Educación

El poder de las emociones en el aula: el aprendizaje de Mateo

Alumnos en un aula del centro educativo. (Foto: Casvi International American School de Tres Cantos).

HISTORIAS QUE TRANSFORMAN

S.P.E | Jueves 11 de diciembre de 2025

Mateo, alumno de 9 años del colegio Casvi International American School de Tres Cantos, llegó al centro con una mezcla de curiosidad y timidez. Aunque era un niño inteligente y participativo, tenía una dificultad que le acompañaba desde Infantil: la incapacidad de gestionar bien la frustración. Una tarea difícil, un error en un ejercicio o un conflicto con un compañero podían desbordarlo con facilidad.

Su tutora recuerda aquellos primeros meses con claridad: “Se bloqueaba cuando algo no salía como esperaba. Sabía hacer muchas cosas, pero la emoción le ganaba”. Su rendimiento escolar no era malo, pero tampoco lograba mostrar todo su potencial. A menudo, su propio mundo emocional interfería en su capacidad de avanzar. Fue entonces cuando la educación emocional de Casvi empezó a marcar la diferencia.

“Son muchas, por no decir todas, las situaciones a lo largo de su etapa escolar en las que un estudiante va a emplear la inteligencia emocional como factor determinante en su desarrollo académico, social e intrapersonal”, explica Sonia Collado, orientadora del centro. “Poseer conocimiento de ella ayudará al alumnado en su autoconocimiento, en su toma de decisiones y en la gestión de relaciones interpersonales”.

Un camino lento pero firme

Casvi integra la inteligencia emocional en su día a día a través de herramientas tan variadas como eficaces: actividades de tutoría, juegos de rol, asambleas, diarios emocionales, carteles de emociones y el conocido 'rincón de la calma'. Todo ello permite que niños como Mateo desarrollen autoconciencia, empatía, autocontrol y habilidades sociales desde edades tempranas.

“Las clases son, en sí mismas, un espacio para el desarrollo emocional”, señala Collado. “Las emociones en el aula se manifiestan de diferentes formas. Y el profesorado refuerza la importancia de reconocer las emociones presentes en el grupo”. Ese acompañamiento docente -atento, pero sin invadir la autonomía del niño- se convirtió en un apoyo decisivo para Mateo.

Uno de los momentos clave fue cuando, tras una discusión durante un trabajo cooperativo, se le invitó a utilizar el 'rincón de la calma'. Allí encontró tarjetas de emociones y ejercicios de respiración. Aquella pequeña pausa le permitió observar su enfado sin ser arrastrado por él. Por primera vez, pudo decir: “Estoy frustrado y necesito unos minutos”. A partir de ese punto, las tutorías también jugaron un papel fundamental.

“En las tutorías es donde se trabaja en el desarrollo de procedimientos y acciones. A través de actividades y dinámicas se fomenta el desarrollo emocional”, explica la orientadora. Mateo aprendió a identificar lo que sentía antes de estallar; a anticipar sus reacciones; a expresarse con mayor asertividad. La transformación fue progresiva y constante.

Acompañamiento individual para crecer desde dentro

Alumnos participando en una actividad del centro
Casvi también ofrece apoyo intensivo a aquellos alumnos que presentan mayores dificultades. En el caso de Mateo, hubo varias sesiones individuales con su tutora, en las que pudo hablar sin miedo sobre lo que le ocurría.

“Con el alumnado que presenta mayores dificultades emocionales se trabaja de manera intensa mediante conversaciones individuales. Les ofrece un espacio seguro donde expresar sus emociones y pensamientos”, sostiene Collado.

Ese espacio seguro permitió a Mateo comprender, por fin, que sentir no era un problema; que podía gestionar sus emociones sin dejar que ellas decidieran por él.

Los docentes, además, están formados para detectar los bloqueos emocionales y actuar sin presionar al alumno. “Es importante destacar que, con este alumnado, el objetivo no es que se regulen en un breve periodo de tiempo, sino que presten atención a sus emociones y desarrollen estrategias de autorregulación”, añade Collado.

Mejor rendimiento y convivencia

Los efectos no tardaron en llegar. Mateo empezó a mejorar en áreas en las que antes se frustraba con facilidad. Su rendimiento académico se estabilizó, participaba más y su actitud frente al error cambió radicalmente. Ya no lo vivía como un fracaso, sino como parte de su aprendizaje.

“Se observa una mejora de la autorregulación individual y una mejora del clima grupal”, explica Collado sobre los beneficios del programa. Esto también se reflejó en su relación con los compañeros: más empatía, menos conflictos y una mayor capacidad para negociar y comprender al otro.

La inteligencia emocional no solo le ayudó a estudiar mejor; le ayudó a vivir mejor dentro del colegio. “En la convivencia, la inteligencia emocional es una herramienta clave. Es vital a la hora de prevenir conflictos”, recuerda la orientadora. Y en Mateo, esa herramienta fue transformadora.

Hoy, Mateo es un niño seguro, participativo y más consciente de lo que siente. Ha aprendido a detenerse, a reflexionar y a actuar desde la calma. Las emociones ya no son un obstáculo para él.

Casvi demuestra, a través de casos como el suyo, que la inteligencia emocional no es un añadido, sino un eje central del aprendizaje integral. Las aulas, el acompañamiento del profesorado, las dinámicas grupales y los espacios pensados para la regulación convierten la escuela en un lugar donde los estudiantes no solo aprenden contenidos: aprenden a conocerse. "La inteligencia emocional es parte del aprendizaje integral del alumnado”, resume Collado.

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