Opinión

Cartas no enviadas

Lidia López García | Lunes 06 de enero de 2025

Este año, mi madre por Navidad, me sorprendió leyéndome una de mis cartas no enviadas: "Me gustaría que me trajeseis el centro médico de Nancy, y una mochila con carro. Espero que me lo traigáis. Besos, Lidia. Para Melchor, Gaspar y Baltasar. La mochila, azul marino".

Y ese año, no me trajeron el centro médico porque cambié de opinión y tuve un Nenuco. Cómo no cambiar la carta y olvidar la canción del anuncio publicitario de aquellas Navidades que decía así: ‘’ Lo que ahora vas a ver es difícil de creer: un carrito que es bañera, una bañera que es mochila, una mochila que es carrito. ¡Qué bonito! ¿Lo repito? Imposible olvidar también que el Nenuco, hacía pompas con la boca.

Pero sus majestades que lo ven todo, aunque no recibieran la carta, no se olvidaron del primero y con los años, he terminado caminando por los pasillos de un hospital. No es rosa, pero por aquello de estar en el Servicio de Cardiología, cuidamos corazones.

A principios de diciembre, creamos un buzón de deseos. Puede, que haciendo esto, hayamos estado “a un gramo de azúcar de garrapiñarnos”. Pero me encanta ver cómo alguien sale de su habitación, y con las dosis perfectas de timidez y decisión escriben y echan sus “ojalá”. Van con decisión, porque tienen la certeza de que esas cartas no llegarán a destino y no pasará nada. Y sí, y no. Creo que pasa, que cuando uno se sienta y escribe algo dirigido a alguien, probablemente se diga mucho más así mismo que al propio destinatario. Y hace, que de alguna manera aquello que deseamos porque todavía no existe, se vuelva un poquito más real.

Mientras abro cada una de ellas en esta noche del 5 de enero, pienso en esas cartas que permanecen en los cajones de las casas, aun sin enviar. En especial, esas que estuvieron a punto de cambiarlo todo, pero que no se enviaron por miedo de nuevo a que pasara algo. Pienso en esas, que no fueron echadas en el buzón a tiempo. Y menos mal. Pienso en las que llegaron, en las escritas, como única forma de comunicación con alguien. Las que recogen las lágrimas, los besos y las noticias importantes. Las que arrancaron una sonrisa, y las que recogían todo lo que uno llevaba dentro.

No debía de ser tarea sencilla esto de lanzar todo esto por la ranura del buzón. La incertidumbre, me imagino que estaría presente junto con la prisa por saber si había llegado a destino. Curioso es, que la sala donde se clasificaba el correo en Madrid, la llegaran a llamar ‘’Sala de Batalla’’. Está bien por todo ello, que hayan creado esto de la mensajería instantánea, que conserva a veces los mismos nervios que los que producirían el abrir una carta, pero con tics azules.

Sin tener ninguna certeza, pero tampoco dudas, sus majestades lo ven todo, aunque no reciban carta. Pero por si acaso; con cartas, sin ellas. Con móvil o tinta y papel: que no se nos quede nada por decir, nada que intentar. Al fin y al cabo, por eso se inventó lo de tachar. Para seguir a continuación, para volver a escribir.