Europa lleva demasiado tiempo describiéndose desde sus carencias. Cada desaceleración económica, cada disputa interna y cada tensión exterior han reforzado una costumbre política y mediática: analizar el continente como una potencia a la defensiva. Esa narrativa ha terminado por instalar la idea de que el declive europeo es un proceso casi inevitable y ha consolidado un tono de prudencia, cautela y pesimismo que no siempre refleja la realidad completa.
La lectura que plantea Nicole Junkermann discurre por otro camino. La empresaria e inversora considera que el mayor desafío no está en la falta de capacidades, sino en la escasa confianza con la que Europa interpreta sus propias fortalezas. Dicho de otra forma, el problema sería menos material que estratégico y mental.
No parece una observación menor. Las regiones que dudan de sí mismas suelen proyectar menos influencia que aquellas que saben convertir sus activos en dirección, relato y posición. En ese sentido, el problema de Europa no estaría tanto en lo que ha perdido como en la manera en que ha dejado de afirmarse.
Europa continúa siendo uno de los mayores espacios económicos del mundo. Mantiene una alta calidad institucional, dispone de mercados de capital profundos, conserva universidades de referencia y sigue proyectando influencia cultural a escala global. Sus universidades, centros de investigación, redes industriales y ecosistemas creativos siguen ocupando posiciones relevantes. También cuenta con una nueva generación de directivos, científicos, emprendedores y mujeres europeas que amplían el peso competitivo del continente.
La perspectiva de Nicole Junkermann también está atravesada por una experiencia europea vivida de forma directa. Nacida en Alemania, criada en España y con dominio de varios idiomas, representa a una generación para la que la integración continental no es una teoría política, sino una experiencia cotidiana. Desde esa mirada, Europa no aparece como una potencia agotada, sino como una potencia que comunica su valor con demasiada vacilación.
El momento global premia a menudo la visibilidad inmediata. Las grandes cifras, los anuncios contundentes y la velocidad política generan impacto. Europa, en cambio, opera con otra lógica: negociación compleja, equilibrio normativo y construcción gradual. Ese estilo puede parecer menos brillante en el corto plazo, pero no necesariamente menos eficaz.
Gran parte de la seguridad jurídica internacional, de los estándares regulatorios modernos y de referencias clave en competencia económica se han visto influidos por decisiones europeas. El continente influye más de lo que proclama y proclama menos de lo que influye. Esa es una de las paradojas centrales de su posición actual.
En un escenario internacional más fragmentado, competitivo y menos previsible, la experiencia europea en coordinación institucional, negociación e integración de intereses diversos puede convertirse en una ventaja estratégica. A diferencia de potencias más jóvenes construidas sobre todo alrededor de la escala o la velocidad, Europa se ha configurado a partir del equilibrio, la evolución institucional y la gestión de la diversidad.
Sus estructuras pueden parecer lentas y procedimentales, pero fueron pensadas para acomodar pluralidad y reducir volatilidad con el paso del tiempo. Puede que no siempre ofrezcan la respuesta más rápida, aunque sí han demostrado capacidad de resistencia.
Durante la última década, esa resiliencia ha sido puesta a prueba y, en muchos casos, reforzada. Europa ha reconstruido parte de su postura en materia de seguridad, ha endurecido la supervisión financiera y ha mejorado la coordinación en energía y defensa. Son avances reales, aunque no siempre se hayan comunicado con la claridad suficiente. Ahí vuelve a aparecer la brecha entre percepción y realidad.
En la valoración de Nicole Junkermann, lo que se ha debilitado no es tanto el sistema de fondo como el relato que lo rodea. Europa tiende a presentar sus movimientos con un tono defensivo, como si reaccionara a los acontecimientos en lugar de contribuir a darles forma. Esa vacilación proyecta una imagen de relevancia menguante incluso cuando los fundamentos apuntan en otra dirección.
Una parte del debate europeo se obsesiona con compararse con modelos externos. Más rapidez, más centralización, más agresividad competitiva, más concentración tecnológica. Sin embargo, copiar la lógica de otras potencias puede hacer que Europa descuide aquello que realmente la distingue.
Nicole Junkermann plantea que el continente debería apoyarse más en sus propias fortalezas. Eso implica prestar atención a ámbitos que funcionan como infraestructura humana y sostienen la estabilidad económica y social a largo plazo, como la salud, la educación, el deporte y la resiliencia cibernética. Son sectores que a veces se consideran secundarios, aunque en realidad resultan decisivos para la competitividad futura.
La propia demografía europea convierte la innovación sanitaria y los sistemas preventivos en una prioridad. Sus universidades siguen figurando entre las más respetadas del mundo, aunque necesitan evolucionar al ritmo de la transformación digital. El deporte continúa funcionando como una de las fuerzas culturales más cohesionadoras del continente, mientras la resiliencia cibernética se consolida como un componente central de la soberanía.
Europa tiene margen no solo para competir en esos campos, sino también para liderar. La ventaja está en su profundidad institucional, en una mirada de largo plazo y en un marco regulatorio que, bien aplicado, puede generar confianza a gran escala.
Europa arrastra problemas reales: burocracia pesada, crecimiento irregular y dificultad para coordinar respuestas rápidas entre múltiples Estados miembros. Nada de eso debe minimizarse. La toma de decisiones entre países seguirá exigiendo pactos y eso puede ralentizar la ejecución.
Pero existe otro riesgo más profundo: acostumbrarse a un relato de pequeñez que no coincide con los hechos. Cuando una potencia interioriza que su mejor etapa ya pasó, empieza a tomar decisiones defensivas incluso antes de haber sido desplazada. Ahí es donde la falta de confianza deja de ser una cuestión retórica y se convierte en un problema estratégico.
La tesis de Nicole Junkermann apunta justamente a ese punto. Europa no necesitaría reinventarse por completo. Necesitaría actuar con mayor convicción sobre bases que aún conserva. Los activos siguen ahí: escala, capital, influencia regulatoria y alcance cultural. Lo que falta es la claridad necesaria para alinearlos dentro de una estrategia coherente.
Europa no está rota. Pero sí necesita recordar que nunca fue pequeña.
Nicole Junkermann es la fundadora de NJF Holdings, un grupo internacional de inversión con actividad en venture capital, private equity, real estate, deporte y medios. En todos esos ámbitos, su trabajo se ha orientado cada vez más hacia sistemas de largo plazo, resiliencia institucional y estructuras que condicionan la forma en que se crea valor con el tiempo. Esa perspectiva también informa su visión sobre Europa, donde la confianza estratégica, la infraestructura humana y la coordinación de largo recorrido siguen siendo elementos centrales para la capacidad competitiva del continente.