Economía

Banco Central Europeo vs Reserva Federal: ¿Quién aplica la estrategia adecuada?

(Foto: Juan Luis Jaén).

OPINIÓN

Joaquín Galván Vallina | Martes 21 de diciembre de 2021

En fechas recientes, la Reserva Federal de los Estados Unidos, el Banco Central Europeo (BCE) y el Banco de Inglaterra han decidido cambiar la orientación estratégica de la política monetaria que realizaban, aunque de modo distinto. Estas instituciones tienen diferencias estatutarias que condicionan la naturaleza de su política monetaria:

La Reserva Federal de los Estados Unidos (Fed) tiene entre sus funciones “guiar la política monetaria de la nación influyendo sobre las condiciones monetarias y crediticias en la economía en busca del pleno empleo, la estabilidad de precios y la moderación de los tipos de interés a largo plazo”. Esto, a efectos prácticos se concreta en que sus políticas se centran principalmente en el crecimiento de la economía, intentando también mantener la estabilidad de precios.

El Banco de Inglaterra, por su parte, tiene un objetivo de control de la inflación, a la vez que también apoya los demás objetivos económicos del Gobierno: a corto plazo, el Banco de Inglaterra equilibra su objetivo de baja inflación con el apoyo al crecimiento económico y al empleo.

El Banco Central Europeo (BCE) tiene estatutariamente un sólo objetivo final: mantener la estabilidad de precios dentro del área. La estabilidad de precios se cuantifica de manera precisa como un incremento anual del Índice Armonizado de Precios al consumo para el área del euro del 2%. Sólo cuando este objetivo esté cumplido, el BCE apoyaría al resto de políticas económicas de los países del área euro.

Si comparamos la política monetaria de la Reserva Federal con la del BCE encontramos que, el Banco Central Europeo está constreñido estatutariamente a realizar una política monetaria antiinflacionista, mientras que la Reserva Federal de los EE.UU. tiene un variado conjunto de objetivos que llevan a su política monetaria a orientarse hacia el crecimiento; por ello, frente al BCE, muestra una mayor libertad de actuación y flexibilidad.

Durante la pasada semana, la Fed, el BCE y el Banco de Inglaterra, en reuniones casi coincidentes, definieron las líneas básicas de sus políticas monetarias para el próximo año:

En primer lugar, el Banco de Inglaterra, con el fin de combatir una inflación que en noviembre se situó en el 5,1 por ciento, decidió subir de forma sorpresiva el tipo de interés del 0,1 por ciento al 0,25 por ciento, a la vez que ha mantenido su plan de compras a largo plazo de deuda pública.

A continuación, la Reserva Federal de los Estados Unidos anunció que aceleraría su plan de retirada de estímulos mediante compra de deuda pública a largo plazo (tapering) hasta hacerlo desaparecer la próxima primavera. Con ello, la entidad tendría margen para aumentar los tipos de interés hasta en tres ocasiones durante el año 2022 (hasta el 0,75 por ciento). El presidente de la Fed, Jerome Powell, defendió que anticipar la retirada de estímulos es consecuencia del robusto ritmo de expansión de la economía estadounidense, aunque la inflación estará por encima del nivel objetivo del 2 por ciento durante 2022. También afirmó: "Creo que ahora hay un riesgo real de que la inflación sea más persistente”; con ello justificó este endurecimiento de la política monetaria el pasado miércoles, al dejar de dar el tratamiento de “transitorias” a las presiones sobre los precios, como venía haciendo en 2021. Ahora, para este banco central, “la inflación es un problema”.

Finalmente, el Banco Central Europeo (BCE) anunció el final del plan de compras de deuda pública contra la pandemia (PEPP) para el mes de marzo, como ya tenía previsto. A partir de entonces, las compras se reducirán a la mitad con el programa ampliado de compra de activos (APP). Con referencia a subidas de tipos de interés, el BCE no las plantea hasta 2023. Teniendo en cuenta que la inflación subió en la zona euro en noviembre al 4,9 por ciento (máximos históricos de la zona euro) y que el PIB de esta zona está muy próximo a alcanzar los niveles pre-covid, resultaría consecuente que una institución con un mandato único en materia de control de la inflación redujera los estímulos monetarios de manera decidida, y no del modo tan leve como se ha planteado.

Para justificar esta lenta transición, desde una política monetaria marcadamente expansiva hacia otra moderadamente restrictiva, la presidenta del BCE, Christine Lagarde, comenzó su discurso avisando de que el proceso de crecimiento se está ralentizando, pero que confía en que la actividad se recupere con fuerza durante el próximo año; con referencia a la inflación, siguió considerándola como fenómeno transitorio, esperando que se mantenga elevada a corto plazo -por encima del 2 por ciento durante la mayor parte de 2022-, pero también espera que “disminuya en el transcurso del próximo año”.

Hay que resaltar que la Fed y el Banco de Inglaterra aplican la política monetaria para un solo país, mientras que el Banco Central Europeo marca, por su parte, la política monetaria de todos los países de la zona euro; donde parece que ha tendido a contemporizar entre países partidarios del rigor monetario -como Alemania- y otros -los del Sur, como el nuestro- que se ven beneficiados por la laxitud de la política monetaria (al estar aún sus economías débiles -inflación, paro, endeudamiento- frente a las del Norte) .

El tiempo nos dirá si la inflación continúa siendo un fenómeno transitorio que se corrija en 2022 conforme bajen los precios de la energía y "disminuyan las presiones sobre los precios derivadas de los cuellos de botella de la oferta mundial", como afirma Lagarde, o sea más persistente, como sostiene Powell.

La inflación es un fenómeno primordialmente monetario, y desde esta sección hemos venido manteniendo que ese fenómeno inflacionista transitorio se va a ir quedando, como nos va indicando la realidad. Vivir con tipos de interés nulos, con inyecciones masivas de liquidez y sin inflación había llegado a ser una situación de insana normalidad. Lo sorprendente es que no hubiera aflorado antes la inflación. Esto se ha atribuido a causas variadas, como la revolución tecnológica y su efecto en la reducción de costes, la propensión al ahorro con un dinero que casi no sufre depreciación, o la captación del capital por un entramado institucional financiero que no ha permitido que llegue a la economía real (entre ellos, los bancos, que no querían prestar dinero con un alto riesgo de impago).

Ahora, al entrar en escena la inflación y quedarse, la Fed y el Banco de Inglaterra han reaccionado de forma drástica y decidida, mientras que el BCE, escudándose en lo transitorio del fenómeno, ha optado por la laxitud. Puede que el BCE no tuviera más remedio, pero la credibilidad de los bancos centrales es necesaria para dar seguridad a los mercados, y en este movimiento uno u otros se equivocan. Por ahora, el que tiene peores cartas para jugar es el BCE, porque es el que dista más de haber practicado una política ortodoxa con su objetivo único: mantener la estabilidad de precios.

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