El bajo rendimiento de Tchouameni, la edad de Modric, la anarquía de Camavinga, la inexperiencia de Güler, la inestabilidad del 4-3-3, la densidad del 4-4-2… Cada quién pone el foco en una u otra cuestión para explicar la apatía de este Madrid, especialmente el de los últimos siete días. Pero casi todos están de acuerdo en una cosa: el equipo echa de menos a Kroos. Responda a la razón o al autoconvencimiento, ni la marcha de Cristiano resultó tan traumática.
Ancelotti sigue intentando dar con la tecla, esta vez con Valverde de pivote y Camavinga de interior, y no al revés como se presupone. Valverde es, a día de hoy, el jugador más importante del Madrid. El uruguayo es un competidor nato (valga la redundancia) y sería capaz de ayudar al equipo hasta jugando de portero. Por supuesto, como pivote, se basta y se sobra. Quizá el equipo pierde algo de su capacidad ofensiva, pero es más sereno e inteligente que Camavinga, al que también le beneficia jugar algo más liberado.
Tampoco el hecho de partir desde una posición más atrasada ha impedido al Halcón volver a ser determinante en el resultado. El Madrid volvió a tirar de jugada ensayada, esta vez desde el córner. Bellingham dejó pasar el balón raso de Modric, que encontró a Fede en la frontal. Disparo y gol (14’) tras desafortunado desvío de un defensa. Lo celebró el charrúa liberando toda la rabia que acumula su naturaleza tímida, de líder accidental. ¡Qué bien le va a quedar el brazalete!
A partir de ahí el Madrid empezó a llevar el partido a su terreno. Justo antes el Villarreal había encadenado tres ocasiones, larguero de Gueye incluido. La grada amagó con una levísima pitada, fruto más del sentido de la responsabilidad (“venga, a ver si espabilan un poquito”) que de una verdadera indignación.
Lo cierto es que, más allá de las del primer arreón, el submarino apenas asustó a Lunin. El partido del Real Madrid no fue un derroche de creatividad, ni mucho menos, pero fue lo suficientemente serio como para mantenerlo bajo control en todo momento. Incluso durante los tramos de mayor apertura (Camavinga, en su salsa) los locales estuvieron relativamente cómodos. En una de estas se juntaron Mbappé y Vinicius, que triangularon un contraataque precioso que no supo definir el francés. El gol no estaba hecho, pero es Mbappé. Jugadas como esta definen lo que está siendo en estos primeros meses vestido de blanco. ¿Juega mal? No. ¿Juega como Mbappé? Tampoco. Hay que decir que el Mbappé mejor-del-mundo siempre partió desde la izquierda pero, al margen de la posición, se le nota en el gesto que no está cómodo. Dos goles más como el del Alavés y todo estará arreglado.
A Vinicius le volvió la inspiración hace ya unas semanas y aún la tiene de su lado. No tiene tanto peso en el juego como en las últimas dos temporadas, pero sigue siendo determinante incluso cuando no hace su mejor partido. Y tiene la virtud más valiosa de este deporte: generar goles de la nada. En el 73’, desde 30 metros y con tres defensas amarillos por delante de él, se sacó un metrito hacia la derecha y ¡zas!, zurriagazo a la escuadra. Uno de sus goles más cristianescos.
Pudo haberlo celebrado mirando al Théâtre du Châtelet de París, donde le espera el Balón de Oro.
Sólo hubo una tarjeta en todo el partido. La vio Kiko Femenía en la primera parte (tras pisotón a Vinicius), que debió haber visto también la segunda después del descanso, de nuevo en lance con el brasileño. El lateral del Villarreal cortó el desmarque de Vinicius con el codo a la altura de la cara. Tampoco vio la tarjeta Baena tras una protesta directa al colegiado, no muy efusiva pero mucho más que todas las mostradas a jugadores del Madrid en las pasadas jornadas, bajo amparo de la nueva norma que obliga al silencio a los no-capitanes y que se respeta o no de la forma más caprichosa.
En el 94’ las lágrimas de Carvajal amargaron la victoria. La rodilla del lateral flexionó hacia donde no debía en una acción fortuita con Yeremi Pino. La imagen vaticina pronóstico grave, posiblemente se pierda lo que queda de temporada y…