Avanza septiembre y nuestra aplicación de fotos almacena las del verano 2024. Se pasaron los años en los que, por estas fechas, se revelaban los carretes de fotos, rezando para que por el camino no se velaran, y algunos de esos recuerdos quedaran sobre el papel. Serían después recogidos en un sobre y guardados en un álbum, y por supuesto, redescubiertos años más tarde en alguna reunión familiar.
Ahora, compartimos la foto del gato, la del perro, una de la luna, y un famoso view point. Y cuando lo hacemos, con texto, sin él, con música o sin ella generamos alguna sensación en todo aquel que está al otro lado de su pantalla. Habrá incluso quien irremediablemente nos conozca tanto, como para sentir exactamente lo mismo que nosotros. Y esto, es muy mágico. Por ello, pensar siempre que lo del pasado fue mejor, es una mala costumbre. Somos otros, en otros años.
Pero de vez en cuando, en la era en la que parece que todo el mundo puede vernos, en la que todo es publicable, urge buscar aquello que nos haga desaparecer, hacernos invisibles un rato, para encontrarnos.
Debemos de buscarlo bien, porque no es algo voluntario, no decidimos cuando desaparecemos, aunque nos esforcemos por estar en el más estricto silencio durante mucho tiempo. A veces, lo hacemos detrás de un libro, una canción, un pincel o mirando el mar; a veces, desaparezco tras las teclas de mi piano. Otras, resulta que tenemos la suerte de compartir con alguien esa misma capa y septiembre…, es un buen mes para ir en busca de la invisibilidad.
Mientras llevo a revelar las de este año, pienso que retomar aquello de disparar recuerdos, y guardarlos en un carrete sin opción de ver en el momento el resultado final, para después ir a recogernos en un sobre, descubriéndonos esta vez sobre el papel, y meternos dentro de un álbum y en un cajón, no urge, pero es recomendable.
Somos más auténticos, cuando creemos que nadie nos ve.