Opinión

Lo primero que olvidamos

Lidia López García | Viernes 15 de noviembre de 2024

Algunas tienen un timbre alto, otras bajo. Las hay graves, agudas, roncas, rasgadas y suaves. Las hay dulces. Y, válidas o no para cantar, son únicas. Aun con los ojos cerrados, basta escuchar para adivinar a quien tenemos enfrente. Con ella, nos comunicamos, hacemos sentir y también hacemos daño. 

Puede que sea, a mi parecer, lo más especial que tenemos, pero también lo primero que alguien olvida de nosotros, lo primero que olvidamos del otro: la voz. 

Es difícil de memorizar y por eso, aun cerrando los ojos, nos cuesta recordar la voz exacta de alguien a quien esta vez no tenemos enfrente, con el que hace tiempo que no hablamos, o al que ya no veremos nunca. A veces, con esfuerzo, y sumergiéndonos en la profundidad de los recuerdos de alguna conversación, conseguimos atraparla por un instante. Hasta que, subliminalmente, desaparece. Otra vez.

Pero antes de que pueda suceder todo esto, antes de tener voz, y de poder hablar, lloramos. Y, a pesar de ser considerado el lenguaje universal, no existe un manual de interpretación y traducción al llanto. Toda una incertidumbre.

No es habitual aquí, que las alarmas por taquicardia o bradicardia en los monitores se mezclen con las conversaciones de dos recién nacidos. La mezcla de sonidos en todos los tonos y modalidades que emiten enérgicamente aumenta a medida que me aproximo a la habitación. La desesperación llega cuando la disnea, vuelve a impedir el paseo por la habitación. 

Así que, sin manual, una camina despacio, susurrándoles esto, lo otro, y lo del más allá. Los susurros, siempre serán especiales por aquello de que suenan lo suficientemente alto como para escucharlos, pero lo suficientemente bajo como para sentirlos. Pero no llega la calma, hasta que juego con sus pies y descubren que están enfrente. Me miran (esta vez sin llorar) como si nos hubiéramos entendido un poco. Duermen y casi ha pasado una hora.

En el fondo, no hemos cambiado tanto. Lo primero que olvidamos es que tenemos voz cuando lo que tenemos que decir, se dice llorando. Y también sigue siendo difícil que nos entiendan del todo. Y ojalá, no nos olvidemos nunca de llorar, y ojalá esa incertidumbre, sea eterna. Mientras, sigamos hablando, susurrando…