Cultura y ocio en Madrid: planes y agenda

Cuando San Cayetano era de los vecinos

Altar de San Cayetano en la Ribera de Curtidores. 2004. (Foto: José Barranco).

Un viaje al San Cayetano del pasado

Antonio Castro | Lunes 05 de agosto de 2024

Hubo un tiempo en el que las verbenas eran para los de casa. Fiestas populares en los barrios que, si acaso, recibían la visita de los vecinos del limítrofe. Verbenas reflejadas en las zarzuelas, sobre todo en las del género chico, que no era raro terminaran con broncas, más o menos, sonadas. La de San Antonio es la primera del calendario madrileño porque San Isidro es romería… Iniciado el mes de agosto, el distrito Centro se incendia con San Cayetano, San Lorenzo y La Paloma. Lo del incendio también viene bien porque las temperaturas suelen ser ardientes en esas fechas. Y no en los últimos años como se insiste. Ya en 1894, cuando se estrenó La verbena de la Paloma, en la primera escena de la noche del 15 de agosto, canta don Sebastián: “El calor que hace esta noche, sí que es una atrocidad”. Lo mismo podría decirse de San Cayetano y de San Lorenzo, que ya lleva incorporada la parrilla…

Avanzado el siglo XXI, estas verbenas son las auténticas fiestas veraniegas de Madrid. Y casi todo el mundo que permanece en la capital se viene a Embajadores, Lavapiés y La Paloma. Ya saben lo que, se supone, dijo Francisco Silvela: “Madrid, en agosto, con dinero y sin familia, Baden Baden”. La castizas verbenas que se desarrollaban entre cuatro calles, ahora se expanden cada año para acoger a los miles de visitantes. Es tal la aglomeración y el barullo que, sobre todo, a la verbena de la Paloma, ya se la conoce como el “Orgullo chico”.

Todo este preámbulo viene a cuento porque la masificación ha ido arrumbando algunas costumbres que eran típicas del vecindario del Rastro. Me refiero concretamente a la fiesta de San Cayetano -7 de agosto- que, en las últimas décadas del siglo pasado (el XX, no se hagan lío…) celebraban especialmente los anticuarios y comerciantes de la Ribera de Curtidores. Tres de ellos, Francisco Ubach, Carlos Gil y José Barranco, convocaban a algunas de las celebridades del panorama artístico español, fundamentalmente de la copla, para participar en un entrañable acto que se desarrollaba en la mitad de la Ribera, en la esquina con la calle de San Cayetano. Allí hubo unas galerías de anticuarios (hoy son un supermercado) donde los citados especialistas montaban un aparatoso altar para entronizar a su santo particular, una talla propiedad de Barranco. A su alrededor se colocaban las sillas para que los invitados quedaran expuestos, como el Santo, a la curiosidad de los vecinos, mientras se esperaba el paso de la procesión, que había salido de la iglesia de la calle de Embajadores. La carroza con el santo es arrastrada en esa tremenda cuesta hasta llegar a Cascorro, por donde desfila entre la neblina que provocan los asados de zarajos, gallinejas y carnes variadas en las casetas de los feriantes. Tienen aquí su primera estación; después se trasladan a la calle Argumosa y, finalmente, a la de Bailén. Enfilando el comienzo de Embajadores, de regreso el santo a su templo, los devotos se abalanzan sobre el trono para coger alguna de las flores que lo adornan. Dice la tradición que guardarla proporciona prosperidad. Ya sabemos que los santos se valen de los objetos para favorecer a sus fieles. Ahí está San Antonio con su panecillo, o con sus alfileres para encontrar pareja.

Durante, al menos, treinta años, se repitió la convocatoria de los anticuarios. Los artífices del altar sacaban de sus almacenes espléndidas piezas, profusamente doradas, columnas salomónicas, candelabros, angelotes, alfombras, tapices y hasta un dosel. Este altar de San Cayetano estaba a caballo entre una falla valenciana y un Monumento del Jueves Santo. Años hubo en los que resultaba difícil distinguir al santo -la talla era diminuta- entre tanto oropel, floreros y velas. Pero, eso sí, cuando pasaba el santo grande en su trono, el párroco tomaba la figura pequeña y bendecía a los presentes. Algo así se hace ahora en la esquina de la calle del Oso, aunque más modestamente y con mucho más agobio.

Provistas del imprescindible abanico y, a veces, vestidas de chulapas, las famosas aguantaban impertérritas toda la ceremonia. Después, invitadas por los organizadores, se marchaban a cenar en las mismas galerías. Cuando estas cerraron, el altar se pasó ante la fachada del edificio municipal de la Ribera, con la ventaja de que la escalinata que sube a la plaza Vara del Rey, se convertía en un anfiteatro, con excelente visibilidad para los vecinos.

No faltaba casi ningún año, mientras vivió en Madrid, la gran Paquita Rico. La finca El Recreo, de su primer matrimonio, estaba bajo la advocación de San Cayetano, de ahí su devoción a este santo. Tampoco faltaba, mientras vivió, Florinda Chico. Perla Cristal, Marisol Ayuso, Olga María Ramos, María José Cantudo, María Luisa Merlo, Concha Márquez Piquer, Rosa Valenty, Nati Mistral… frecuentaron la popular fiesta y los vecinos se codearon con ellas. Todo esto pasó a mejor vida terminada la primera década del siglo XXI. Afortunadamente, José Barranco conserva el testimonio gráfico de esta tradición y nos lo ha prestado.

Hoy los vecinos montan un altarcito en la calle de Oso, que corre peligro de ser arrollado por la muchedumbre que, al caer la tarde, la invade para beber hasta que el cuerpo aguante. Allí se nota todavía la ausencia de Emi, artista vecina, que animaba la calle durante la verbena y que falleció en 2021. Las restricciones de la Covid19 modificaron también algunos aspectos de esta verbena. En 2019 se instaló por último año, un escenario detrás del monumento a Cascorro. Ahora las actuaciones se ofrecen en la plaza de Vara del Rey. Y la talla de San Cayetano que se exponía en la Ribera de Curtidores pasó a ser propiedad de un empleado de banca.

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