Seguro que te habrás hecho esta pregunta más de una vez, sobre todo si tú o alguien de tu alrededor ha decidido dejar de fumar y ha encontrado en el vapeo una especie de “plan B”. Es fácil caer en la tentación de buscar respuestas rápidas: ¿Es bueno? ¿Es malo? ¿Y si no lleva nicotina, entonces es inofensivo?
Pero ya sabes cómo es esto de la salud: pocas veces las respuestas nos llevan a los extremos, ya que no todo es blanco o negro, siempre hay un bonito color gris en el centro. Así que, este tema no es la excepción. Hoy vamos a sumergirnos en el mundo del vapeo, pero no para juzgar, sino para entender. Porque cuando se trata de elegir, cuanto más sepamos, mejor.
Lo mejor es poner siempre las cartas sobre la mesa: vapear no es exactamente lo mismo que fumar. ¿Por qué? Porque no hay alquitrán ni tampoco la larga lista de sustancias químicas peligrosas que lleva un solo cigarro tradicional. De manera que todo ello se reduce, y bastante, al hablar de un vapeador. Esto también aplica a los vapers sin nicotina desechables, que cada vez ganan más popularidad entre quienes quieren dejar el tabaco, pero sin optar por un dispositivo recargable.
Hay que mencionar que el cigarrillo clásico quema tabaco. Eso hace que se liberen más de 7.000 sustancias, muchas de ellas tóxicas y unas 70 directamente relacionadas con graves enfermedades. Los cigarrillos electrónicos, por su parte, calientan un líquido (el famoso e-líquido o e-juice) que genera un vapor que se inhala. Ese líquido puede contener nicotina, además de saborizantes y otras sustancias, pero sin que nada se queme. Por eso, para muchas personas el vapeo es una alternativa menos perjudicial. Sin embargo, esto no quiere decir que vapear sea totalmente inocuo. Es un error pensar que, solo por el hecho de que no haya humo, automáticamente es seguro. Tendremos también un grado de exposición, menor, eso sí. En resumen, se trata de una alternativa que reduce daños pero no los elimina por completo.
La gran protagonista en estos casos es siempre la nicotina. Porque ella es la responsable de la adicción, la que te hace volver una y otra vez al cigarrillo (o al vapeador). Pero ojo: por sí sola, no es lo que más daño hace al cuerpo. ¿Por qué? Porque su papel es más silencioso, pero muy potente: engancha. Es por ello que muchos cigarrillos electrónicos contienen nicotina, para satisfacer esa necesidad de quien quiere dejar de fumar sin sufrir el síndrome de abstinencia. De hecho, se puede ver como una forma intermedia mejor que seguir fumando, aunque lógicamente, no a largo plazo. De todo esto podemos deducir que, si también quitas la nicotina te queda un producto mucho más seguro que fumar aunque no al 100%. Ya que los líquidos sin nicotina pueden seguir conteniendo otras sustancias que no son precisamente agua y vapor. Estamos hablando de propilenglicol y glicerina vegetal (que forman la base del líquido), además de saborizantes que, aunque están aprobados para el consumo oral, no siempre se han estudiado a fondo para ser inhalados. Aunque se han encontrado partículas ultrafinas, metales pesados como plomo, o compuestos orgánicos volátiles en el vapor, son concentraciones mucho más bajas que el humo del tabaco, sí.
Aquí entramos en un terreno más personal y pantanoso donde los haya. Porque la respuesta no es la misma para todo el mundo: depende mucho de dónde partes y hacia dónde quieres ir.
Hay quienes comienzan a vapear en entornos donde otros lo hacen, por simple curiosidad o por moda, y acaban repitiendo el hábito. Con el tiempo, eso puede convertirse en algo diario. Aunque no se esté hablando de nicotina ni de tabaco, el cuerpo se acostumbra a la rutina de “tener algo en la mano” o “dar una calada” cuando hay ansiedad o aburrimiento.
Las investigaciones más recientes van dejando claro algo importante: vapear es significativamente menos perjudicial que fumar tabaco. No es lo mismo inhalar el humo de una combustión que un vapor sin alquitrán ni amoníaco. En países como Reino Unido, el vapeo incluso se ha promovido como una herramienta para dejar de fumar, bajo una regulación estricta sobre la calidad de los dispositivos y los líquidos. Allí, el sistema de salud pública ha apostado por ofrecer alternativas más seguras para quienes no consiguen dejar el cigarro de golpe.
Vapear ha llegado para quedarse, y para muchos, representa una alternativa más agradable que el cigarrillo tradicional. No genera cenizas, ni olor persistente, ni las mismas sustancias tóxicas que un cigarro convencional. Por eso, si estás dejando de fumar, vapear puede ser un aliado y si no fumas… mejor sigue sin hacerlo. ¡No le des un trabajo extra a tus pulmones!
En resumen: ni héroe, ni villano. El vapeo, con o sin nicotina, no es el enemigo, pero tampoco es tu mejor amigo. Es simplemente una herramienta más en el camino hacia una vida sin humo. Y como toda herramienta, lo importante es saber cuándo usarla, cómo usarla y, sobre todo, cuándo dejar de necesitarla.