En plena ola de calor, de noches de no dormir y de un verano como esos de antes cuando el aire acondicionado era una utopía, me da por pensar, por pararme a reflexionar mientras miro a mi alrededor, a mi entorno, el lejano y a ese otro cercano que en otro tiempo fue íntimo y que hoy no sé ni donde está, bueno, no me engañaré, sí lo sé, no lo encuentro porque ya no está.
Ser y estar, ya lo decía Alejandro Sanz, “no es lo mismo”. Amigos, familia, colaboradores, socios que son, incluso puede que sigan siendo, y, sin embargo, no están; estuvieron pero se han esfumado. Lo descubres cuando echas de menos, cuando necesitas su abrazo, su cariño, su calor, su mirada, su compañía… y resulta que no los tienes. No se trata de nada material, pero paradójicamente, en muchos casos coincide que cuando no hay un interés la relación se desvanece, aunque te niegues una y otra vez que eso no puede ser así, que habrá otro motivo porque el vínculo que teníais era indestructible y, ahí, es cuando te das cuenta que estás hablando en pasado “era”, porque hace ya mucho tiempo que no está y, más triste aún, no se le espera…
¡Qué difícil es gestionar la decepción! Abrir los ojos, quitarte la venda… asumir que quien formaba parte imprescindible de tu vida ni se acuerda de ti, que no te acompaña ni tan siquiera en el dolor de una pérdida, en ese momento en el que lo único que te reconforta es el calor de quien te acompaña en tu sentimiento; ese instante en el que las ausencias se hacen clamorosa y angustiosamente presentes. Cuando quieres estar no hay distancias ni imposibilidad, cuando no quieres estar solo hay excusas que se disfrazan de motivos.
Ser es fácil en la mayoría de las ocasiones, la dificultad llega cuando hay que estar, es entonces cuando, la decepción se convierte en una gran maestra tras descubrir cómo los amigos se convierte en desconocidos, los colaboradores en meros empleados o exempleados y los familiares en parientes.
Supongo que todos hemos sido y hemos estado para alguien y, a su vez, hemos dejado de ser y de estar. Vivir es aprender, por eso, lo importante es quedarse con los que están y dejar ir a los que, simplemente, fueron; no tiene sentido aferrarse a quien hace tiempo desapareció aunque no supiésemos o quisiésemos verlo… y agradecer a quien está siempre y a quien llega para quedarse.