El pasado año bien podría considerarse el de la presentación al gran público de la Inteligencia Artificial (IA) en sus manifestaciones más lúdicas y recreativas. En marzo, el Papa Francisco I apareció en impactantes imágenes ataviado con una suerte de níveo abrigo-plumas, muy en sintonía con las prendas que habitualmente usan raperos triunfadores, exitosos artistas urbanos y camellos de medio pelo del Bronx. A los pocos días, volvieron a aparecer otras nuevas turbadoras instantáneas de la presunta detención policial del expresidente estadounidense Donald Trump, en las que se resistía al arresto y lucía el típico mono naranja de preso USA. En ambos casos las imágenes habían sido creadas usando un programa de inteligencia artificial conocido como Midjourney, similar, dicen, a otras herramientas como Dall-e. OpenAl o Stable Diffusion, que están poniendo del revés el mundo delante de nuestras narices y sobre cuyas consecuencias de futuro ya se han puesto a pensar mentes privilegiadas y seguramente interesadas, como la del primer protagonista, ahora romano pontífice y antes Jorge Mario Bergoglio, que en la sesión del 14 de junio de 2024 en la cumbre del G 7 decía: “La inteligencia artificial podría permitir una democratización del acceso al saber, el progreso exponencial de la investigación científica, la posibilidad de delegar a las máquinas los trabajos desgastantes; pero, al mismo tiempo, podría traer consigo una mayor inequidad entre naciones avanzadas y naciones en vías de desarrollo, entre clases sociales dominantes y clases sociales oprimidas, poniendo así en peligro la posibilidad de una “cultura del encuentro” y favoreciendo una “cultura del descarte”.
Sobre la primera parte hay que decir que un par de meses antes de que se viralizaran las fotos del Sumo Pontífice con look rapero y de Donald supuestamente pagando por alguno de sus innúmeros delitos, un equipo científico español y también gracias a la IA, había logrado confirmar plenamente la autoría de Felix Lope de Vega Carpio sobre un manuscrito hasta ahora anónimo y depositado desde tiempo inmemorial en la Biblioteca Nacional de España (BNE). Se trata de La francesa Laura, una comedia hasta ahora desconocida de Lope, que se ha identificado en el contexto del proyecto de Estilometría aplicada al Teatro del Siglo de Oro (ESTO), que dirigen los investigadores Álvaro Cuellas, profesor de la Universidad de Viena, y Germán Vega, de la de Valladolid, y con el que colaboran muy activamente la propia BNE y el grupo PROLOPE de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB).
Ver lo que es capaz de hacer Transkribus y el poder arrebatado de la transcripción en la página que publica en su web la BNE, me dejó anonadadito y pasmado. Casi otro tanto el elegante y avanzadísimo feminismo de alguno de sus versos: “Fuera de que a las mujeres/ les sobran tantas hazañas,/ que en las armas y las letras/envidia a los hombres causan”. Así las cosas, consideré oportuno ver la película Lope, que en 2010 fue preseleccionada para representar a España en los Óscar de Hollywood, y que por razones de tópica precaución, preferí que, en su momento, no pasara ante mis ojos. La cinta, dirigida por el brasileño Andrucha Waddington y protagonizada por el argentino-español Alberto Ammann, no es espantosa, que también, sino un engendro inclasificable un poco al estilo de la sopa boba conventual que se embaulaban los galloferos y méndigos del Barroco, en el que, intentando un corta-pega simplón del exitoso largometraje Skhakespeare in Love, se queda en un sí es-no es o en un quiero y no puedo, porque o me faltan genes o me falla el presupuesto, vaya usted a saber. Con todo, y dentro de un inefable repertorio de disparates y fakes históricos, a quien esto escribe le llamó poderosamente la atención el momento en el que don Félix, invitado ocasional en una reunión festiva de hidalgos y nobles de poca monta, acepta el reto de una damita provocadora y casquivana. Así, y puesto en ridículo trance de “Lope el Verbenas el capricho de las nenas”, recita: “Un soneto me manda hacer Violante/ que en mi vida me he visto en tanto aprieto;/ catorce versos dicen que es soneto;/ burla burlando van los tres delante./ Yo pensé que no hallara consonante,/ y estoy a la mitad de otro cuarteto;/ mas si me veo en el primer terceto,/ no hay cosa en los cuartetos que me espante./ Por el primer terceto voy entrando,/ y parece que entré con pie derecho,/ pues fin con este verso le voy dando./ Ya estoy en el segundo, y aun sospecho/ que voy los trece versos acabando;/ contad si son catorce, y está hecho”.
Pues eso. Lope.