Opinión

¿Qué nos ha pasado?

Mar Espinar | Martes 25 de agosto de 2020

¿Qué demonios nos ha pasado? A todos, desde políticos a jóvenes, pasando por empresarios y trabajadores. Una sencilla pregunta: ¿Por qué no somos capaces de hacer las cosas bien? Estoy harta de esta contusión social, de este drama colectivo, por eso abandono los salones de lo correcto para expresarme honestamente. Asumo las equivocaciones en mis valoraciones, pero creo que ha llegado el momento de hablar claro.

Hemos naufragado como sociedad, sí, naufragado. Y no solo por haber chocado inoportunamente contra un témpano de hielo llamado COVID sino porque, una vez desgarrada nuestra línea de flotación, los pasajeros hemos optado por rechazar los botes salvavidas (las indicaciones sanitarias son claras) para seguir disfrutando del crucero (¡para eso hemos pagado!) mientras la tripulación se insubordina en el peor de los momentos haciendo que nuestro país se entregue sin remedio a una bacanal de reproches que aceleran el hundimiento. Nuestra situación resulta crítica, dramática y bochornosa. Y en grandísima parte es por nuestra culpa.

El Estado de las Autonomías no ha funcionado. Digan lo que digan. No ha sabido responder a una agresión externa con eficiencia. Los engranajes han saltado por los aires. Las diferentes identidades sociales, agrupadas entorno a un proyecto común que las supera y engloba, deben imitar la cohesión de una bandada de pájaros, capaz de moverse armónicamente frente a los peligros. Si la idea de España no nos vertebra, apaga y vámonos. La falta de coordinación entre las administraciones se ha debido a una manifiesta deslealtad por parte de sus respectivos dirigentes que han apostado por la taifa, por la cabeza de ratón en lugar de por la cola de león. Espero que las urnas juzguen con severidad el abominable comportamiento de la derecha española. Muy en especial en la Comunidad de Madrid, donde se ha desarrollado una deleznable actitud de confrontación estratégica a costa del bienestar de su población.

En segundo lugar, nuestros índices de irresponsabilidad cívica no son aceptables. La mayoría de las personas se comporta de manera ejemplar, no lo niego, es más, lo aplaudo, como no podía ser de otra forma. Sin embargo, tenemos un número considerable de individuos descerebrados, insolidarios y ególatras que se atreven a retar al poder público poniendo en riesgo la salud del colectivo. No son pocos y no les pasa nada porque nos ha fallado la capacidad de imponer la disciplina. Recuerden que en este país, cuando se estableció el uso obligatorio del cinturón de seguridad en los coches, nadie obedeció por convicción sino por miedo a las multas de la Guardia Civil.

Dentro de muy poco debe empezar el curso escolar. La Comunidad de Madrid no es que no tenga un plan, su burda idea no llega ni siquiera a la condición de ocurrencia, es que lo ha hecho tan mal, con tanta demagogia y cinismo, que los colectivos de docentes y las agrupaciones de familias se han visto obligadas a ponerse en su contra, y con razón. Acabo de la misma manera que empecé, hastiada de la política entendida como un curso acelerado de marketing, triste por un patriotismo tan huérfano como profanado. Es hora de dar un golpe en la mesa, que no pasa nada por hacerlo.

TEMAS RELACIONADOS: