Salud

Los peligros de las bebidas energéticas: consumo juvenil, falsas creencias y consecuencias para la salud

Jóvenes consumen alcohol en la calle (Foto: Pedro García.).
Fernando Rodríguez | Lunes 04 de septiembre de 2023

¿Qué podrían tener en común una biblioteca, un gimnasio y una discoteca? Más allá, en el caso de los dos últimos, de la música a todo volumen, basta con acudir a cualquiera de estos centros de estudio u ocio para comprobar como el consumo de bebidas energéticas se encuentra disparado, ya sea para mejorar el rendimiento -cognitivo o físico- o, simplemente, para desinhibirse y disfrutar de una noche de diversión. Se trata, en la actualidad, de una tendencia al alza y que trae consigo graves consecuencias para la salud, en especial entre la población adolescente y juvenil.

Tal percepción viene apoyada, entre otros muchos estudios, por las cifras reflejadas en la última ESTUDES, la encuesta sobre hábitos de consumo de drogas entre los estudiantes de Secundaria que elabora el Ministerio de Sanidad. Tal es así que el documento apunta a un consumo habitual de bebidas energéticas entre adolescentes y jóvenes de entre 14 y 18 años que ronda ya el 45 por ciento. Si se atiende a la división por sexos, la prevalencia es mayor entre chicos (50, 7 por ciento) que entre chicas (39 por ciento).

"Existen muchos falsos mitos"

“Aunque no detectamos un aumento demasiado significativo, pues su consumo se sitúa en niveles bastante altos desde hace más de una década, sí es cierto que ha subido un poquito. Sobre todo entre los más jóvenes. Tanto que aproximadamente la mitad de los adolescentes reconoce consumir bebidas energéticas con asiduidad”, señala la responsable de la subdirección general de Prevención y Promoción de la Salud de la Comunidad de Madrid, Marta Molina. A juicio de la experta resulta especialmente preocupante el incremento detectado en la ingesta femenina y es que, en apenas unos años, las mujeres han pasado de un 30 por ciento de consumidoras habituales a cerca de un 40.

Otra de las tendencias detectadas es su consumo cada vez más normalizado en centros deportivos. El motivo, apunta Molina, radica en la “falsa creencia” con respecto a sus efectos beneficiosos para la práctica de actividad física, en especial para la recuperación muscular y, en último término, para mejorar el rendimiento durante el entrenamiento. “Muchos jóvenes piensan que las bebidas energéticas les sirven para la rehidratación después del deporte. En absoluto. No tienen ningún contenido nutricional ni electrolitos. Lo mejor para rehidratarse es el agua”, explica la experta. En el desarrollo de la actividad, añade, también “puede provocar un estado de sobreexcitación que es perjudicial. Aunque la cultura de la actividad está muy bien, estas prácticas están de más”.

Otro de los falsos mitos vinculado a la ingesta de energéticas se relaciona con la disminución del efecto alcoholizante si estas se emplean para diluir las copas. “Muchos jóvenes usan este tipo de bebidas cuando salen por la noche porque creen que contrarrestan y así no se emborrachan. No es así. Lo que ocurre es que no tienen sensación de intoxicación etílica aunque los efectos del alcohol continúen estando ahí”, advierte Molina.

Bebidas alcohólicas (Foto: Archivo)

Efectos nocivos para la salud

Bien conocidos son los supuestos efectos estimulantes que estos refrescos provocan en el consumidor. Sin embargo, mucho menos se habla de los graves riesgos para la salud que su consumo diario puede suponer. A pesar de tratarse de un fenómeno relativamente novedoso, pues este tipo de bebidas han empezado a comercializarse hace apenas unos años, las autoridades sanitarias de la Comunidad de Madrid tienen bien presente las consecuencias perjudiciales de estos combinados: del aumento de la frecuencia cardíaca a la nociva sobreestimulación del sistema nervioso, pasando por reacciones como cefaleas, caracterizadas por dolores de cabeza recurrentes, deshidratación o trastornos del sueño, factores que pueden terminar por derivar en el desarrollo de cuadros de ansiedad.

Los efectos de las energéticas “están aún por ver”

En paralelo, la estimulación mental y física derivada, además de alterar el estado de conciencia, supone también riesgos vasculares en forma de palpitaciones e incremento de la tensión arterial. Todo ello sin tener en cuenta su alto contenido en cafeína -muy por encima del consumo diario recomendado- y azúcar, el equivalente a ocho terrones en una sola lata de pequeño tamaño, lo que también contribuye a engrosar la epidemia de obesidad infantil que se vive en la actualidad. Los efectos que las energéticas pueden ocasionar a largo plazo, añade Molina, “están aún por ver”.

La importancia de la prevención

A fin de frenar, en la medida de los posible, la escalada en el consumo de estas bebidas y, en último término, paliar sus efectos nocivos, desde la subdirección general de Prevención y Promoción de la Salud ponen el foco en “trabajar un estilo de vida saludable de manera integral”. El objetivo último no es otro que “desarrollar buenos hábitos”. A este respecto, Marta Molina centra el tiro en la importancia de la “prevención primaria” en el ámbito educativo y sanitario: “Cuando vamos a los colegios o hablamos con las familias lo que intentamos es que vean los hábitos en su conjunto. Desde la alimentación saludable a la práctica de actividad física, pasando por el uso adecuado del tiempo de pantallas”.

Ya en el instituto, durante la adolescencia, los técnicos empiezan a tratar también las cuestiones vinculadas a las tan temidas adicciones. “El alcohol, el tabaco o la cafeína son sustancias adictivas. Este es el otro problema de salud al que se van a enfrentar los jóvenes si empiezan a consumir bebidas energéticas. Hay una errónea sensación de que es algo que simplemente me despierta y me anima, pero está demostrado científicamente que a medida que alguien toma estos productos desarrolla tolerancia. Esa persona cada vez va a necesitar más dosis para obtener el mismo efecto. Eso es, por definición, una dependencia que puede terminar por desembocar en una adicción”, concluye.