Parafraseando el título de la famosa novela histórica del prolífico escritor húngaro László Passuth, cada vez resulta más lacerante, al menos para quien esto escribe, el decidido y prolongado en el tiempo proyecto hispano de condenar al olvido su propia historia. Consideración desesperanzada y quizá agorera contemplando el monolito que el Ayuntamiento de Móstoles, Madrid, erigió en 2017 en los jardines aledaños al Hospital Universitario de la localidad, haciendo suya la iniciativa de la Asociación de Amigos de las Brigadas Internacionales (AABI). En el monumento, una lápida granítica apuntando al cielo en forma de flecha, con el escudo y símbolo de las Brigadas, la estrella roja de tres puntas, podía leerse: “A la memoria del médico canadiense Norman Bethune, por su heroica actividad salvando vidas en la defensa de Madrid. Noviembre 1936”. Hoy, siete años después, ya no puede leerse cosa alguna. Sucesivas vandalizaciones de grupos nostálgicos de la barbarie franquista y el fascismo cuartelero, han conseguido que el texto original sea completamente ilegible.
En China, donde existen multitud de estatuas, placas y frontispicios de instituciones dedicadas al doctor internacionalista, es raro que un ciudadano no sepa quien fue y qué hizo por su país Norman Bethune. En España, donde su intervención fue enormemente relevante, sólo quedan cuatro o cinco testimonios aislados dedicados a su memoria, y en Madrid, concretamente, donde desarrolló el primer sistema y servicio de la historia para la transfusión de sangre en el frente, así como un centro pionero de donación al que el pueblo madrileño acudía en masa cada día, solo queda la lápida borrada en el parque mostoleño.
De aquel Madrid que cantaba Miguel Hernández, que: “… no se aplaca con fuego (…) “Puerta cerrada, taberna encendida”, en la que “nadie encarcela sus libres licores”, cada vez va quedando menos. Mal asunto; pésimo asunto, porque como nos dijo el Nobel José Saramago: “Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos; sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir”.
Cuando se enteró de la sublevación militar en España, aceptó una invitación de la Comisión de Ayuda a la Democracia Española, y ya en la península pasó a integrarse en las Brigadas Internacionales, dentro del Batallón Mackenzie-Papineau, los canadienses popularmente conocidos como Mac-Paps. Llegó a Madrid el 3 de noviembre de 1936 y muy pronto desarrolló la primera unidad móvil de transfusiones en el frente. Lo hacía con dos ambulancias, una Ford que había comprado en Londres, con media carrocería de madera, y una Renault adquirida en Marsella, bastante más amplia, que disponían de un frigorífico, un esterilizador, quinientos apósitos para heridas, docenas de bolsas de sangre y medicinas suficientes para atender a cerca de un centenar de intervenciones. Al mismo tiempo creó un banco de sangre, el primero en España, en el número 36 de la madrileña calle de Príncipe de Vergara, que disponía de 15 habitaciones y 1.300 piezas médicas. Desde allí, se repartía sangre a todos los hospitales de la capital y se organizaban donaciones voluntarias, que Bethune animaba publicando anuncios en prensa y haciendo solicitudes por radio. El éxito fue extraordinario y cada día, numerosos madrileños hacían cola para aportar su precioso fluido.
El número de vidas que logó salvar es incalculable, ya que hasta entonces la mayoría de los soldados heridos en el campo de batalla moría por shock circulatorio durante su traslado a un hospital de campaña.
En junio de 1937 regresó a Canadá para llevar a cabo una gran campaña de recaudación de fondos y adhesión de voluntarios destinados a la defensa de la República Española. Sin embargo, en 1938 consideró que su presencia era aún más urgente en la China brutalmente invadida por Japón, y hasta allí llegó para unirse a los comunistas liderados por Mao Zedong, con quien mantuvo una larga conversación durante toda una noche en la que le convenció de que su puesto no estaba en la retaguardia, sino en los frentes, donde llevó a cabo un sinnúmero de arriesgadas intervenciones quirúrgicas. En una de ellas, sin guantes, porque no los había, la infección del enfermó pasó a su sangre y murió en poco tiempo, como consecuencia de una sepsis, el 12 de noviembre de 1939.
Aproximadamente un mes después, el 21 de diciembre, Mao Zedong escribió: “El espíritu del camarada Bethune de total dedicación a los demás sin la menor preocupación por sí mismo, se expresaba en su infinito sentido de responsabilidad en el trabajo y en su infinito cariño por los camaradas y el pueblo”.
Hoy, en China y en su Canadá natal, sigue siendo recordado con devoción por la inmensa mayoría de sus gentes, mientras que en Móstoles unos salvajes intentan vandalizar y borrar su memoria en piedra. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”, escribiría Lucas. Por parte de quien esto escribe, aunque muy afecto a la lectura de literatura evangélica, ni olvido ni perdón.