El ser humano es capaz de adaptarse a casi todo. El psiquiatra Viktor Frankl lo expuso se manera brillante en El hombre en busca de sentido tras sobrevivir a los campos de concentración y lo hizo tomándose a sí mismo y a los que le rodeaban como muestra. Tras el inevitable shock, en el que se entremezclan la negación, la 'ilusión del indulto' e incluso caben la curiosidad y el humor negro, llega la apatía, la defunción emocional. El cerebro escoge este mecanismo de protección a la desesperada para anestesiar los sentimientos hasta que escampe. Objetivo: sobrevivir.
No encuentro una explicación mejor, en una escala a años luz de un campo de concentración, a lo que nos ocurre ya a diario ante hechos, declaraciones y noticias que deberían provocar unas repercusiones que nunca llegan. Los protagonistas siguen en sus puestos repartiendo órdenes y estopa cegados por una ausencia de consecuencias que les mantiene ebrios de presunta impunidad. Y nosotros, la sociedad, asistimos ya a estas alturas apáticos, anestesiados, leemos cada día los titulares de la salida de tono de turno, del bombazo del momento y protestamos, sí, pero esas protestas pierden fuerza entre los dientes (gracias, Viva Suecia, por el verso).
Podría dedicar no líneas, sino páginas enteras a enumerar los atropellos y barbaridades que hemos normalizado con nuestro silencio e inacción pero seguro que usted tampoco necesita que se las recuerde porque también le avergüenzan. Vergüenza de tanto ego desmedido, de tanto narcisista desatado, del respeto, la verdad y el bien pisoteados. Lo importante es estar en un bando y defenderlo lengua o tecla en ristre aunque uno no sepa del asunto más que lo que unos pocos han querido que manejemos. Creemos que pensamos pero escupimos eslóganes políticos ajenos a nuestra ignorancia.
Y a pesar de todo, me gustan los finales felices. Siempre he defendido que la verdad, antes o después, acaba saliendo a la luz. El tiempo va desenterrando los cadáveres que algunos olvidaron ocupados en mantener un ego tan exigente que fibrila al borde del colapso por obesidad mórbida. ¿Y los ciudadanos? Frankl describía con precisión la muerte emocional, ese no sentir. La buena noticia es que nosotros aún no estamos muertos. La vergüenza por los actos ajenos, la rabia y el inconformismo siguen latentes en una sociedad poco implicada y demasiado entretenida viendo series, espiando al vecino a través de redes sociales y manteniendo en perfecto estado de revista el escaparate digital. Permanecen casi inertes por falta de oxígeno pero ahí están, latentes hasta que un día, el más insospechado, cualquier desliz prenda la mecha. Y ese día llegará. La tiranía de los ciclos...
Seguro que leyendo estas líneas alguien se escandaliza al quedarse en el marco de la tesis de Frankl y pensar que pretendo comparar un campo de concentración con nuestra sociedad... Más ruido. Les invito a profundizar y, si se animan, a leer la obra maestra de Frankl y puede que tras haberlo hecho no les sugiera las mismas reflexiones que a mí (eso da para un café literario-sociológico-psicológico), pero seguro que habrán disfrutado de un buen relato y habrán aprendido algo más sobre uno mismo como ser humano. Que ustedes lo lean bien.