Se cumplen 25 años del asesinato de Miguel Ángel Blanco a manos de ETA, la banda terrorista que sembró en España el terror y el sufrimiento durante 60 años.
Y para conmemorar esta fatídica fecha, no se les ocurre otra que sacar del cajón la Ley de Memoria Democrática y sacarla adelante con el apoyo de los herederos del tiro en la nuca, los que se niegan a condenar los atentados, hacen homenajes a etarras y se abstienen en las votaciones justificando así los asesinatos. Una ley que habla de resarcir e investigar los “crímenes del franquismo hasta 1983”. Mucho más que un despropósito…
En estos días, cobra especial importancia la última columna de Alfredo Pérez Rubalcaba en El País (2018): “Pues sí, algunos estamos tan empecinados en defender nuestro relato; al menos tanto como ETA y quienes les apoyaron en imponer el suyo. No debería resultarnos una tarea difícil, ya que el nuestro es la verdad: el único conflicto que ha enturbiado la paz y la libertad de la que los vascos y el resto de los españoles hemos disfrutado desde la Transición ha sido la existencia de ETA y sus crímenes”.
Rubalcaba ya lo veía venir, aunque supongo que no se imaginaba que iba a ser de la mano de los suyos. El relato no puede ganar a los hechos. Lo que nos quieren contar no es lo que de verdad pasó. No nos podemos permitir que actualmente uno de cada tres jóvenes no sepa quién fue Miguel Ángel Blanco. Lejos del relato, esta realidad:
Memoria democrática es no olvidar, recordar cada día de nuestra vida lo que pasó y contárselo a los que no lo vivieron para que lo sepan. Dignidad democrática es no consentir que se hagan con el relato quienes amenazaron la democracia, nos quitaron la paz, la libertad y arrebataron la vida a tantos inocentes.
Si quieren perdonar, perdonen… pero les pido un favor, no blanqueen la época más oscura de nuestra historia y sobre todo, no olviden.
Esther Ruiz