Desengañémonos. Esta será una temporada dura para el Real Madrid. Es cierto que a estas alturas, de ganar en Mestalla el partido aplazado, el equipo estaría segundo en Liga y a un solo punto del Barcelona. Pero, aunque no insignificante, esta es una circunstancia engañosa si se quiere analizar la situación actual del Real Madrid.
Basta echar un vistazo a lo sucedido en cada uno de los partidos exigentes a los que ha hecho frente esta temporada. Seis puntos de dieciocho posibles en Champions y, con toda probabilidad, condenado al playoff aún ganando las tres jornadas que quedan. Impotente ante el Liverpool. Humillado por el Barça en el Bernabéu, e incapaz de nada más que un empate en el Metropolitano. A falta de buen juego, ni siquiera ha sido capaz de apelar al espíritu excepto en aquella remontada frente al Dortmund. Y anoche en San Mamés, el equipo fue un fantasma. Una sombra brumosa, pesada, incapaz de ninguna propuesta consistente.
A todo ello hay que sumarle el drama. El Drama, mejor dicho. Contó Mathias Pogba hace unos años que su hermano (Paul) pagó cuatro millones de euros a un morabito para frenar a Mbappé. El propio mago tuvo que insistir a Pogba en no pasarse con el tema ante el riesgo de destruir la carrera de Kylian. Frente al Athletic, Mbappé volvió a fallar el penalti. Fue su bloqueo mental el que le hizo fallarlo, y es el fallo el que afianza y agrava su bloqueo mental. Está a una hamburguesa de convertirse en Hazard. ¡Qué crueldad del destino! Tanto tiempo esperando a que llegara, tanto tiempo deseando venir al equipo de sus sueños. Él mismo sabe que no llegó libre de pecado, pero ni el más severo de los dioses le habría preparado este purgatorio.
Aquí no cabe la demagogia. Hace falta estar ciego para no ver la nube que se cierne sobre su frente y sólo un desalmado puede no dolerse ante su sufrimiento. “Asumo toda la responsabilidad –declaró en redes sociales tras el partido–. Es un momento difícil, pero es el mejor momento para cambiar esta situación y demostrar quién soy”. Más allá de la empatía, mientras forme parte de la plantilla, el Madrid no podrá arreglarse del todo hasta que Mbappé no supere su depresión futbolística. Al aficionado sólo le queda rezar.
Marcar el penalti (inapelable, Aguirrezabala arrolló a Rüdiger justo después de que este rematara) habría igualado el marcador, tras el gol local de Berenguer (52’). Courtois no supo despejar un centro envenenado de Iñaki Williams desde la izquierda y el ‘7’ del Athletic empujó un balón que se quedó medio muerto en el área chica.
Lo cierto es que el Madrid no había hecho apenas nada en todo un partido en el que, de nuevo, resulta difícil no juzgar las decisiones de Ancelotti. En las últimas jornadas, el equipo había encontrado una relativa comodidad en el 4-3-3 fluctuante con un Ceballos de pivote que arrojó luz sobre un centro del campo que Tchouameni nunca fue capaz de iluminar. Pero tan pronto como el francés regresó de la lesión, Carletto le devolvió al once. Sigue falto de precisión y no transmite nada de movilidad y fluidez. Sobre todo en comparación con el de Utrera que, sin brillar en exceso, fue de lo poco rescatable. Ajeno a ello, fue el primero al que Ancelotti decidió purgar.
Entró Brahim y más tarde, Modric y Mendy. Más tarde aún (demasiado), lo hicieron Güler y Endrick.
Los pitos en el Bernabéu y los goles en contra fuera de casa son lo único que espolean algo el habitual letargo del Madrid. Poco después del penalti, Mbappé probó suerte (esto suena casi provocador) desde fuera del área con un disparo potente y Bellingham –que ya ha recuperado su mejor versión– cazó el rechace ante el pasmo de los defensas (77’). Además de su juego, el inglés ha reavivado su olfato, el instinto goleador con el que tanto sumó la temporada pasada.
El Madrid robó la pelota nada más sacar de centro el Athletic y hubo un momento de empuje en el que a los leones les empezaron a temblar las piernas. Durante dos minutos, San Mamés enmudeció. El gol parecía inminente y la remontada, inevitable. Entonces, cuando el Athletic estaba condenado a muerte, la pifió estrepitosamente el más fiable de todos. Valverde tiró un caño que no pasó sin tener la espalda cubierta y Guruzeta se plantó frente a Courtois. Esta vez, el meta no pudo obrar el milagro, ni siquiera en ‘La Catedral’ (79’).
A partir de ahí, nada.