Por mucho que el Gobierno está celebrando desde ayer la convalidación del decreto de la reforma laboral, tiene poco de lo que alegrarse, salvando, lógicamente, el resultado final.
Las razones son las siguientes:
Dicho de otra manera: tras meses de negociaciones entre patronal y sindicatos, salía adelante la gran reforma laboral que clamaban a toda voz desde el Gobierno. Era la gran baza política que esgrimía como propia la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz.
Pero ha sido un fracaso posterior de Díaz, incapaz de gestionar bien el acuerdo de los agentes sociales para conseguir los 'síes' necesarios. Se negó en banda a negociar cualquier punto con PNV y ERC, los principales socios de la legislatura, y en concreto los catalanes se quejaron de las formas.
Cuando constató que no podía llevar a la votación la reforma laboral con estos grupos que le habían sido fieles durante lo que llevamos de legislatura, se fijó en otros partidos, aunque al principio no quería, pero el PSOE sí. Hablamos de Ciudadanos, que de alguna manera se cobrará su 'sí'. En política nada es gratis.
El sí de los naranja, que no gustaba a Díaz, era insuficiente, y hacía falta más acuerdos. De ahí que el PSOE llevara la voz cantante en la negociación y se fijó en grupos pequeños o que incluso no tienen grupo propio, como es el caso de UPN. También se sumaron los nacionalistas catalanes moderados del PDeCat, un partido al que le queda de vida lo que queda de legislatura.
El resto de votos favorables venian de partidos de un diputado o pocos más, como Más País-Compromís, Coalición Canaria, Nueva Canarias, Teruel Existe y PRC.
Pero el fracaso es total, más allá de la pírrica victoria final: el Gobierno se lo jugó algo tan importante como la reforma laboral, crucial para su iniciativa legislativa e imagen pública, en los votos de un partido consevador como el navarro, que al final sufrió esa traición de sus 2 diputados díscolos. Si no fuera por un lamentable error técnico del diputado extremeño del PP Alberto Casero, ahora estaríamos hablando de una crisis total en Moncloa.
Alberto Casero, por cierto, aunque eso no lo cuenta el PP, ya se había equivocado en votaciones en casos anteriores. No fue algo puntual ni un error informático, parece.