Cuando el frío y los guantes inundan Madrid, las esquinas de sus calles se llenan de puestos cuyo olor se reconoce desde muy lejos, un aroma que evoca a frío o a infancia quizás… el característico olor a castañas no deja indiferente a nadie. La historia de los dueños de estos puestos es de esas historias que gusta contar, toda una vida dedicada a un oficio con “demasiado cariño”. Detrás de cada fogón se esconde la memoria de varias generaciones, que hacen que cada año miles de madrileños saboreen un invierno de muchos recuerdos.
No hay que desplazarse muy lejos del centro de la ciudad para encontrar uno de los más tradicionales, situado en la glorieta de Bilbao, la cual no se podría concebir sin este puesto de castañas. A la salida de la boca del metro, el olor que llega desde 'Castañas el Bierzo' se reconoce desde lejos. Dentro, Yetti se ocupa de atender a la clientela durante estos días de frío. "Yo llevo cinco años dedicándome a esto en este puesto, pero se trata de un negocio familiar que tiene más de 40 años de historia", afirma. Antes de comenzar a trabajar en el puesto, Yetti formaba parte del circo pero cuando este cerró definitivamente, decidió dedicarse al oficio de las castañas para mantener la tradición familiar.
El puesto del Bierzo lleva situado en esta glorieta desde el año 1975. Angelines Nieto, tía de Yetti y dueña del negocio, lleva toda la vida detrás del nafre asando castañas. La mujer, de 75 años de edad, está jubilada pero sigue trabajando en el puesto cuando puede, "nos vamos turnando, a veces está ella pero con la situación del coronavirus no suele venir por precaución", relata Yetii a Madridiario. Angelines guarda la esperanza de que su sobrina siga el negocio familiar y todo parece apuntar a que así será, pues según asegura "me gusta mucho mi trabajo, disfruto haciendo esto".
La castañera explica que hay mucha clientela fija, sin embargo "es cierto que este año con el coronavirus se ha reducido en gran cantidad el número de clientes". Sus castañas provienen principalmente de El Bierzo, comarca del noroeste de la península, en la provincia de León, y es por ello, que el nombre de su negocio se denomina así.
Sus recuerdos de niños podrían asemejarse a la situación en la que se encuentra actualmente, al calor, nunca mejor dicho, de las castañas, pues "llevo ayudando a mis padres con el negocio desde que era un niño". Cuenta que sus padres son "madrileños de toda la vida" y antes dedicarse a las castañas, también eran vendedores en el Rastro de otro tipo de productos como frutas y verduras. Sus castañas provienen de distintos puntos de la geografía española; Ávila, Galicia y Extremadura, pero todas ellas son "de la mejor calidad, además de muy ricas y muy sanas", asegura.
Vivir de las castañas puede ser cada vez más complicado, pero especialmente este año podría convertirse en el mayor de los retos, Antonio se atreve a afirmar que la clientela ha bajado un 90 por ciento desde el coronavirus. "Se sobrevive, pero no es como antaño que la gente tomaba muchas más castañas y existía una mayor tradición", explica el castañero. Su puesto se mantiene abierto desde el mes de noviembre hasta marzo. ¿El resto del tiempo se puede vivir con lo que reporta este negocio? - preguntamos a Antonio-: "Malamente”, responde entre risas, “siempre hay que buscar algún otro trabajillo para el resto de meses".
Las condiciones meteorológicas se convierten en uno de los hándicap de este oficio, pero a su vez en su gran salvación, pues sin frío no se entendería la compra de este producto. Sin embargo, para los que están detrás de cada puesto, lidiar con este a veces resulta complicado. "Se sobrelleva pero con mucha ropa. Aunque parezca que el nafre da mucho calor, en verdad luego hace mucho frío", asegura la castañera de este establecimiento. En su caso, la temporada de apertura se extiende entre octubre y marzo: "Vivir el resto del año solo de esto es complicado, siempre hay que buscarse otros trabajos".
Madrid, que ya huele a invierno desde hace varias semanas, sigue siendo a pesar del coronavirus el hogar de todos estos castañeros. El humo de su fogón avisa de que ha llegado el frío, pero al mismo tiempo, permite a sus aficionados trasladarse por un momento al calor del hogar o a los abrazos ya lejanos, que esperemos que para las próximas castañas sean de nuevo una realidad.