educadora. “Por eso el programa se centra en los distritos con mayores índices de vulnerabilidad”, añade.
Lejos de tratarse de una clase teórica, los talleres arrancan con unas preguntas sencillas que invitan a la reflexión de los alumnos: ¿Por qué comemos? ¿Qué necesita el cuerpo para funcionar? ¿A dónde va nuestra energía? A partir de ahí, los niños comienzan a construir su propio criterio.
Uno de los primeros retos es identificar qué nutrientes hay en los alimentos. “Saben lo que son las proteínas o los hidratos de carbono, pero no saben en qué alimentos se encuentran”, explica Millán.
Para ello, los educadores implementan la gamificación en el proceso: convierten la lección en un juego de clasificación. En ese momento, muchos de los niños caen en un error muy extendido, la creencia de que todas las grasas son perjudiciales, nada más lejos de la realidad. “Muchos creen que son malas, pero hay grasas saludables que tienen que incluir en su dieta”, señala la educadora.
A raíz de lo aprendido, deben dibujar su propio plato saludable basado en las siguientes máximas: mitad de verduras y frutas, un cuarto de proteínas y otro de cereales integrales. Y siempre agua, por supuesto, nada de refrescos o procesados.
La dinámica finaliza con el llamado “semáforo alimentario”, una idea gráfica y muy efectiva: verde para lo que se puede comer a diario, amarillo para lo semanal y rojo para lo ocasional.
Ahí aterrizan las ideas que los niños ya intuyen por su bagaje personal, aunque no siempre aplican. Porque, como reconoce la propia educadora, el problema no es fundamentalmente de conocimiento, sino de llevar la teoría a la práctica. Aunque el verdadero reto no está fundamentalmente en los niños, ya que su alimentación no solo depende de ellos, también de sus familias. Para las que factores como el tiempo o el dinero son determinantes en la dieta de sus hijos. “Muchas familias llegan a casa cansadas y no tienen tiempo de preparar comidas elaboradas ni de pelearse con sus hijos para que se tomen una manzana”, comenta la educadora.
“La presión social y la publicidad influyen mucho. Es un problema global”
Aunque el problema también tiene una dimensión social: “La presión social y la publicidad influyen mucho. Es un problema global”. En el recreo espera el verdadero reto: bollos, zumos industriales o bolsas de patatas fritas siguen siendo los habituales entre las mochilas de los chicos. Por eso, una parte del taller consiste en analizar qué han traído ese día y proponer otras alternativas como una pieza de fruta, frutos secos o un bocadillo. “Si se llevan un bollo menos al cole, ya es un cambio”, resume Millán.
El taller entra en las aulas, aunque el objetivo es que salga de ellas. “Queremos que los niños actúen como transmisores en sus casas, porque no son ellos los que hacen la compra”, explica.
Para ello, los chicos se llevan materiales pensados para el hogar, como los dibujos o guías con ideas para desayunos y almuerzos. Pequeños recordatorios que pueden acabar en la puerta de la nevera, con todo el poder de persuasión que ello supone.
La reciente entrada en vigor del Real Decreto de comedores escolares, impulsado por el Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, está marcando un punto de inflexión en la alimentación en España.
La norma, que ha comenzado a aplicarse el mes pasado, convierte en obligatorios criterios que hasta ahora eran tan solo recomendaciones, con el objetivo de garantizar una alimentación saludable y sostenible para todo el alumnado. ,El decreto responde a un problema ya instalado: el exceso de peso afecta a más de un tercio de los niños de entre 6 y 9 años, con una especial incidencia en entornos socioeconómicos vulnerables, reduciendo así las desigualdades entre niños con diferentes niveles de renta.
“Es un acierto total. Los niños ahora tendrán acceso a una comida equilibrada, al menos en el colegio”, valora Nuria Millán. De hecho, el taller también funciona como asimilación previa a los nuevos menús a los que deberán acostumbrarse los escolares.
Entre las principales medidas que introduce el decreto, está la planificación más estricta, con frecuencias obligatorias de consumo de alimentos determinados. También limita el uso de fritos y ultraprocesados, mientras refuerza la presencia de frutas, verduras, legumbres y productos de temporada.
En un entorno donde las decisiones alimentarias están condicionadas por múltiples factores, la escuela y el taller 'Nutrición y salud, asignatura pendiente' se convierten en la siembra de cambios a pequeña escala, aunque con vocación vital: que cuando esos niños miren el plato que van a comer, lo observen con otros ojos.