Begoña Gómez, esposa del presidente del Gobierno Pedro Sánchez, imputada por corrupción y tráfico de influencias. Ayer conocimos una noticia inédita en la democracia española. Y sí, es inédita porque es la primera vez que la esposa del máximo dirigente del Ejecutivo nacional tiene que acudir a un juzgado por presuntos casos de corrupción.
Se trata de un hecho tan grave que debería acarrear que el presidente hubiera comparecido de forma inmediata para presentar su dimisión y convocar elecciones a la mayor brevedad posible. Pero no en el caso de Pedro Sánchez.
Sánchez, lejos de hacer lo decente, ha vuelto a sorprender a la ciudadanía española con una nueva carta publicada en redes sociales en la que, además de no dar algún tipo de explicación sobre la presunta corrupción que se cierne sobre su partido y sobre su entorno, ha realizado un nuevo ejercicio de trumpismo.
Puede sorprender, pero Pedro Sánchez cada vez se parece más a Donald Trump, ese expresidente de los Estados Unidos que tanto crítica, demoniza y odia al mismo tiempo. Y es que el presidente del Gobierno de España ha utilizado la misma técnica que el ahora candidato republicano: victimizarse y, de paso, atacar de forma feroz a los medios de comunicación, a los jueces y a la oposición. En definitiva, no ha dejado títere con cabeza en esa cruzada que tiene contra todo el mundo, que no le baila el agua o que, simplemente, no sigue ese tic dictatorial que manifiesta a modo de “el mundo o está conmigo o está contra mí”. Como Trump.
Pedro Sánchez, con esa nueva misiva, ha iniciado una nueva batalla contra la legalidad, la información y contra las instituciones del Estado. No quiere que haya opiniones diferentes a la suya, ni un contrapoder que informe y busque respuestas de interés para la opinión pública con total libertad, rigor y sin cortapisas. Y mucho menos, desea que haya esa separación de poderes, propias de un Estado de Derecho y de nuestra democracia, ya que anhela en convertirse en un ser todopoderoso en el que él, y solo él, sea el que marque el devenir de toda una gran nación centenaria como es la española.
El presidente está nervioso y ha perdido el control del Gobierno, de su partido y de sí mismo. Y ha iniciado un camino peligroso de ataque contra todo con tal de seguir permaneciendo en el poder a cualquier precio, incluso si para ello tiene que dar barra libre a la delincuencia y a la corrupción, como hemos visto con la aprobación de la nefasta Ley de Amnistía a los independentistas catalanes.
España y los españoles merecen respeto y explicaciones, no misivas en la que escudarse, lloriqueando y embistiendo contra todo lo que se le pone por delante diciéndole “BASTA”.
Si Sánchez no es capaz de dignificar nuestro país y el poder ejecutivo, debe hacer un ejercicio de raciocinio y sensatez, y marcharse a la velocidad de la luz, si es que le queda algo de honradez. Si no lo hace, los españoles le dirán, como se merece, en las urnas, que su tiempo ha acabado y que su huida a la nada ha llegado a su final. Nadie, ni siquiera Pedro Sánchez, está por encima de la democracia.