Durante los años 50 y 60 España se reforestó desordenadamente mediante la planta de árboles pirófilos. Coníferas y eucaliptos se convirtieron en los árboles predominantes en Galicia, Asturias, Extremadura, Cataluña, y gran parte del territorio nacional. Especies todas ellas invasoras y de enorme capacidad de propagación de incendios que sustituyeron a las especies autóctonas como robledales, encinares, y demás especies caracterizadas por ser plantas de combustión lenta son hoy, calderas latentes que esperan ser encendidas por la necedad humana.
Por otro lado, la desocupación de las tareas agropecuarias y un abandono progresivo del cuidado de los montes ha favorecido la acumulación de masas de combustible enormemente descontrolable en caso de incendios. Esto ha supuesto, junto a los factores climáticos actuales, el advenimiento de los incendios de sexta generación, incendios exponencialmente más agresivos de los hasta conocidos en España y Portugal y que en el 2017 acabaron con la vida de 60 personas en el país luso. Son incendios calificables, incluso, como inextinguibles por el ser humano.
Paralelamente, en las zonas urbanas, se han popularizado la plantación de arbolado de crecimiento rápido como la arizónica, el pino carrasco y diversas especies de eucaliptos, todos ellos pirófilos (grandes propagadores de incendios).
La descoordinación estatal en cuanto a las normativas autonómicas que regulan las especies admitidas dentro de la legislación sobre protección y fomento del arbolado urbano ha propiciado la configuración de urbanizaciones de viviendas unifamiliares con un altísimo riesgo de incendios por su enorme carga de fuego. Setos de arizónicas de más de 4 metros de altura, transformadas en numerosas ocasiones en arboles de 10 metros a lo largo de medianerías, y coníferas y eucaliptos de 20 metros son, todas ellas, especies que además de experimentar combustiones casi instantáneas son capaces de propagar el incendio a más de 100 metros de distancia mediante la explosión incandescente de sus piñas en el caso de la arizónica.
Estados Unidos y Australia han sufrido y seguirán sufriendo la devastación que los grandes incendios de sexta generación provocan donde estas especies son autóctonas, y que nosotros, de manera negligente, las hemos plantado también aquí.
El 15 de agosto de 2021 el municipio madrileño de Batres sufrió el peor incendio en ese año en la Comunidad de Madrid, incendio que solo por el azar no arrasó el casco urbano batreño. Vientos de 50 km/h, un 10% de humedad, y 45 grados a la sombra fueron la pólvora cuya ignición provocó, como casi siempre, un descuido humano.
Años atrás, Galicia y Portugal fueron el escenario de cientos de viviendas calcinadas, decenas de fallecidos, y una tragedia que no se borrará de la mente de las personas que la padecieron en décadas.
Se avecinan años difíciles para países como el nuestro. El Cambio Climático, tan negado por muchos, es ya patente, y todavía lo será más en la próxima década.
Se precisa urgentemente un plan de deforestación de especies alóctonas pirófilas en España y un plan de reforestación de especies autóctonas ibéricas.
Se precisa de nuevas políticas de gestión de pastos y bosques que se asemeje a las políticas aplicadas en nuestra vecina Francia para mitigar las enormes acumulaciones de materia orgánica en nuestros campos.
Se precisa de nuevas políticas hidráulicas que favorezcan la regulación natural de los caudales de nuestros ríos.
Y se precisa implementar la detección y control rápido de los conatos de incendio mediante la gestión de control monitorizado y la contratación de servicios de extinción de incendios de intervención rápida.
Pero como casi siempre, ya vamos tarde. Entre que a nuestros dirigentes les tiembla el pulso a la hora de tomar decisiones drásticas que mermarán su popularidad a la hora de una posible reelección; Entre que el erario público de este país viene siendo expoliado por la corrupción de gobernantes y empresarios sin escrúpulos con el consiguiente crecimiento desbocado de nuestra deuda pública y su perjuicio en la mejora de los servicios públicos esenciales; Y entre que la sociedad sufre de la mayor desafección de su clase política en los últimos 40 años… podemos afirmar, puedo afirmar, que, o se produce un cambio cualitativo urgente de nuestra oligarquía política y empresarial, o que Dios nos pille confesados.
Espero que nos decantemos por la primera opción, pues de lo contrario, España, nuestra amada tierra, seguirá ardiendo entre llamas y lágrimas.