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El Atlético no puede contra el destino

El Real Madrid se lleva el 'Euroderbi' (Foto: Real Madrid).

CHAMPIONS LEAGUE - ATM 1(2) - 0 (4) RMA

Hugo García Reina | Jueves 13 de marzo de 2025

Ni en el sueño más húmedo de Simeone empezaba tan bien el partido para el Atlético. No habían pasado 30 segundos cuando el Metropolitano cantó el 1-0. Lo metió el cambio “defensivo” que había introducido el Cholo para la vuelta, Gallagher (en lugar de Lino). Empanada del Real Madrid y sucesión de infortunios, pero, todo hay que decirlo, los rojiblancos atacaron el área con el ímpetu de las hordas de Atila.

Con la eliminatoria empatada, el Atlético encontró la comodidad en el repliegue y contraataque, y el Real, aunque acaparó la posesión, tardó 80 minutos en saber qué hacer con el balón. Rüdiger inseguro, Modric incómodo, Bellingham impreciso… Y los tres mosqueteros, por ahí. No hace falta repetir a estas alturas que los motivos por los que el Madrid se clasificó a cuartos van más allá del fútbol (astrales, divinos…) y que, al contrario, el Atleti en Europa parece condenado a chocar contra el destino, más aún cuando se enfrenta a su eterno rival.

La rocambolesca tanda de penaltis fue una prueba más, el colmo de la mala suerte. Pero hay que decir que este Atlético, lanzado (¡parecía que esta vez sí que sí!) perdonó la vida a un Madrid que ha sido muy mediocre durante 180 minutos. La sensación es que el Cholo nunca llegó a oler la sangre, y lo demostró en el post-partido, demasiado satisfecho con haber “hecho sufrir” al rival. Aunque, quién sabe, quizás no sea cobardía, sino la clarividencia espiritual del que sabe que no hay manera de luchar contra los designios de Dios.

Como decíamos, el Madrid se hizo con una posesión tonta, estéril y predecible que el Atlético defendió cómodamente. Sin alturas (todos vienen, nadie va) ni sorpresa. Lo más reseñable, una mano “natural” (100 por cien carne y hueso, bromeó La Galerna) de Giuliano dentro del área, y un tirito manso (el único de la primera parte) de Rodrygo a la salida de un córner.

En el otro frente, Julián se las apañaba para hacer trabajar a Courtois cada vez que tocaba bola. Con un peligro soportable, el Atlético se acercó a puerta más que los visitantes y no empezó a sentir la amenaza hasta que Bellingham se encontró y Camavinga saltó al verde. Mbappé estuvo 70 minutos escondido, pero le sobró un balón con espacio para estar a punto de cambiar la eliminatoria. Se lanzó contra Giménez y Lenglet a 40 metros de la portería y, llegando al área, trazó un uno-dos en forma de rayo que seguramente habría acabado en gol de no ser por el placaje que le hizo su compatriota. El penalti lo tiró Vinicius a las nubes, azuzando de forma macabra las ilusiones colchoneras. “¡Esta vez sí que sí!”, pensaba Sísifo cada vez que se acercaba a la cima de la colina.

La entrada de Lucas y Fran (más dobladores que sus predecesores) desembotó el ataque del Madrid, empresa a la que contribuyó también Brahim. El tramo final del partido, como la media hora de prórroga, fue un monólogo de los blancos, que a falta de la brillantez de otros días supo invocar el espíritu Champions. Lo que no quita que Correa estuvo a punto de sentenciar en el 90’, y casi asiste a Sorloth nada más empezar el tiempo extra, después de domar un impresionante pase de volea de Oblak. El partido se rompió y empezaron a sucederse los lances límite (puerta grande o enfermería) de los Camavinga, Asencio, Barrios, Reinildo y compañía. Disfrutaron los neutrales tanto como sufrieron los forofos.

Y así, con el aspaventero Cholo pidiendo el final en la banda, el colegiado Marciniak mandó el partido a penaltis. Sudores fríos innecesarios para este teatrillo (¡una tragedia!) cuyo final escribió, hace mucho tiempo, el que diseñó las leyes del universo. ¿Quién si no iba a permitirse un guion tan inverosímil?: El VAR anuló el penalti de Julían porque, al resbalarse, tocó el balón (ligerísimamente) con el pie de apoyo; el impávido Lucas falló para mantener viva la llama; y Llorente, canterano blanco (como Juanfran en Milán), se estrelló con el poste (como Juanfrán en Milán). El loco Rüdiger metió el decisivo de churro y recreó su sprint de avestruz. Da igual las veces que veas la película, el Titanic se hunde.

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