Mateo, alumno de 9 años del colegio Casvi International American School de Tres Cantos, llegó al centro con una mezcla de curiosidad y timidez. Aunque era un niño inteligente y participativo, tenía una dificultad que le acompañaba desde Infantil: la incapacidad de gestionar bien la frustración. Una tarea difícil, un error en un ejercicio o un conflicto con un compañero podían desbordarlo con facilidad.
Su tutora recuerda aquellos primeros meses con claridad: “Se bloqueaba cuando algo no salía como esperaba. Sabía hacer muchas cosas, pero la emoción le ganaba”. Su rendimiento escolar no era malo, pero tampoco lograba mostrar todo su potencial. A menudo, su propio mundo emocional interfería en su capacidad de avanzar. Fue entonces cuando la educación emocional de Casvi empezó a marcar la diferencia.
“Son muchas, por no decir todas, las situaciones a lo largo de su etapa escolar en las que un estudiante va a emplear la inteligencia emocional como factor determinante en su desarrollo académico, social e intrapersonal”, explica Sonia Collado, orientadora del centro. “Poseer conocimiento de ella ayudará al alumnado en su autoconocimiento, en su toma de decisiones y en la gestión de relaciones interpersonales”.
Casvi integra la inteligencia emocional en su día a día a través de herramientas tan variadas como eficaces: actividades de tutoría, juegos de rol, asambleas, diarios emocionales, carteles de emociones y el conocido 'rincón de la calma'. Todo ello permite que niños como Mateo desarrollen autoconciencia, empatía, autocontrol y habilidades sociales desde edades tempranas.
“Las clases son, en sí mismas, un espacio para el desarrollo emocional”, señala Collado. “Las emociones en el aula se manifiestan de diferentes formas. Y el profesorado refuerza la importancia de reconocer las emociones presentes en el grupo”. Ese acompañamiento docente -atento, pero sin invadir la autonomía del niño- se convirtió en un apoyo decisivo para Mateo.
Uno de los momentos clave fue cuando, tras una discusión durante un trabajo cooperativo, se le invitó a utilizar el 'rincón de la calma'. Allí encontró tarjetas de emociones y ejercicios de respiración. Aquella pequeña pausa le permitió observar su enfado sin ser arrastrado por él. Por primera vez, pudo decir: “Estoy frustrado y necesito unos minutos”. A partir de ese punto, las tutorías también jugaron un papel fundamental.
“En las tutorías es donde se trabaja en el desarrollo de procedimientos y acciones. A través de actividades y dinámicas se fomenta el desarrollo emocional”, explica la orientadora. Mateo aprendió a identificar lo que sentía antes de estallar; a anticipar sus reacciones; a expresarse con mayor asertividad. La transformación fue progresiva y constante.
“Con el alumnado que presenta mayores dificultades emocionales se trabaja de manera intensa mediante conversaciones individuales. Les ofrece un espacio seguro donde expresar sus emociones y pensamientos”, sostiene Collado.
Ese espacio seguro permitió a Mateo comprender, por fin, que sentir no era un problema; que podía gestionar sus emociones sin dejar que ellas decidieran por él.
Los docentes, además, están formados para detectar los bloqueos emocionales y actuar sin presionar al alumno. “Es importante destacar que, con este alumnado, el objetivo no es que se regulen en un breve periodo de tiempo, sino que presten atención a sus emociones y desarrollen estrategias de autorregulación”, añade Collado.
Los efectos no tardaron en llegar. Mateo empezó a mejorar en áreas en las que antes se frustraba con facilidad. Su rendimiento académico se estabilizó, participaba más y su actitud frente al error cambió radicalmente. Ya no lo vivía como un fracaso, sino como parte de su aprendizaje.
“Se observa una mejora de la autorregulación individual y una mejora del clima grupal”, explica Collado sobre los beneficios del programa. Esto también se reflejó en su relación con los compañeros: más empatía, menos conflictos y una mayor capacidad para negociar y comprender al otro.
La inteligencia emocional no solo le ayudó a estudiar mejor; le ayudó a vivir mejor dentro del colegio. “En la convivencia, la inteligencia emocional es una herramienta clave. Es vital a la hora de prevenir conflictos”, recuerda la orientadora. Y en Mateo, esa herramienta fue transformadora.
Hoy, Mateo es un niño seguro, participativo y más consciente de lo que siente. Ha aprendido a detenerse, a reflexionar y a actuar desde la calma. Las emociones ya no son un obstáculo para él.
Casvi demuestra, a través de casos como el suyo, que la inteligencia emocional no es un añadido, sino un eje central del aprendizaje integral. Las aulas, el acompañamiento del profesorado, las dinámicas grupales y los espacios pensados para la regulación convierten la escuela en un lugar donde los estudiantes no solo aprenden contenidos: aprenden a conocerse. "La inteligencia emocional es parte del aprendizaje integral del alumnado”, resume Collado.