El oro negro parece olvidarse de la pandemia. Los mercados han comenzado a dar su beneplácito a la reactivación del crudo y su compraventa bursátil acaba de superar la barrera psicológica de los 60 dólares, la zona desde la que comenzó a despeñarse cuando los confinamientos de la pasada primavera redujeron como nunca la demanda planetaria. Tras un año aciago, la cotización del petróleo Brent, de referencia en Europa, parece haber desarrollado su propia inmunidad al coronavirus. La efervescencia inversora, eso sí, pone en solfa un asunto no menor: las previsiones de las administraciones públicas para afrontar la recuperación.
Ha sido una travesía en el desierto. Pero en el desierto acuoso y gélido del Ártico, un mar que siempre parece ajeno a su importancia y cuyas reservas petrolíferas son capaces de determinar parte de la geoestrategia mundial. Hace casi un año, el precio del crudo cayó en picado. Entre los meses de marzo y abril, el valor del barril de Brent se depreció progresivamente; lo hizo al ritmo que cerraban su economía los países más industrializados del mundo y llegó a besar el suelo de los 16 euros.
Fue un movimiento constante, imparable y a cámara lenta, como el derrape de un glaciar. Los confinamientos y las consecuentes restricciones a la movilidad tiraron el precio del líquido más apropiado para la producción de la gasolina que se quema en las carreteras de gran parte de Occidente y del queroseno que hace flotar sus aviones. Durante la última anualidad, ese cataclismo ha hecho que el referente en Europa se haya dejado un 25 por ciento de su precio en la bolsa de Londres, el parqué en el que se comercia con su valor. Sin embargo, frente a las sombras que han teñido todos (o casi todos) los indicadores macroeconómicos del mundo durante 2020, el petróleo parece que empieza a sentir ya el efecto terapéutico de la vacunación global.
Vaciado de los inventarios
El rebote ha llegado con febrero mediado. La tendencia se mantiene alcista, entrando en una fase quizás coyuntural pero que permite a las grandes petroleras a recuperar parte del resuello perdido en el océano de números rojos en el que ha zozobrado un año maldito. La demanda está superando la producción y eso permite dar salida a las reservas acumuladas en los inventarios desde hace meses. La película se reactiva y el mundo comienza a cumplir el guion político orquestado por los países OPEP y, especialmente, de entre ellos, el guion orquestado por los países más grandes.
Aunque el año comienza con fuerza, no hay que olvidar que las previsiones recalculadas hace apenas unas semanas siguen siendo, por así decirlo, modestas. En enero, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) revisó a la baja su cálculo de demanda, restando 300.000 barriles al cómputo diario. Y Rusia, productor clave, ha advertido estos días de que seguiremos asistiendo a fluctuaciones en el precio, aunque sean estas algo más contenidas.
La cara b de esta innegable subida de la curva bursátil es el impacto en las políticas públicas y, por tanto, en el bolsillo de los ciudadanos. Y no es cosa menor. El petróleo se hace más caro y eso trastoca la factura energética que deben afrontar los gobiernos. Dicho de otro modo: a más actividad, más demanda y más dinero que se va a satisfacer ese apartado y no a otro de cuantos hay previstos para impulsar los planes de recuperación y resiliencia que toca acometer. Si la curva se dispara, la inflación amenazará la salida de la crisis. El Estado tiene en su mano recurrir a la política fiscal y compensar esos embistes de un mar, el del petróleo, que, calladamente, parece que vuelve a recuperar conciencia de su importancia.