Opinión

La sanidad no gana elecciones, pero puede ayudar a perderlas

Nino Olmeda | Jueves 09 de octubre de 2025

En una ocasión, hace meses, me encontré en los pasillos de la Asamblea de Madrid con la presidenta del Gobierno regional, Isabel Díaz Ayuso. Después de saludarnos con educación, me quejé de las listas de espera para ser atendido por mi doctora del Centro de Salud La Paz, en Rivas-Vaciamadrid: dos o tres semanas después de pedir la cita.

Me habló de la libertad de elección y dijo, sin cortarse un pelo, que podía optar por ser recibido en otro Centro de Salud sin tanta presión asistencial. Me callé por educación y pensé en acudir al de Torrelaguna, donde vive mi querido amigo Miguel, exalcalde de esta localidad y muy buena persona. Descarté esa opción porque está a 50 kilómetros de Rivas, mi pueblo, y porque creo que la cercanía es lo mejor para ser atendido de cualquier malestar.

Tiempo después sufrí una tendinosis en el hombro derecho y tardé casi un año en ser recibido. La lesión mejoró gracias al buen trabajo de la fisioterapeuta del Centro de Salud, una de las dos que existen en una localidad de cien mil habitantes. Cuando acudí al Servicio de Traumatología del Hospital del Sureste (Arganda), mi centro hospitalario de referencia, la tendinosis ya estaba curada, pero la doctora detectó una hipoestesia en la mano izquierda y me envió al servicio de Neurología. Gracias a una recomendación fui citado, en vez de doce meses después, inmediatamente. Resulta que el diagnóstico resultó ser síndrome del túnel carpiano. Me volvió a recibir la traumatóloga. Me aconsejó utilizar una ‘férula en extensión nocturna’ y volver a revisión en tres o seis meses. Esto pasó en julio de 2025. Pedí nueva cita y fui convocado en mayo de 2026. El paciente, yo, tiene problemas de movilidad y deambula con muletas.

Un día sí y otro también pienso en las razones de Ayuso para dedicar más tiempo a ser la lideresa antisanchista y a criticar a los que nos manifestamos contra el genocidio en Gaza y apoyamos al pueblo palestino que en mejorar la situación de la sanidad pública, las largas listas de espera en Atención Primaria y la precariedad de los profesionales sanitarios.

Me pregunté por qué la inacción o la gestión insuficiente de problemas crónicos como las listas de espera no genera una pérdida de votos tan inmediata como un error grave, permitiendo la derivación a la privada como una solución política temporal.

Mi duda es si la derivación a la privada realmente alivia la presión o si simplemente crea una doble vía de acceso que profundiza la desigualdad.

La falta de un "castigo" electoral directo y proporcional al deterioro de la sanidad pública se debe a una combinación de factores complejos que diluyen la relación directa entre un problema específico y el voto.

Entre los factores que diluyen el castigo electoral por el deterioro sanitario está el hecho de considerar la sanidad como un derecho asumido. En España, la sanidad pública universal es un derecho fundamental y una expectativa básica. Cuando funciona, se da por sentado; cuando falla, la frustración es alta, pero no siempre se traduce en voto castigo.

Además, el deterioro de la sanidad (listas de espera, falta de personal) rara vez se atribuye a una única decisión del gobierno actual; a menudo se culpa a herencias anteriores, a la pandemia o a la falta de financiación estatal. Es difícil para el votante aislar la causa directa.

El castigo electoral se produce cuando el deterioro cruza un umbral de crisis percibida que afecta directamente a una gran parte del electorado (colapso en urgencias o pérdida de un ser querido por demora). En resumen, el deterioro de la sanidad pública rara vez es el único factor decisivo, pero actúa como un multiplicador de descontento que, combinado con otros factores económicos o ideológicos, puede inclinar la balanza en elecciones muy ajustadas.

El PP lleva 30 años al frente de la Comunidad de Madrid y este partido es responsable de lo malo y bueno hecho durante estos años. En materia sanitaria, las cosas han ido mal progresivamente. Desde que está al frente de la gobernabilidad regional Ayuso, el deterioro es notable y parece no importarle mucho porque su misión principal es confrontar con el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez.

Considera que este ‘hijo de puta’, según la chica del ‘me gusta la fruta’, está rompiendo España, que se ha convertido, a su juicio, en una dictadura (¡qué sabrá ella de dictaduras como la de Franco!).

Cuando llegó Alberto Ruiz Gallardón a la Presidencia de la Comunidad de Madrid pensó en distintas materias de cara al futuro, entre ellas, la sanidad pública. Dicen los que estaban cerca de él que hizo una interesante reflexión: la sanidad no gana elecciones, pero puede ayudar a perderlas.

Ya avisó entonces de la necesidad de tener mucho cuidado con deteriorar mucho la sanidad pública. Nadie tuvo en cuenta su reflexión. Con la llegada de Esperanza Aguirre, amante de lo privado, llegó la fiebre constructora. Levantó una docena de hospitales (muchos de ellos de gestión privada: Quirón de mis amores) necesitados de médicos y demás personal sanitario para funcionar en condiciones decentes. Primó el ladrillo. Los nuevos hospitales gestionados por empresas privadas provocaron el abandono paulatino de la Atención Primaria, al no ser reforzados los Centros de Salud -en Rivas, con más de 100.000 habitantes, hay tres y ahora anuncia Ayuso que las obras del cuarto, comprometido en 2019, empezarán en 2027-.

Se produjo una descompensación entre la Atención Primaria y la Hospitalaria. Y hemos llegado donde hemos llegado, esperando con paciencia la cita médica hasta la llegada de Quirón para rescatarnos de la pública congestionada. Conmigo que no cuenten para abandonar la sanidad pública, de la que no desertaré para caer en brazos de la privada, cuyos amigos en la pública deterioran lo que hay para favorecer lo que viene. No quiero Quirón. Ni que los presupuestos regionales se vayan fuera de la sanidad pública. Si hacemos de la sanidad pública una necesidad, obligaremos a Ayuso a mejorar la Atención Primaria y el trato a los sanitarios. Si no lo hace, intentaremos que la sanidad cuente a la hora de votar y elegir a los que nos cuidan y nos respetan en vez de favorecer a amigos, íntimos o no, del negocio privado. Falta humanidad. Falta sensibilidad social. Faltan muchos más fondos para invertir en la Sanidad Pública.

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