La inflación vuelve a estar en el centro del debate por afectar directamente a la vida de todos los ciudadanos. El alza persistente en el nivel general de precios que se conoce como inflación es un fenómeno más temible que otros -por ejemplo, el desempleo- que a priori parecerían más graves. M. Friedman afirmaba en una entrevista que la inflación es la enfermedad más destructiva conocida por las sociedades modernas, y que no hay nada que destruya nuestra sociedad tan a fondo como permitir que la inflación se descontrole.
La inflación se pudo domesticar desde la última década del siglo pasado y, desde finales de la crisis de 2008, nos habíamos olvidado de ella (incluso hemos llegado a manejarnos con tipos de interés nulos). Sin embargo, desde principios de 2021 se viene observando una importante escalada inflacionista, alimentada por una política monetaria ultra-expansiva desde 2009 por parte del Banco Central Europeo (BCE), iniciada por un shock de oferta en los precios de la energía (ya hace un año, en octubre de 2021, el precio del gas natural era seis veces superior al de 2020) y agravada por las consecuencias de la invasión de Ucrania (aunque no es correcto el diagnóstico de situar a Putin como causa primaria de la inflación, para no equivocarse en el tratamiento). Y ahora el fenómeno se ha hecho omnipresente.
La mencionada política monetaria ultra-expansiva aplicada desde 2009 hundió los tipos de interés, redujo el coeficiente de caja del 2% al 1% y aumentó la cantidad de dinero de forma masiva -especialmente mediante la compra de toda la deuda que los gobiernos emitían para expandir su gasto público-. Ante estas medidas, la economía ortodoxa (que recetaría un control monetario y restricción fiscal) vaticinaría un aumento de la inflación; cosa que no ocurrió durante más de una década y se pudo salir de la crisis del euro, aunque se ha producido en la reciente escalada.
La ausencia de la esperada inflación durante este período llevó a muchos autores y analistas a rechazar las recomendaciones ortodoxas y abrazar la denominada Teoría Monetaria Moderna (TMM) que, en síntesis, sostiene que los países monetariamente soberanos que controlan por completo una moneda fiduciaria no están limitados por los impuestos o los préstamos para realizar pagos, puesto que pueden imprimir todo el dinero que necesiten. En consecuencia, un país con estas características no debería temer un aumento de la deuda porque no podría quebrar.
Por tanto, ante un gasto público ingente, que genere inflación, y la consecuente subida de tipos que dificulte la devolución de la deuda, los seguidores de la TMM podrían recomendar seguir con la senda de aumento del gasto público a través de una política de estímulos (como durante la pandemia) y, en todo caso, refinanciar la deuda. Esto realimentaría el proceso inflacionista e incluso podría abocar a la quiebra del país; en este sentido, las consecuencias del reciente descuadre de las cuentas públicas del Reino Unido -que ha obligado a una rectificación drástica y a un cambio de Primer Ministro- apoyarían la refutación de la TMM.
En realidad, el control de la inflación (que se esperaba y no llegaba) a pesar de la expansión monetaria durante la década anterior a la pandemia, fue propiciado principalmente por la revolución digital -que disminuyó los costes-, la globalización y la falta de dinero en circulación en la economía real ante la carencia de expectativas. Pero este escenario está cambiando radicalmente: se está dando un frenazo al proceso de globalización, en un marco de desconfianza entre países que los lleva a asociarse en bloques de mutua confianza; el aumento de los precios de la energía, la rotura de las cadenas de distribución y la escasez de materias primas y componentes han llevado a un aumento generalizado de los costes de producción, y el dinero -crecientemente mermado en cuanto a poder adquisitivo- busca inversiones rentables para evitar pérdidas de valor. Estamos, en consecuencia, en una escalada de inflación que actualmente es la que se conoce como galopante (que supera los dos dígitos).
¿Qué medidas de política económica se podrían tomar para embridar la inflación?
En la comparecencia periódica de este jueves 27 de octubre, la presidenta del BCE, Christine Lagarde ha afirmado que la inflación permanece “demasiado alta” (el IPC armonizado ha llegado al 9,9% en el mes de septiembre) y ha expresado su temor por los efectos de segunda vuelta. Todo esto en concordancia con la anunciada subida del tipo de interés oficial del BCE (el de las operaciones principales de financiación) del 0,75%, con lo que se sitúa en el 2%. Por otra parte, el mercado ya asume otra subida del 0,75% para la próxima reunión del mes que viene.
De cualquier modo, el BCE ya partió con retraso en el control de la inflación y ahora está acelerando la subida de tipos -que todavía no son alarmantemente elevados-; por otro lado, la zona euro está en franca desaceleración, lo que favorece el control de los precios.
En definitiva, el BCE -cuyo objetivo estatutario es el control de la inflación, por lo que debe dejar el crecimiento en un lugar secundario- va a necesitar hacer un ejercicio de funambulismo a corto plazo para contener la inflación sin profundizar en la recesión (que, insistimos, no es su cometido).